Buenos días. Bienvenidos todos. Bendiciones y un saludo fraterno en Cristo Jesús.
Aunque tan solo han pasado 30 días, lo cierto es que siempre deseamos que las cosas han mejorado, variado para bien, o simplemente que los problemas existentes hayan menguado. Pero, desgraciadamente, no; sólo cabria decir aquello de Monterroso: «cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».
Quizá como para devolvernos al contexto de siempre, que no podemos borrar, y al que tenemos que habituarnos lo antes posible. Esta es la realidad con que nos encontramos:
La persecución contra los cristianos en todas las partes, en la gran mayoría de los países y de diversas formas e intensidad: por el islamismo, allí donde está presente, instalado políticamente, o que este en minoría, países a que ha emigrado; violencia que también se da no tanto por razones estrictamente religiosa, sino de índole política o ideológica: La India, ante el hecho de los intocables se conviertan fraternal e igualitario cristianismo, o en regímenes comunistas, como dictaduras, entre la que destaca la China, y algunos países otros países asiáticos, americanos y africanos, etc.
La unidad de la Iglesia, ante la desviación doctrinal de la sinodalidad alemana, que no cede y que desafía cada vez más avanzando hacia un cisma inevitable, ya que están ejerciendo en clara rebeldía de desobediencia asuntos doctrinales, litúrgicos y morales, como son las bendiciones a parejas homosexuales, y como la moral sexual.
La increencia, a pesar de los esperanzadores brotes verdes (los 1.400 millones de católicos, y los nuevos bautizados, adultos convertidos, que cada vez aumenta m en todo el mundo). El mundo Occidental –vanguardia que orienta el porvenir del conjunto de la humanidad– se halla en unos niveles de increencia, de vida espiritual y moral francamente preocupantes y descorazonador.
La migración es como el rayo que no cesa, ni dejará de cesar mientras no se procure una solución de calado, bueno, la única posible como realmente solucionable: el que el mundo próspero acabe con el hambre en el tercer mundo. Todos los demás intentos son como parches para simular, autoengañarnos, que hacemos algo. En este tema tan sangrante, pues afecta a muchísima gente, y gente pobre, desesperada, a la que la Iglesia no puede ignorar. Los cristianos tenemos una obligación moral de tratar al prójimo fraternamente, con un amor como a uno mismo; como mandato divino.
Vivamos en el camino de la santidad, siguiendo a Jesús. Y olvidemos lo que el Señor nos encomendó: «Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!» (Mc 13,37).
Que Dios nos bendiga a todos, y su Santísima Madre nos tome de su mano maternal, especialmente al papa León XIV.
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

