El breve pasaje del Evangelio (Mt 18,12-14) de hoy, 9 de diciembre, Jesús nos enseña esta verdad maravillosa del gran amor de Dios por todos y cada uno de nosotros, hasta por los más desgraciados de la tierra, los que parecen descartados de la tierra, que son insignificantes, pequeños sin importarles a nadie o que lo son también por su condición de miserables pecadores empedernidos.
Estos pequeños de relevancia, de escasa estatura por su valía intelectual, moral, adornado de virtudes y valores, podemos ser cualquier de nosotros; pobres ovejas descarriadas, que parecen perdidas para siempre, condenadas… Pues, bien, Jesús nos viene a decir que para Él, como el pastor que quiere a todas sus ovejas por igual y procura que ninguna se aleje del rebaño, toda persona por insignificante que sea es oveja de su grey humana por la que se ha desvivido –dado su vida-. Dios vive pendiente de todos y sale en busca de aquel se ha perdido y trata de rescatarlo. «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13). Dios siempre espera con insistente paciencia a que cada uno de nosotros, sea nuestro estado de abandono y de haberle dado la espalda, nos dejemos abrazar por Él y nos cargue sobre sus hombros. Dios no abandona a nadie, y aunque solo hubiera una persona sobre la tierra, tu, Él hubiera bajado del cielo encarnándose… para salvarte. El amor de Dios por el ser humano, por cada ser humano, es de una grandeza desmedida, infinita; tan infinita que nos resulta incomprensible para nuestra pequeña capacidad humana.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 12-14
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda uno solo de estos pequeños”.
…oo0oo…
Palabras del papa Benedicto XVI
(De la Homilía de la Misa inicio pontificado, 24 de abril de 2005)
Conocer lo que Dios quiere, conocer cuál es la vía de la vida, era la alegría de Israel, su gran privilegio. Ésta es también nuestra alegría: la voluntad de Dios, en vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica –quizás a veces de manera dolorosa– y nos hace volver de este modo a nosotros mismos. Y así, no servimos solamente Él, sino también a la salvación de todo el mundo, de toda la historia. En realidad, el simbolismo del Palio es más concreto aún: la lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. La parábola de la oveja perdida, que el pastor busca en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia una imagen del misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad –todos nosotros– es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar la humanidad a una situación tan miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros. Se convierte así en el símbolo de la misión del pastor del que hablan la segunda lectura y el Evangelio de hoy. La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud. El símbolo del cordero tiene todavía otro aspecto. Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: “Yo soy el buen pastor […]. Yo doy mi vida por las ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.
Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento.
La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud.
…oo0oo…
Catena Aurea
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,4
Otra nueva razón nos da el Señor para que no despreciemos a los pequeñitos, cuando dice: «Porque el Hijo del hombre vino», etc.
Remigio
Lo que equivale a decir: No despreciéis a los pequeñitos, porque yo me he dignado hacerme hombre por los hombres. En las palabras: «lo que había perecido» se sobreentiende el género humano. Todos los elementos guardan su orden, pero el hombre erró, porque perdió el suyo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,4
Añade el Señor a lo que acaba de decir una parábola para demostrar la voluntad que tiene su Padre de salvar a todos los hombres, cuando dice: «¿Qué os parece? Si tuviere alguno cien ovejas», etc.
San Gregorio, homiliae in Evangelia, 34,3
Esto dice relación al Creador de los hombres. El número cien es número perfecto y El tuvo cien ovejas, cuando creó la naturaleza humana y la naturaleza angélica.
San Hilario, in Matthaeum, 18
Por la palabra una sola oveja se entiende un solo hombre y por hombre todo el género humano y todo el género humano se perdió en el error de un solo Adán. De ahí que el que busca al hombre es Cristo y las noventa y nueve ovejas que deja, son la multitud de todos aquellos que se regocijan en el cielo.
San Gregorio, homiliae in Evangelia, 34,3
Y dice el evangelista, que las dejó en los montes, para significar las alturas. Porque las ovejas que no habían perecido estaban en los lugares más elevados.
Beda
Encontró el Señor a la oveja, cuando restauró al hombre y hubo en el cielo mayor alegría por la oveja encontrada, que por las otras noventa y nueve. Porque hay más motivos para alabar a Dios por la restauración de los hombres, que por la creación de los ángeles. Creó Dios admirablemente a los ángeles; pero más admirablemente restauró al hombre.
Rábano
Observad que al número nueve le falta una unidad para formar el número diez y al número noventa y nueve para formar el ciento. De donde resulta, que los números a quienes para ser perfectos les falta una unidad, pueden variar por la sustracción, o por la adición; pero la unidad permaneciendo en sí misma sin variación, cuando se agrega a otros números los perfecciona. De esta manera para perfeccionar en el cielo el número completo de ovejas, es buscado en la tierra el hombre que se ha perdido.
San Jerónimo
Opinan otros que el número noventa y nueve se refiere a los justos y la pequeña oveja a los pecadores, según lo que ya se ha dicho en otro lugar: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13).
San Gregorio, homiliae in Evangelia, 34,3
Debemos considerar por qué confiesa el Señor, que se alegra más por la conversión de los pecadores, que por la estabilidad de los justos. Es porque los que tienen seguridad de no haber cometido pecados graves, están perezosos muchas veces para cumplir los deberes más elevados, mientras que, por el contrario, a los que tienen conciencia de haber obrado mal, el sentimiento de su dolor los inflama más en el amor divino y como ven que han andado errantes lejos de Dios, recompensan con las ganancias posteriores las pérdidas anteriores; de esta manera el general prefiere al soldado, que después de huir, vuelve al enemigo y le acomete con valor, a aquel que no ha vuelto jamás la espalda, pero que jamás ha acometido ni ha hecho cosa alguna con valor. Pero también hay algunos justos que causan tanta alegría, que bajo ningún concepto se les puede posponer a ningún penitente; éstos, aunque no les arguya su conciencia de falta alguna, sin embargo, desprecian hasta lo que les es permitido y son humildes en todas las ocasiones. ¿Cuán grande alegría, pues, no proporciona el justo cuando llora en la humillación, siendo tan grande la que causa el pecador cuando condena el mal que ha hecho?
Beda
También las noventa y nueve ovejas que dejó en el monte significan los soberbios, a quienes, para llegar a la perfección (marcada por el número cien), les falta el número uno. Cuando El ha encontrado al pecador, se alegra, es decir, hace que se alegren los suyos, más por ese pecador que por los justos falsos.
San Jerónimo
Las palabras que siguen: «Así no es la voluntad de vuestro Padre, que perezca uno solo», etcétera, se refieren a lo que queda dicho más arriba: «Mirad, no tengáis en poco a uno de estos pequeñitos» (Mt 18,10) y de esta manera nos enseña, que la parábola propuesta ha sido dicha para que no sean despreciados los pequeñitos. En las palabras: «No es voluntad de vuestro Padre», manifiesta el Señor que siempre que pereciere alguno de estos pequeñitos, no perece por voluntad del Padre.
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

