El acceso al Reino: espíritu de la infancia versus dureza de corazón

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El evangelio (Mc 10,13-16) de la misa del sábado 1 de marzo, en continuidad con el de ayer (Mc 10,1-12)) , trata de dos partes diferenciadas, pero que tienen un nexo común: la cerrazón humana, la contumacia en el error, la inflexibilidad, etc., comporta un carácter duro e inmovilista, impenetrable, receloso; contrario al espíritu de la infancia, de los pequeños, de los que tienen el corazón confiable, abierto a creer, dispuesto tierna e inocentemente a la bondad y amabilidad de la verdad y la realidad.

«Saberse pequeños, saberse necesitados de salvación, es indispensable para acoger al Señor.» (Papa Francisco)

Se contrapone la dureza de corazón de los «adultos» con la disponibilidad del ser como niños para acceder al Reino de Dios. Al ser racionalista a ultranza, pertrechado con una mentalidad ciencista y materialista, de probar y tocar, con las adherencias de las flaquezas y los pecados, le resulta asumir la gracia que dispensa la fe e introduce en el dinamismo del reinado de Dios, cuya voluntad no debería de requerir de preceptos, pues se sostiene en el amor, en la ternura, en la misericordia, en la confianza, etc., y esto lo entienden muy bien los espíritu sencillos, sin trabas ni pertrechos mentales, ni resabios consecuencia de la maldad acumulada en los corazones, hasta cegarlos.   

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,13-16

En aquel tiempo, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo.

Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,1-12:

 Se acercaron también unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?»

Él les respondió: «¿Qué les prescribió Moisés?» Ellos contestaron: «Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa». Jesús les dijo: «Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes.

 

 

Dice M.-D. MOLINIE, en El coraje de tener miedo[1]:   

Es necesario el silencio material (que también es necesario), sino el silencio de las ideas: no hay que aferrarse a las propias pequeñas ideas -sobre todo sin son grandes ideas-, sino ser como niños que no saben lo que se les va a decir.

Cuando se miran las cosas espirituales de una manera humana, quiere decir que no se las toma en serio…

Un paso de Dios no se sabe nunca lo que es…

Dejaos hacer. No es muy original, no es muy difícil de practicar, pero es muy difícil de comprender (quiero decir comprenderlo de esa manera que hace que se practique). 6

En la vida cristiana no difícil no es la práctica, sino el comprender.

El problema no consiste en ser fuerte, sino en acoger la luz, en no resistir contra ella o (lo que viene a ser lo mismo) esquivarla con ligereza.

Dejarse hacer por Dios no es algo banal. En efecto, a medida que su luz penetra en nosotros, descubrimos con espanto de qué tinieblas trata de liberarnos.

El problema está en evitar descarrilar, sino en ser siempre lo suficientemente flexibles como para que Dios pueda ponernos de nuevo en los raíles. Sólo los santos llegan a tal flexibilidad 7

Nosotros no llegamos a guardar el equilibrio de la verdadera vida, como niños que aprenden a andar y se caen continuamente. Repito que esto no es grave, en tanto que nosotros aceptemos restablecernos; pero si nos obstinamos, es la muerte. El endurecimiento de corazón es diabólico…

 Jesús reprocha a los apóstoles después de la resurrección:

         «Tenéis el corazón duro. Porque no creéis que he resucitado. No lo creéis, porque es demasiado hermoso: ahí está vuestra falta».

 

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PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO

(Ángelus, 3 octubre 2021)

En el Evangelio de la Liturgia de hoy vemos una reacción de Jesús más bien insólita: se indigna. Y lo que más sorprende es que su indignación no es causada por los fariseos que lo ponen a prueba con preguntas sobre la licitud del divorcio, sino por sus discípulos que, para protegerlo de la aglomeración de gente, riñen a algunos niños que habían sido llevados ante Jesús. En otras palabras, el Señor no se indigna con quienes discuten con Él, sino con quienes, para aliviarle el cansancio, alejan de Él a los niños. ¿Por qué? Es una buena pregunta: ¿por qué el Señor hace esto?

Recordemos —era el Evangelio de hace dos domingos— que Jesús, realizando el gesto de abrazar a un niño, se había identificado con los pequeños: había enseñado que precisamente los pequeños, es decir, los que dependen de los demás, los que tienen necesidad y no pueden restituir, han de ser servidos los primeros (cfr. Mc 9,35-37). Quien busca a Dios lo encuentra allí, en los pequeños, en los necesitados, necesitados no solo de bienes, sino también de cuidados y de consuelo, como los enfermos, los humillados, los prisioneros, los inmigrantes, los presos. Allí está Él, en los pequeños. He aquí por qué Jesús se indigna: cada afrenta hecha a un pequeño, a un pobre, a un niño, a un indefenso, se le hace a Él.

Hoy el Señor retoma esta enseñanza y la completa. De hecho, añade: «El que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc 10,15). Esta es la novedad: el discípulo no solo debe servir a los pequeños, sino que también ha de reconocerse pequeño él mismo. Y cada uno de nosotros, ¿se reconoce pequeño ante Dios? Pensémoslo, nos ayudará. Saberse pequeños, saberse necesitados de salvación, es indispensable para acoger al Señor. Es el primer paso para abrirnos a Él. Sin embargo, a menudo nos olvidamos de esto. En la prosperidad, en el bienestar, vivimos la ilusión de ser autosuficientes, de bastarnos a nosotros mismos, de no tener necesidad de Dios. Hermanos y hermanas, esto es un engaño, porque cada uno de nosotros es un ser necesitado, pequeño. Debemos buscar nuestra propia pequeñez y reconocerla. Y allí encontraremos a Jesús.

