Desapego

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La primera virtud del cristiano y la que comprende todas las demás, es vivir como caminante y extranjero en la tierra: no tomar parte en las cosas y asuntos del mundo; mirarlas todas sin apego, como que están fuera y separadas de nosotros.” (S. Juan Crisóstomo[1]) 

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            Gemma Galgani vivía muy pobremente, no tenía casi nada en su habitación, selo decía con orgullo a Jesucristo, pero tenía mucho apego a una reliquia de Gabriel de la Dolorosa. Cristo le hizo sentir que no era pobre en este punto. Ella intentó defenderse “porque era una reliquia”. Pero precisamente cuando creemos tener derecho a apegarnos a la cosas, resulta peligro apegarse a ellas. Cuanto más noble es una realidad, cuanto más útil es al Reino de Dios, tanto más tentador es el espíritu de poseerla… y tanto más grave.[2] 

          También en el orden espiritual deseamos acumular provisiones.

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Tengamos lo que tenemos como si no lo tuviéramos; para que no nos tenga a nosotros.  Es decir, estar tan suficientemente libres como para aceptar la voluntad de Dios sin que nada, ningunas atadura, no lo impida. Si no renunciamos, morimos, a nuestras ambiciones, instintos egoísta, caprichos, etc., no estamos aptos para sumir la voluntad de Dios. “Dice el Santo (san Ignacio de Loyola) que la indiferencia ha de recaer `en todo lo que es concedido a la libertad de neutro libre albedrío´. Eso es ser verdaderamente libre, no dejarse esclavizar por el apego natural a las cosas gratas.”[3]  Libertad de espíritu, es la capacidad de amar como Dios ama y de preferir siempre lo que él quiere. Esto es lo más importante de todo en la vida: amar a Dios haciendo su voluntad.

Y es más: el peligro de apegarse a las cosas alcanza también a aquellas que tengamos por santas, hasta de estas podemos hacer posesiones; hasta estas no atan sin que nos permitan ser totalmente libres, y volar a merced de la voluntad de Aquel que gobierna nuestras vidas, el Espíritu Santo, que sopla cuando y donde quiere, y que no nos deja jamás de sorprender.

La correlación de los contrarios es desapego. El apego a una cosa particular no puede ser destruido si no es mediante otro apego incompatible con él.”, decía S. Weil[4]. Es decir, o se pertenece al mundo o se pertenece a Dios; no se pueden tener dos señores…, dos tesoros… Cuando uno entrega su corazón a uno, no puede pertenecerle a otro.

“Nadie puede ser esclavo de dos señores, porque aborrecerá al uno y amará al otro, o bien despreciará a uno y amará al otro, o bien despreciará a uno y se afeccionará al otro.” Mt 6,24). “No podéis servir a Dios y al dinero.” (Mt 6,25). Dios y el dinero se presentan como dos mundo antagónicos, entre los que no hay medio; o se sirve a Dios, y entonces hay que renunciar a los bienes de este mundo, despegar de ellos el corazón, o viceversa.

“Los bienes son dados para ser utilizados, pero no para ser acumulados. (…) El corazón se apega al tesoro acumulado. El bien amontonado se interpone entre Dios y yo. Donde está mi tesoro, está mi confianza, mi seguridad, mi consuelo, mi Dios. El tesoro constituye una idolatría. (…) Si me pregunto cómo reconoceré a qué esta apegado mi corazón, también la respuesta es aquí simple y clara: todo lo que te impide amar a Dios sobre todas las cosas, lo que se interpone entre ti y tu obediencia a Jesús, constituye el tesoro al que tu corazón está apegado.”[5]

Si uno está apegado al poder, al dinero, a la propiedad, a la fama y al éxito; si uno busca todas estas cosas como si su felicidad dependiera de ellas y las amas prioritariamente, entonces para él son estás palabras sagradas: “No améis al mundo, ni lo que hay en él.” (1 Jn 2,15), “no os adaptéis al mundo a este mundo; al contrario, reformaos por la renovación de vuestro entendimiento para que sepáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable a Él, lo perfecto.” (Rom 12,2).

Cuando hay suficiente desapego, cuando uno tiene como el pie de apoyo en la esfera divina, entonces se está en disposición de “pasar” de las cosas de aquí abajo, de no temer perderlas (cosas materiales e inmateriales), pues son relativas, que no le afectan sustancialmente. Sólo así se puede vivir bajo la lógica de la gracia. Despreciando las cosas del mundo y sus banalidades y vanidades.

 

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[1] Homi. 24, ad Hebr., sent. 386, Tric. T. 6, p. 384.

[2] MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.78.

[3] GARCIA MORENTE, M.; “Ejercicios Espirituales”, Espasa-Calpe, Madrid, 1961, p. 53.

[4] La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, p. 140.

[5] BONHOEFFER, D., El precio de la gracia, Sígueme, Salamanca, 1986 (3ª), p.113.

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