De lo extraordinario de la presentación de Jesús

Abajo pueden leer este relato de san Lucas, del que podemos extraer varias cosas que llaman la atención:

El que Dios se someta a este hecho de la presentación a los 40 días de su nacimiento, como anteriormente, a los 8 días, a la circuncisión (Lc 2,21), en sí no sorprende, es lo normal. Es justamente someterse a lo prescrito por la ley de Moisés y a lo socialmente constituido lo que nos habla de la extraordinaria normalidad del Señor de hacerse uno de nosotros.

En el Templo, en el atrio y en la explanada porticada había un gran número de gente (los que iban a reza o realizar presentaciones, los sacerdotes, los escribas, los dedicados a la atención y cuidado del templo, los cambistas, etc.). Sorprendentemente, de entre todos ellos tan solo dos descubren la presencia del Señor, que se presenta para toda la humanidad. Y así dice Simeón: mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos (Lc 2,30).

También lama la atención que ambos sean ancianos, personas justas y piadosas (beatas), de fe y de esperanza, que vivían en contacto con el Señor, aguardaban —pese a que se les está acabando la vida— el cumplimiento de la promesa de la venida del Señor, añoraban y esperaban expectantes al Mesías prometido.

Sonan socialmente «desechables», inservibles, son muy ancianos, y sin embargo, el Espíritu Santo, del que están llenos, llenos del don de la gracia, les lleva a proclamar (como hiciera Isabel a través de Juan Bautista) la presencia de Dios allí.

Otro dato interesante es el que uno sea del género femenino y otro masculino. Tanto el hombre como la mujer están en pie de igualdad; Dios se revela a ambos, sin distinción de sexo.

Y mencionar a la Candelaria, la que porta la Candela. María entre sus manos por la luz sagrada, que Simeón toma por un momento entre las suyas y proclama: luz para alumbrar a las naciones.

Esto también nos ocurre a nosotros: Dios se nos hace presente y no lo vemos. Jesús pasó y pasa desapercibido para la inmensa mayoría. Dios ha elegido a dos personas insignificantes para significarse. Dios se hace pequeño e insignificante, para que le descubramos en lo pequeño, lo frágil, lo irrelevante, lo humilde. Y si en esa actitud de pequeñez, que nos dispone a la gracia, a recibir el don de Dios, la presencia en nosotros del Espíritu Santo, que nos abre a contemplar a Cristo presente en nuestras vidas. Cuando veamos esto habremos visto como Simeón «la gracia que vale más que la vida» (que dijera el papa Francisco).

Y para aquellos consagrados, que un día y cada día se ofrecen en la promesa de «Mis ojos han visto a tu Salvador«, le dedicamos estas palabras del Papa:

Vosotros, queridos hermanos y hermanas consagrados, sois hombres y mujeres sencillos que habéis visto el tesoro que vale más que todas las riquezas del mundo. Por eso habéis dejado cosas preciosas, como los bienes, como formar una familia. ¿Por qué lo habéis hecho? Porque os habéis enamorado de Jesús, habéis visto todo en Él y, cautivados por su mirada, habéis dejado lo demás. La vida consagrada es esta visión. Es ver lo que es importante en la vida. Es acoger el don del Señor con los brazos abiertos, como hizo Simeón. Eso es lo que ven los ojos de los consagrados: la gracia de Dios que se derrama en sus manos. El consagrado es aquel que cada día se mira y dice: “Todo es don, todo es gracia”. Queridos hermanos y hermanas: No hemos merecido la vida religiosa, es un don de amor que hemos recibido.

 

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,22-40):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba
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