Este domingo, el cuarto del Adviento, previo al nacimiento de Nuestro Señor, encendemos la última de las cuatro velas de la corona. Es la vela blanca; la dedicada a la Virgen María, la madre de Jesús. Y donde san José adquiere un papel relevante.
Encender domingo tras domingo los cuatro velas muestra la gradual subida hacia la plenitud de la luz en Navidad.
También se puede usar una quinta vela en el centro que representa a Cristo. Se enciende en la víspera de Navidad como un recuerdo de la venida de Cristo, Luz del Mundo.
La luz y la vida de Dios triunfan sobre las tinieblas y la muerte. Porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación.
..ooOoo..
LECTURAS DE LA MISA
Lectura del libro de Isaías (7,10-14):
En aquellos días, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»
Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»
Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (1,1-7):
Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,18-24):
El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.
Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.
..ooOoo..
A continuación, en homenaje a la Madre de Jesús, ofrecemos las revelaciones de la Infancia de la Virgen María, del Señor a la beata Ana Catalina Emmerick.
La fuente y el texto completo: http://www.capillacatolica.org
(El subrayado y resaltado es nuestro)
INFANCIA DE LA VIRGEN MARÍA
Y SAN JOSÉ
Revelaciones de Jesús a la
Beata Ana Catalina Emmerick
I
Los ascendientes de María Santísima
Los antepasados de Santa Ana fueron Esenios. Estos piadosísimos hombres descendían de aquellos sacerdotes que en tiempos de Moisés y Aarón tenían el encargo de llevar el Arca de la Alianza, los cuales recibieron, en tiempos de Isaías y Jeremías, ciertas reglas de vida. Al principio no eran numerosos. Más tarde vivieron en Tierra Santa reunidos en una extensión como de millas de largo y de ancho, y sólo más tarde se acercaron a las regiones del Jordán. Vivían principalmente en el monte Horeb y en el Carmelo.
En los primeros tiempos, antes que Isaías los reuniese, vivían desparramados, entregados a la penitencia. Llevaban siempre los mismos vestidos y no los remendaban, no cambiándolos hasta que se les caían de puro viejos. Vivían en estado de matrimonio, pero con mucha pureza de costumbres. A veces, de común acuerdo, se separaban hombre y mujer, y vivían cierto tiempo entregados a la oración. Cuando comían estaban separados los hombres de las mujeres; comían primero aquéllos y cuando se alejaban los hombres, lo hacían las mujeres.
Ya desde entonces había, entre estos judíos, antepasados de Ana y de la Sagrada Familia. De ellos también derivan los llamados “hijos de profetas”. Vivían en el desierto y en los alrededores del monte Horeb. En Egipto también he visto a muchos de ellos. Por causa de las guerras estuvieron un tiempo alejados del monte Horeb; pero fueron nuevamente recogidos por sus jefes. Los Macabeos pertenecieron también a ellos. Eran grandes veneradores de Moisés: tenían un trozo de vestido de él, que éste había dado a Aarón y que les había llegado en posesión. Era para ellos cosa sagrada, y he visto que en cierta ocasión unos quince murieron en lucha por defender este sagrado tesoro.
Los jefes de los Esenios tenían conocimiento del misterio encerrado en el Arca de la Alianza. Los que permanecían célibes formaban una agrupación aparte, una orden espiritual, y eran probados largamente durante varios años antes de ser admitidos. Los jefes de la orden los recibían por mayor o menor tiempo, según la inspiración que recibían de lo alto. Los Esenios que vivían en matrimonio observaban mucho rigor entre ellos y sus mujeres e hijos, y guardaban la misma relación, con los verdaderos Esenios, que los Terciarios Franciscanos respecto a la Orden Franciscana. Solían consultar todos sus asuntos al anciano jefe del monte Horeb. Los Esenios célibes eran de una indescriptible pureza y piedad. Llevaban blancas y largas vestiduras, que conservaban perfectamente limpias. Se ocupaban de educar a los niños.
Para ser admitidos en la orden debían contar, por lo menos, catorce años de edad. Las personas de mucha piedad eran probadas por sólo un año; los demás por dos. Vivían en perfecta pureza y no ejercían el comercio; lo que necesitaban para el sustento lo obtenían cambiando sus productos agrícolas. Si un Esenio faltaba gravemente, era arrojado de la orden, y esta excomunión era seguida generalmente de castigo, como en el caso de Pedro con Ananías, es decir, moría. El jefe sabía por revelación divina quién había faltado gravemente. He visto que algunos debían sólo hacer penitencias: se ponían un saco muy tieso, con los brazos extendidos, que no podían doblar, y el interior lleno de puntas agudas.
