Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve (1 Jn 4,20).
Si no vemos -amamos- a Dios en los demás, no lo haremos en ninguna parte ni de ninguna manera.
Amar es algo concreto, preciso, no es teorizar ni especular; «obras son amores y no buenas razones», dice acertadamente el refranero. El amor verdadero se ejercita en la realidad más real, el otro, en el cercano, en el prójimo-hermano; no se ama en el vacio ni con un amor de menor calidad, en las cosas.
El amor pasa por los demás, porque en ellos es el lugar donde Dios está más presente y porque Dios ha querido que quien lo ame —es voluntad suya— lo ame en las personas que tiene a su lado, el próximo (el prójimo).
“El más prójimo” de los hermanos es el pobre, el desvalido, el marginado, el descartado,… viene a ser por Cristo, “la imagen del Dios invisible”; Dios se identifica con él ( Cf. Mt 25,40); es la persona de dolor, la que representa y encarna —a imagen y semejanza—– aquello de Jesús: «no tenía aspecto humano» (Cf. Is 52,14)· Esa imagen desfigurada y humillada viene a ser la prueba definitoria de nuestro amor a Dios.
Si no le vemos en la humanidad destrozada, Dios está ausente de nuestras vidas.
Desde el momento en que el Hijo de Dios apareció en la carne humana, la búsqueda de Dios no puede prescindir del hombre. Quien se aleja de éste, se aleja de Dios.
Quien rechaza a su vicario, le rechaza a él mismo, quien expulsa a un hombre, expulsa a Dios. Acoger o rechazar al pobre significa acoger o rechazar a Jesús, y es el criterio definitivo de nuestra exclusión —autoexclusión— para la vida eterna.
Ese hombre que ignoramos, que despreciamos, que expulsamos,… es justamente a quien le corresponde estar donde Cristo estuvo, pues Cristo está donde él estuviere, en íntima solidaridad. Lo cual sitúa al desgraciado en una posición enteramente privilegiada en la comunidad, en Iglesia y en la conciencia del hombre de fe cristiana.
Quien vive en la superficie deja el fondo sin vida, carente de valor e importancia, y así para él tras la apariencia no existe nada, porque es lo sensible cuanto hay y no hay más. Y por lo tanto, quien ve, desde esta lógica existencial, a un marginado, a un disminuido, a un pobre, a un harapiento, a un hombre desfigurado,… no ve más que eso: algo desagradable, feo… La dignidad no se ve, no aparece en la superficie: El ‘noumenon’ «desaparece» para que todo sea un ‘fenoumenon’.
La mirada del cristiano que vive de la fe en Cristo, ve más allá, traspasa el ‘fenoumenon’, la apariencia, la superficie, y contempla en el hombre dolorido la imagen de Jesús crucificado siendo transfigurado por el Amor del Resucitado.
A través de la humanidad de Cristo, Dios se nos ha manifestado. Lo humano —y lo humano dolorido, especialmente— es la vía para llegar a lo divino. Esto es criterio de certeza.
El prójimo —y especialmente el próximo dolorido— se convierte en ineludible responsabilidad ética para nosotros, los que nos decimos creyentes en Cristo.

