![]() «Te he tomado en mis brazos, te amo y te prefiero a mi vida. Porque la vida presente no es nada, mi deseo más ardiente es pasarla contigo de tal manera que estemos seguros de no estar separados en la vida que nos está reservada… pongo tu amor por encima de todo, y nada me será más penoso que no tener los mismos pensamientos que tú tienes” (S. Juan Crisóstomo)[1].
***** Un rey se enamoró locamente de una joven esclava y ordenó que la trasladaran a palacio. Había proyectado desposarla y hacerla su mujer favorita. Pero, de un modo misterioso, la joven cayó gravemente enferma el mismo día en que puso sus pies en el palacio. Su estado fue empeorando progresivamente. Se le aplicaron todos los remedios conocidos, pero sin ningún éxito. Y la pobre muchacha se debatía ahora entre la vida y la muerte. Desesperado, el rey ofreció la mitad de su reino a quien fuera capaz de curarla. Pero nadie intenta curar una enfermedad a la que no habían encontrado remedio los mejores médicos del reino. Por fin se presentó un ‘hakim’ que pidió le dejaran ver a la joven a solas. Después de hablar con ella durante una hora, se presentó ante el rey que aguardaba ansioso su dictamen. —Majestad —dijo el ‘hakim’— , la verdad es que tengo un remedio infalible para la muchacha. Y tan seguro estoy de su eficacia que, si no tuviera éxito, estaría dispuesto a ser decapitado. Ahora bien, el remedio que propongo se ha de ver que es sumamente doloroso…, pero no para la muchacha, sino para vos, Majestad. —Di qué remedio es ése —gritó el rey—, y le será aplicado, cueste lo que cueste. El ‘hakim’ miró compasivamente al rey y le dijo: —La muchacha está enamorada de uno de vuestros criados. Dadle vuestro permiso para casarse con él y sanará inmediatamente. ¡Pobre rey..! Deseaba demasiado a la machucha para dejarla marchar. Pero la amaba demasiado para dejarla morir.[2]
La muchacha curó. Pero he aquí que entonces el rey enfermó; y, de manera alarmante, su estado fue progresivamente a peor. Se llamó al ‘hakim’ que había curado a la muchacha, y le pidieron que ahora curara a su majestad. El, tras tomar conciencia de la nueva realidad, dijo apesadumbrado: —Pobre rey…! No hay remedio, porque nadie lo ama, como él ama. *****
El amor puede curar cualquier mal; como su ausencia puede acarrear la muerte, y eterna. Quien no ama se hace infecundo, no da el fruto para el que está hecho y funciona según su ser natural; hay un desertar de su ser, una merma del mismo, un decaer, una pérdida de identidad humana, desfiguración, desintegración, un sabor a muerte. Amar y sentirnos amados es la necesidad más verdadera que cada uno de nosotros lleva dentro de sí. Humanamente, el saberse uno amado y capaz de amar, es de una importancia capital. El amor es el calor que hace crecer la vida la en tierra, y donde no hay calor, no hay vida. Y he aquí la seguridad enorme, indestructible, del creyente: sabe que Dios le ama, que Dios confía en él a pesar de todo y contra todos, y que le ha hecho, porque le quiere, semejante a Él, que es Amor, con capacidad para amar. El amor es probablemente el valor supremo, al que cede el paso la propia vida. Por amor se puede dar la vida misma. Porque en el fondo vivir es amar y amar es vivir, y sólo se vive realmente el tiempo que se ama.
…………………………………. [1] Homiliae in ad Ephesios 20, 8; PG 62,146-147. [2] ANTHONY DE MELLO: El canto del pájaro, Sal Terrae, Santander 1982, p.201.
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