Tenían sus cuevas en el monte Horeb. En una cueva mayor se había acomodado una sala de mimbre donde a las once reuníanse todos para la comida en común. Cada uno tenía delante un pequeño pan y un vaso. El jefe iba de uno a otro, bendiciendo los panes. Después de la refección cada uno volvía a su celda. En esa sala vi un pequeño altar, y sobre él panes bendecidos cubiertos, que luego se distribuían a los pobres. Poseían muchas palomas tan mansas que picoteaban en las manos. Comían de estas palomas, y supe que tenían algún culto religioso por medio de ellas, porque decían algo sobre las aves y las dejaban volar. De la misma manera he visto que decían algo sobre corderos, que luego dejaban vagar por el desierto.
Tres veces al año iban al templo de Jerusalén. Tenían sacerdotes entre ellos, que cuidaban de las vestiduras sagradas, a las cuales purificaban, hacían de nuevo y costeaban su hechura. Se ocupaban de agricultura, de ganadería y especialmente de cultivar huertas. El monte Horeb estaba lleno de jardines y árboles frutales, en medio de sus chozas y viviendas. Otros tejían con mimbres o paños, o bordaban y adornaban vestiduras sacerdotales. La seda no la usaban para sí: la llevaban atada al mercado y la cambiaban por productos. En Jerusalén tenían un barrio especial para ellos y aún en el templo un lugar reservado.
Los judíos comunes no congeniaban con ellos. Vi llevar al templo ofrendas como uvas de gran tamaño, que cargaban dos hombres, atravesadas en un palo. Llevaban corderos, que no eran sacrificados, sino que se dejaban correr libremente. No los he visto ofrecer sacrificio cruento. Antes de partir para el templo se preparaban con la oración, riguroso ayuno, disciplinas y otras penitencias. Quien se acercaba al templo con pecados no satisfechos penitencialmente temía ser castigado con muerte repentina, cosa que a veces sucedía. Si en el camino a Jerusalén encontraban a un enfermo o necesitado, no proseguían su camino hasta no haber ayudado al desvalido.
Los he visto juntar yerbas medicinales, preparar bebidas y curar enfermos con estos medios: les imponían las manos o se tendían con los brazos extendidos sobre los mismos enfermos. Los he visto sanar a veces a la distancia. Los enfermos que no podían acudir, mandaban algún mensajero, en el cual hacían todo lo que el enfermo verdadero necesitaba, y éste sanaba en el mismo instante.
II
Ascendientes de Santa Ana
En tiempo de los abuelos de Ana era jefe de los Esenios el anciano Arcos. Este hombre tenía visiones en la cueva de Elías, en el monte Horeb, referentes a la venida del Mesías. Sabía de qué familia debía nacer el Mesías. Cuando Arcos tenía que profetizar sobre los antepasados de Ana, veía que el tiempo se iba acercando. Ignoraba, empero, que a veces se retardaba e interrumpía el orden por el pecado, y por cuánto tiempo era la tardanza. Sin embargo, exhortaba a la penitencia y al sacrificio. El abuelo de Ana era un Esenio que se llamaba Estolano antes de su matrimonio. Por su mujer y por las posesiones de ésta, se llamó después Garesha o Sarziri.
La abuela de Ana era de Mara, en el desierto, y se llamaba Moruni o Emorún, esto es, madre excelsa. Se unió con Estolano por consejo del profeta Arcos, que fue jefe de los Esenios por noventa años, y era un santo varón con quien siempre se aconsejaban antes de contraer matrimonio, para oír su palabra y acertar en la elección. Me extrañaba ver que estos santos hombres y profetas siempre profetizaban sobre descendencia de mujeres y que los antepasados de Ana y la misma Ana tenían siempre hijas mujeres. Parecía que fuera su intento religioso preparar recipientes puros, que debían dar hijos santos, como el Precursor, el Salvador, los apóstoles y los discípulos.