En la vida, reconocerse pequeño es un punto de partida para llegar a ser grande. Si lo pensamos bien, crecemos no tanto gracias a los éxitos y a las cosas que tenemos, sino, sobre todo, en los momentos de lucha y de fragilidad. Ahí, en la necesidad, maduramos; ahí abrimos el corazón a Dios, a los demás, al sentido de la vida. Abrimos los ojos a los demás. Cuando somos pequeños abrimos los ojos al verdadero sentido de la vida. Cuando nos sintamos pequeños ante un problema, pequeños ante una cruz, una enfermedad, cuando experimentemos fatiga y soledad, no nos desanimemos. Está cayendo la máscara de la superficialidad y está resurgiendo nuestra radical fragilidad: es nuestra base común, nuestro tesoro, porque con Dios las fragilidades no son obstáculos, sino oportunidades. Una bella oración sería esta: “Señor, mira mis fragilidades…”; y enumerarlas ante Él. Esta es una buena actitud ante Dios.

De hecho, precisamente en la fragilidad descubrimos cuánto nos cuida Dios. El Evangelio de hoy dice que Jesús es muy tierno con los pequeños: «Los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos» (v. 16). Las contrariedades, las situaciones que revelan nuestra fragilidad son ocasiones privilegiadas para experimentar su amor. Lo sabe bien quien reza con perseverancia: en los momentos oscuros o de soledad, la ternura de Dios hacia nosotros se hace —por así decir— aún más presente. Cuando somos pequeños, sentimos más la ternura de Dios. Esta ternura nos da paz, esta ternura nos hace crecer, porque Dios se nos acerca a su manera, que es cercanía, compasión y ternura. Y cuando nos sentimos poca cosa —es decir, pequeños— por cualquier motivo, el Señor se nos acerca más, lo sentimos más cercano. Nos da paz, nos hace crecer. En la oración, el Señor nos abraza como un papá a su niño. Así nos hacemos grandes: no con la ilusoria pretensión de nuestra autosuficiencia —esto no hace grande a nadie—, sino con la fortaleza de depositar en el Padre toda esperanza. Justo como hacen los pequeños, hacen así.

Pidamos hoy a la Virgen María una gracia grande, la de la pequeñez: ser niños que se fían del Padre, seguros de que Él nunca deja de cuidarnos.

 

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Catena Aurea

Teofilacto

Después de habernos mostrado la malicia de los fariseos que tentaban a Cristo, nos muestra la mucha fe de las gentes, que creían que sólo con poner sus manos sobre los niños que le ofrecían, Cristo los bendecía. «Como le presentasen unos niños para que los tocase».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 62, 4

Pero los discípulos en atención a la dignidad de Cristo, querían impedir que se los ofreciesen. «Los discípulos reñían a los que venían a presentárselos». El Señor, sin embargo, les enseña a tener cordura y reprimir el orgullo humano, y tomando a los niños les ofrece el reino de Dios.
 

Orígenes, in Matthaeum, 7

Si cualquiera de los que profesan la doctrina de la Iglesia ve que alguien ofrece al Señor a los que el mundo considera insensatos, innobles y enfermos, por lo cual son llamados niños, no le prohiba que lo haga como si careciera de juicio al ofrecérselos al Salvador. Seguidamente, exhorta a sus discípulos, como hombres maduros que ya eran, a condescender con el bien de los niños, de modo que se hagan niños con ellos para captarse su voluntad: ya que El mismo, siendo Dios, se abajó haciéndose niño. «Porque de los que se asemejan a ellos es el reino de Dios».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 62, 4

Porque el corazón del niño está limpio de toda pasión, y así conviene que hagamos nosotros por la voluntad lo que ellos hacen por naturaleza.
 

Teofilacto

Por esto no dice de éstos es el reino de Dios, sino de los que se asemejan a ellos, es decir, de los que por su estudio y trabajo tienen la inocencia y sencillez que tienen los niños por naturaleza. El niño no odia, ni hace nada maliciosamente, no aborrece a su madre porque le corrija, y aunque le pongan vestidos humildes, los prefiere a los más ricos. Así el que vive según la virtud de su madre la Iglesia, no le antepone nada, ni aun la voluntad, que es la reina de todos. De aquí que dice el Señor: «En verdad, os digo que quien no recibiere, como niño, el reino de Dios, no encontrará en él».
 

Beda, in Marcum, 3, 40

Es decir, no podréis entrar en el reino de los cielos, si no tenéis la inocencia y pureza de ánimo del niño. O bien: debemos recibir el reino de Dios, esto es, la doctrina del Evangelio como el niño; porque el niño, cuando aprende, no contradice ni se opone con discursos al que le enseña, sino que recibe con fe lo que le enseña, obedeciendo con temor. Así nosotros debemos recibir la palabra de Dios obedeciendo sencillamente y sin ninguna contradicción.

«Y estrechándolos entre sus brazos, y poniendo sobre ellos las manos, los bendecía».
 

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

Los abraza para bendecirlos, como alzando benignamente hasta su seno a su creatura, que se había apartado de El cayendo desde el principio. Pone sobre ellos las manos, expresando así la obra de su virtud divina, porque obra como Dios, aunque pone las manos conforme a las costumbres humanas, pues se había hecho hombre permaneciendo Dios.
 

Beda, in Marcum, 3, 40

Bendijo a los niños abrazándolos para significar que los humildes de espíritu son dignos de su bendición, de su gracia y de su amor.

 

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[1] Ed. Paulinas, Madrid, 1979, pp.5-10.

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