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Algunos se cruzaron con ella. Iban a otra estación cercana, con la agilidad de quien sí sabe lo que quiere y dónde va. Iban a una estación por la que sí pasaba y paraba un tren. Pero ella, ausente, mirando la nada, impávida, esperaba a nadie. Pasó un joven –recuerda Edith Zirer, que así se llama– y al verla se paró. Como su indumentaria era la típica del suplicio nazi –pijama a rayas horizontales– le preguntó por su nombre. Algo le hizo estremecerse y caer en sí. Desde hacía varios años nadie le había preguntado por su nombre, había sido sólo un número en constante peligro de ser tachado de las listas. Ese joven le trajo una taza de té caliente, queso y pan para que se repusiera un poco. Después hizo un fuego con unas tablas para que se calentara. Como ni aun así podía caminar la llevó a cuestas durante más de una hora hasta una estación cercana. Cuenta que nevaba mansamente y que durante la caminata hablaron y él le contó que también había perdido a los suyos. Al llegar a la estación, le agenció un billete para desplazarse a un lugar donde podía encontrar alguno de sus familiares. Unos judíos al verla le gritaron que se alejara de él, que era católico. Con rapidez y temor, por su parte, se despidieron. Ella nunca olvidará su nombre: Karol Wojtyla. Era el futuro Papa que aunque no era aún sacerdote ya vestía traje talar como convenía a su condición de clérigo. Edith Zirer vive en Haifa, junto al monte Carmelo. Cuando el Papa realizó su histórico viaje a Tierra Santa en el año 2000, Edith Zirer quiso agradecer públicamente su salvadora acción en el acto en Yad Vashem.[1] *****
[1] Escrito por Pedro Beteta. Escritor y autor de libros sobre Juan Pablo II |
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