He visto que Emorún, antes de su casamiento, fue a consultar a Arcos. Tuvo que entrar en la sala de reunión, en el monte Horeb, en un lugar señalado y hablar, a través de una reja, con el jefe supremo, como se usa en el confesionario. Después se encaminó Arcos por muchos escalones a lo alto del monte Horeb, donde estaba la cueva de Elías. La entrada era pequeña y unas gradas llevaban hacia abajo. La cueva estaba limpia y aseada y la luz entraba en el interior por una abertura superior. He visto, contra la pared, un pequeño altar de piedra, y sobre él, la vara de Aarón y un cáliz brillante como hecho de piedra preciosa. En este cáliz estaba depositada una parte del sacramento o misterio del Arca de la Alianza. Los Esenios habían adquirido este tesoro en ocasión en que el Arca había caído en manos de los enemigos. La vara de Aarón estaba guardada en una vaina en forma de arbolito con hojas amarillas alrededor.
No podría decir si el arbolito era verdadero o sólo un trabajo artístico, como una raíz de Jessé. Cuando rezaba el superior de los Esenios, por causa de un casamiento, tomaba la vara de Aarón en sus manos. Si la unión se refería a la genealogía de María Virgen, la vara daba un brote y éste varias floraciones con la señal de la elección. Los antepasados de Ana fueron elegidos brotes de esta genealogía, y sus hijas lo fueron por medio de estas señales, las cuales daban otros brotes cuando estaban por contraer matrimonio. Este arbolito con sus retorcidas ramas, era como el árbol genealógico, como la raíz de Jessé, mediante el cual se podía conocer, según lo que hubiera crecido, la proximidad del nacimiento de María. Había allí otros pequeños arbustos en tarros, sobre el altar, los cuales tenían significación cuando reverdecían o se agostaban. En torno de las paredes habían espacios guardados por rejillas, donde se conservaban, envueltos en seda y lana, huesos de antiguos santos varones israelitas que habían vivido y muerto en el monte y en los alrededores.
También en las mismas cuevas de los Esenios vi semejantes huesos delante de los cuales rezaban, ponían flores o encendían lámparas. Arcos se revestía al modo de los sacerdotes del templo, cuando oraba en la cueva de Elías. Su vestidura se componía de ocho partes. Primero se ponía sobre el pecho un vestido que había llevado Moisés: una especie de escapulario, que tenía una abertura para el cuello y caía en igual largo sobre el pecho y las espaldas. Sobre esto se ponía un alba blanca de seda, ceñida con un cíngulo ancho y una estola cruzada sobre el pecho que le llegaba hasta las rodillas.
Luego se ponía una especie de casulla de seda blanca, que por detrás llegaba hasta el suelo, con dos campanillas en la parte inferior. Sobre el cuello llevaba una especie de corbata tiesa, cerrada por delante con botones. Su larga barba descansaba sobre esta corbata. Por último se ponía un pequeño manto brillante de seda blanca, que se cerraba por delante con tres garfios con piedras, sobre los cuales había letras o signos grabados. De ambos hombros colgaba una especie de piedras preciosas en número de seis, algunas también grabadas. En medio de la espalda había un escudo con signos y letras. En el manto se veían flecos, borlas y frutos. En el brazo llevaba un manípulo. La mitra era de seda blanca arrollada a modo de turbante y terminada en un adorno de seda que tenía en la frente una plancha de oro con piedras preciosas.
Arcos rezaba postrado o echado sobre el suelo delante del altar. Vi que tuvo una visión en la cual vio que salía de Emorún un rosal de tres ramas. En cada rama había una rosa y la rosa de la segunda rama estaba señalada con una letra. También vio a un ángel que escribía una letra en la pared. A raíz de esto declaró Arcos a Emorún que debía casarse con el sexto pretendiente que tendría una hija, con una señal, que sería un vaso de elección de la cercana promesa. Este sexto pretendiente era Estolano. No vivieron mucho tiempo en Mara, sino que pasaron a Efrén.
He visto también a sus hijas Emerencia e Ismeria consultar al anciano Arcos, el cual les aconsejó el casamiento porque eran ellas también vasos elegidos para la próxima promesa. La mayor, Emerencia, casóse con un Levita de nombre Afras y fue madre de Isabel, madre, a su vez, de Juan el Bautista.
