Descubrir el prójimo que sufre

San Juan Pablo II, cuando era Karol Józef Wojtla

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Sus amigos eran sus amigos y todos querían y podían serlo. Entre estos abundaban los judíos. El exterminio católico y judío llevado a cabo por los nazis en los campos de concentración fue una tristísimo realidad que saldría luego a la luz. En 1998 conocimos una historia publicada en una revista alemana que puede ser de interés relatar ahora. Una niña de 12 años, de nombre Edith, alemana, con origen judío, fue liberada con otras de una fábrica de armas –a la vez campo de concentración–, terminada la contienda militar. Se encontraba en situación precaria, al límite. Flaca, yerta de frío y hambrienta esperaba no sabe qué en el andén de un apeadero de tren donde ni siquiera sabía si pasaría alguno o, si de hacerlo, pararía. Nada le importaba ya. La vida se le iba y sin familia a quien recurrir, desmotivada, esperaba la muerte arrumbada allí.

Algunos se cruzaron con ella. Iban a otra estación cercana, con la agilidad de quien sí sabe lo que quiere y dónde va. Iban a una estación por la que sí pasaba y paraba un tren. Pero ella, ausente, mirando la nada, impávida, esperaba a nadie.

Pasó un joven –recuerda Edith Zirer, que así se llama– y al verla se paró. Como su indumentaria era la típica del suplicio nazi –pijama a rayas horizontales– le preguntó por su nombre. Algo le hizo estremecerse y caer en sí. Desde hacía varios años nadie le había preguntado por su nombre, había sido sólo un número en constante peligro de ser tachado de las listas. Ese joven le trajo una taza de té caliente, queso y pan para que se repusiera un poco. Después hizo un fuego con unas tablas para que se calentara. Como ni aun así podía caminar la llevó a cuestas durante más de una hora hasta una estación cercana. Cuenta que nevaba mansamente y que durante la caminata hablaron y él le contó que también había perdido a los suyos. Al llegar a la estación, le agenció un billete para desplazarse a un lugar donde podía encontrar alguno de sus familiares. Unos judíos al verla le gritaron que se alejara de él, que era católico.

Con rapidez y temor, por su parte, se despidieron. Ella nunca olvidará su nombre: Karol Wojtyla. Era el futuro Papa que aunque no era aún sacerdote ya vestía traje talar como convenía a su condición de clérigo. Edith Zirer vive en Haifa, junto al monte Carmelo. Cuando el Papa realizó su histórico viaje a Tierra Santa en el año 2000, Edith Zirer quiso agradecer públicamente su salvadora acción en el acto en Yad Vashem.[1]

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[1] Escrito por Pedro Beteta. Escritor y autor de libros sobre Juan Pablo II

 


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