El tabú del suicidio

Hace unos días, la bella actriz Heather Locklear ha ingresado en un psiquiátrico tras intentar quitarse la vida. Es una de tantas víctimas de este mal, del que no se libra ningún extracto social; ricos o pobres están expuesto a él. Pero sorprende que en el mundo del «bienestar» suceda algo así, y que vaya en aumento. Gran paradoja: la tasa de suicidios es mayor en los países más felices. ¿Por qué EEUU, Canadá, Dinamarca, Islandia, Irlanda o Suiza son los países que registran mayores suicidios?

Nadie parece encontrar ningún tipo de explicación y buscar soluciones, excepto la de ladear esta realidad. La principal causa de muerte no natural en el mundo occidental es el suicidio. Con un número sensiblemente superior a las muertes por accidentes de tráfico, homicidios; y sin embargo, las autoridades públicas no quieren combatir contra esta lacra social.

No hay nada más tremendo que la propia autodestrucción. Y sin embargo, esto sucede más de lo que se podía imaginar. Sin embargo, ni el drama del asunto, por su hecho propiamente como por el silencio (o manto para ocultar la culpa, la vergüenza, la humillación, el escándalo, la denuncia…, o evitar el contagio).

Amén de todas esas causas para obviar una realidad imparable, lo cierto es que, más allá de las causas de fallas psicológicas, patología, es decir, el suicidio sobrevenido por razón endógena (invencible); lo cierto que hay una responsabilidad social, como fracaso, entre otras razones y principalmente a la inhospitalidad de la gente, que conduce a  la soledad devastadora, y a la falta de sentido vital que, al alelarse del hecho religioso y paganizarse, está en su apogeo, no dejando -pese a quien pese- de traer consecuencias. Una de ellas -pero hay más- es la del suicidio.

 

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