Otra hija de Estolano se llamó Enué. Ismeria fue la segunda hija de Estolano y Emorún. Esta tuvo en su nacimiento la señal que dijo Arcos haber visto en la segunda rosa en su visión de Emorún. Ismeria casó con Eliud, de la tribu de Leví. Eran de condición noble y ricos de bienes. Lo he visto esto en la vasta economía de la casa. Tenían mucho ganado, pero todo parecía que lo destinaban para los pobres y no para sí mismos. Vivían en Séforis, a seis horas lejos de Nazaret, donde poseían una heredad. Tenían una posesión en el valle de Zabulón, adonde iban en los tiempos buenos del año y donde Eliud fijó su residencia después de la muerte de su mujer Ismeria. En el mismo valle se había establecido el padre de Joaquín con su familia. La piadosa educación que había tenido Estolano y Emorún pasó a su hija Ismeria y a Eliud.
La primera hija de Ismeria se llamó Sobe. Ésta se casó más tarde con Salomón, y fue la madre de María Salomé, que se casó con Zebedeo, padre de los apóstoles Santiago el Mayor y Juan. Como no llevase Sobe la señal dicha por Arcos se contristaron mucho los padres y fueron al monte Horeb, a ver al profeta, quien les impuso oración y sacrificio, y los consoló. Por espacio de dieciocho años no tuvieron hijos, hasta el nacimiento de Ana. Tuvieron entonces ambos una visión nocturna. Ismeria vio a un ángel que escribía una letra en la pared, junto a su lecho. Contó esto a su marido, que había visto lo mismo, y ambos vieron la letra al despertar. Era la letra M que Ana había traído al mundo al nacer, grabada en el bajo vientre. Los padres amaban a Ana de una manera particular.
He visto a la niña Ana: no era hermosa en grado notable, pero sí más que otras niñas de su edad. No fue de ningún modo tan hermosa como lo fue María; pero era muy sencilla, inocente y piadosa. Así la he visto en todo tiempo, como joven, como madre, como anciana, de manera que cuando veo a una campesina realmente sencilla, pienso siempre: “Esta es como Ana”.
Ana fue llevada a la edad de cinco años al templo, como más tarde María. Vivió doce años allí y a los diecisiete volvió a su casa. Entre tanto tuvo su madre una tercera hija, llamada Maraha, y Ana encontró a su vuelta a un hijo de su hermana mayor Sobe, llamado Eliud.
Maraha consiguió más tarde la posesión de la casa paterna, en Séforis, y fue madre de los discípulos Arastaria y Cocharia. El joven Eliud fue más tarde marido segundo de la viuda de Naíam, Maroni. Un año después enfermó Ismeria y murió. Desde el lecho de dolor hizo venir a su presencia a todos los de la casa, los exhortó y aconsejó y designó a Ana como ama de casa después de su muerte. Luego habló con Ana y le dijo que debía casarse, pues era un vaso de elección y de promesa.
III
San Joaquín y Santa Ana
Un año y medio más tarde se casó Ana con Helí o Joaquín, también por un aviso profético del anciano Arcos. Hubiera debido casar con un levita de la tribu de Aarón, como las demás de su tribu; pero por la razón dicha fue unida con Joaquín, de la tribu de David, pues María debía ser de la tribu de David. Había tenido varios pretendientes y no conocía a Joaquín; pero lo prefirió a los demás por aviso de lo alto. Joaquín era pobre de bienes y era pariente de San José. Era pequeño de estatura y delgado, era hombre de buena índole y de atrayentes maneras. Tenía, como Ana, algo de inexplicable en sí.
Ambos eran perfectos israelitas y había en ellos algo que ellos mismos no conocían: un ansia y un anhelo del Mesías y una notable seriedad en su porte. Pocas veces los he visto reír, aunque no eran melancólicos ni tristes. Tenían un carácter sosegado y callado, siempre igual y aún en edad temprana llevaban la madurez de los ancianos.
Fueron unidos en matrimonio en un pequeño lugar donde había una pequeña escuela. Sólo un sacerdote asistió al acto. Los casamiento eran entonces muy sencillos; los pretendientes se mostraban en general apocados; se hablaban y no pensaban en otra cosa sino que así debía ser. Decía la novia «sí», y quedaban los padres conformes; decía, en cambio, «no», teniendo sus razones, y también quedaban los padres de acuerdo.
Primeramente eran los padres quienes arreglaban el asunto; a esto seguíase la conversación en la sinagoga. Los sacerdotes rezaban en el lugar sagrado con los rollos de la ley y los parientes en el lugar acostumbrado. Los novios se hablaban en un lugar aparte sobre las condiciones y sus intenciones; luego se presentaban a los padres. Éstos hablaban con el sacerdote que salía a escucharlos, y a los pocos días se efectuaba el casamiento.
Joaquín y Ana vivían junto a Eliud, el padre de Ana. Reinaba en su casa la estricta vida y costumbre de los Esenios. La casa estaba en Séforis, aunque un tanto apartada, entre un grupo de casas, de las cuales era la más grande y notable. Allí vivieron unos siete años. Los padres de Ana eran más bien ricos; tenían mucho ganado, hermosos tapices, notable menaje y siervos y siervas. No he visto que cultivasen campos, pero sí que llevaban el ganado al pastoreo.
Eran muy piadosos, reservados, caritativos, sencillos y rectos. A menudo partían sus ganados en tres partes: daban una parte al templo, adonde lo llevaban ellos mismos y que eran recibidos por los encargados del templo. La otra parte la daban a los pobres o a los parientes necesitados, de los cuales he visto que había algunos allí que los arreaban a sus casas. La tercera parte la guardaban para sus necesidades. Vivían muy modestamente y daban con facilidad lo que se les pedía. Por eso yo pensaba en mi niñez: «El dar produce riqueza; recibe el doble de lo que da».
He visto que esta tercera parte siempre se aumentaba y que muy luego estaban de nuevo con lo que habían regalado, y podían partir de nuevo su hacienda entre los demás. Tenían muchos parientes que solían juntarse en las solemnidades del año. No he visto en estas fiestas derroche ni exceso. Daban una parte de la comida a los pobres. No he visto verdaderos banquetes entre ellos. Cuando se encontraban juntos se sentaban en el suelo entre tapetes, en rueda, y hablaban mucho de Dios con grandes esperanzas. A veces había entre los parientes gente no tan buena que miraba mal estas conversaciones y cómo dirigían los ojos a lo alto y al cielo. Sin embargo, con estos malos, ellos se mostraban buenos y les daban el doble. He visto que estos mal criados exigían con tumulto y pretensiones lo que Joaquín y Ana daban de buena voluntad. Si había pobres entre su familia les daban una oveja o a veces varias.
En este lugar tuvo Ana su primera hija, que llamó también María. He visto a Ana llena de alegría por el nacimiento de esta niña. Era una niña muy amable; la he visto crecer robusta y fuerte, pero muy piadosa y mansa. Los padres la querían mucho. Tenían, sin embargo, una inquietud que yo no entendía bien: les parecía que ella no era la niña prometida (de la visión del profeta) que debían esperar de su unión. Tenían pena y turbación como si hubiesen faltado en algo contra Dios. Hicieron larga penitencia, vivieron separados uno de otro y aumentaron sus obras de caridad. Así permanecieron en la casa de Eliud unos siete años, lo que pude calcular en la edad de la primera niña, cuando terminaron de separarse de sus padres y vivir en el retiro para empezar de nuevo su vida matrimonial y aumentar su piedad para conseguir la bendición de Dios.
Tomaron esta resolución en casa de sus padres y Eliud les preparó las cosas necesarias para el viaje. Los ganados eran divididos, separando los bueyes, asnos y ovejas; estos animales me parecían más grandes que los de nuestro país. Sobre los asnos y bueyes fueron cargados utensilios, recipientes y vestidos. Estas gentes eran tan diestras en cargarlos, como los animales en recibir la carga que les ponían. Nosotros no somos tan capaces de cargar mercaderías sobre carros como eran diestros éstos en cargar sus animales. Tenían hermoso menaje: todos sus utensilios eran mejores y más artísticos que los nuestros. Delicados jarrones de formas elegantes, sobre los cuales había lindos grabados, eran empaquetados, llenándolos con musgo y envueltos diestramente; luego eran sujetados con una correa y colgados del lomo de los animales. Sobre las espaldas de los animales colocaban toda clase de paquetes con vestimentas de multicolores envoltorios, mantas y colchas bordadas de oro. Eliud les dio a los que partían una bolsita con una masa pequeña y pesada, como si fuera un pedazo de metal precioso.
Cuando todo estuvo en orden acudieron siervos y siervas a reforzar la comitiva y arreaba los animales cargados delante de sí hacia la nueva vivienda, la cual se encontraba a cinco o seis horas de camino. La casa estaba situada en una colina entre el valle de Nazaret y el de Zabulón. Una avenida de terebintos bordeaba el camino hasta el lugar. Delante de la casa había un patio cerrado cuyo suelo estaba formado por una roca desnuda, rodeado por un muro de poca altura, hecho de peña viva; detrás de este muro por encima de él había un seto vivo. En uno de los costados del patio había habitaciones de poca monta para hospedar pasajeros y guardar enseres. Había un cobertizo para encerrar el ganado y las demás bestias de carga.
Todo estaba rodeado de jardines, y en medio de ellos, cerca de la casa, se levantaba un gran árbol de una especie rara; sus ramas bajaban hasta la tierra, echaban raíces y así brotaban nuevos árboles formando una tupida vegetación. Cuando llegaron los viajeros a la vivienda encontraron todo arreglado y cada cosa en su lugar, pues habían los padres enviado a algunos antes con el encargo de preparar todo lo necesario. Los siervos y siervas habían desatado los paquetes y colocado cada cosa en su lugar. Pronto quedó todo ordenado y habiendo dejado instalados a sus hijos en la nueva casa, se despidieron de Ana y Joaquín, con besos y bendiciones, y regresaron llevándose a la pequeña María, que debía permanecer con los abuelos.
En todas estas visitas y en otras ocasiones nunca los he visto comer con exceso o despilfarro. Se colocaban en rueda, teniendo cada uno, sobre la alfombra, dos platitos y dos recipientes. No hablaban generalmente en todo el tiempo sino de las cosas de Dios y de sus esperanzas en el Mesías. La puerta de la gran casa estaba en medio. Se entraba por ella a una especie de antesala, que corría por todo lo ancho de la casa. A derecha e izquierda de la sala había pequeñas piezas separadas por biombos de juncos entretejidos, que se podían quitar o poner a voluntad. En la sala se hacían las comidas más solemnes, como se hizo cuando María fue enviada al templo.
Desde entonces comenzaron una vida completamente nueva. Queriendo sacrificar a Dios todo su pasado y haciendo como si por primera vez estuviesen reunidos, se empeñaron, desde ese instante, por medio de una vida agradable a Dios, en hacer descender sobre ellos la bendición, que era el único objeto de sus ardientes deseos. Los vi visitando sus rebaños y dividiéndolos en tres partes, siguiendo la costumbre de sus padres: una para el templo, otra para los pobres y la tercera para ellos mismos. Al templo enviaban la mejor parte; los pobres recibían un buen tercio, y la parte menos buena la reservaban para sí.
Como la casa era amplia, vivían y dormían en pequeñas habitaciones separadas, donde era posible verlos a menudo en oración, cada uno por su lado, con gran devoción y fervor. Los vi vivir así durante largo tiempo. Daban muchas limosnas y cada vez que repartían sus bienes y sus rebaños, éstos se multiplicaban de nuevo rápidamente. Vivían con modestia en medio de sacrificios y renunciamientos. Los he visto vestir ropas de penitencia cuando rezaban y varias veces vi a Joaquín, mientras visitaba sus rebaños en lugares apartados, orar a Dios en la pradera. En esta vida penitente perseveraron diecinueve años después del nacimiento de su primera hija María, anhelando ardientemente la bendición prometida y su tristeza era cada día mayor.
Pude ver también a algunos hombres perversos acercarse a ellos y ofenderlos, diciéndoles que debían ser muy malos para no poder tener hijos; que la niña devuelta a los padres de Ana no era suya; que Ana era estéril y que aquella niña era un engaño forjado por ella; que si así no fuera la tendrían a su lado y otras muchas cosas más. Estas detracciones aumentaban el abatimiento de Joaquín y de Ana.
Tenía ésta la firme convicción interior de que se acercaba el advenimiento del Mesías y que ella pertenecía a la familia dentro de la cual debía encarnarse el Redentor. Oraba pidiendo con ansia el cumplimiento de la promesa, y seguía aspirando, como Joaquín, hacia una pureza de vida cada vez más perfecta. La vergüenza de su esterilidad la afligía profundamente, no pudiendo mostrarse en la sinagoga sin recibir ofensas. Joaquín, a pesar se ser pequeño y delgado, era de constitución robusta. Ana tampoco era grande y su complexión, delicada: la pena la consumía de tal manera que sus mejillas estaban descarnadas, aunque bastante subidas de color. De tanto en tanto conducían sus rebaños al templo o las casas de los pobres, para darles la parte que les correspondía en el reparto, disminuyendo cada vez más la parte que solían reservarse para sí mismos.
IV
La Santa e Inmaculada Concepción de María
Cuando Joaquín, que se encontraba de nuevo entre su ganado, quiso ir de nuevo al templo para ofrecer sacrificios, le envió Ana palomas y otras aves en canastos y jaulas por medio de los siervos para que fuesen a llevárselas a la pradera. Joaquín tomó dos asnos y los cargó con tres animalitos pequeños, blancos y muy despiertos, de cuellos largos, corderos o cabritos, encerrados en cestas. Llevaba él mismo una linterna sobre su cayado: era una luz en una calabaza vacía. Subieron al templo, guardando sus asnos en una posada, que estaba cerca del mercado. Llevaron sus ofrendas hasta los escalones más altos y pasaron por las habitaciones de los servidores del templo. Allí se reunieron los siervos de Joaquín después que les fueron tomadas las ofrendas.
Entró Joaquín en la sala donde se hallaba la fuente llena de agua en la cual eran lavadas las víctimas; se dirigió por un largo corredor a otra sala a la izquierda del sitio donde estaba el altar de los perfumes, la mesa de los panes de la proposición y el candelabro de los cinco brazos. Se hallaban reunidas en aquel lugar varias personas que habían acudido para sacrificar.
Joaquín tuvo que sufrir aquí una pena muy cruel. Vi a un sacerdote, de nombre Rubén, que despreció sus ofrendas, puesto que en lugar de colocarlas junto a las otras, en lugar aparente, detrás de las rejas, a la derecha de la sala, las puso completamente de lado. Ofendió públicamente al pobre Joaquín a causa de la esterilidad de su mujer y sin dejarlo acercarse, para mayor injuria, lo relegó a un rincón.
Vi entonces a Joaquín lleno de tristeza abandonar el templo y, pasando por Betania, llegar a los alrededores de Maquero. Permaneció tan triste y avergonzado que, por algún tiempo, no dio aviso del sitio donde se encontraba. La aflicción de Ana fue extraordinaria cuando le refirieron lo que le había acontecido en el templo y al ver que no volvía.
Cinco meses permaneció Joaquín oculto en el monte Hermón. He visto su oración y sus angustias. Cuando iba donde estaban sus rebaños y veía a sus corderitos, se ponía muy triste y se echaba en tierra cubriéndose el rostro. Los siervos le preguntaban por qué se mostraba tan afligido; pero él no les decía que estaba siempre pensando en la causa de su pena: la esterilidad de su mujer. También aquí dividía su ganado en tres partes: lo mejor lo enviaba al templo; la otra parte la recibían los esenios, y el se quedaba con la más inferior.
También Ana tuvo que sufrir mucho por la desvergüenza de una criada, que le reprochaba su esterilidad. Mucho tiempo la estuvo sufriendo hasta que la despachó de su casa. Había pedido ésta ir a una fiesta a la cual, según la rigidez de los esenios, no se podía acudir. Cuando Ana le negó el permiso ella le reprochó duramente esta negativa, diciendo que merecía ser estéril y verse abandonada de su marido por ser tan mala y tan dura. Entonces Ana despachó a la criada, y por medio de dos servidores la envió a la casa de sus padres, llenándola antes con regalos y dones, rogándoles la recibiesen de nuevo ya que no podía retenerla más consigo.
Después de esto se retiró a su habitación y lloró amargamente.
En la tarde del mismo día se cubrió la cabeza con un paño amplio, se envolvió toda con él y fue a ponerse bajo un gran árbol, en el patio de la casa. Encendió una lámpara y se entregó a la oración. Permaneció aquí mucho tiempo Ana clamando a Dios y diciendo: «Si quieres, Señor, que yo quede estéril, haz que, al menos, mi piadoso esposo vuelva a mi lado».
Entonces se le apareció un ángel. Venía de lo alto y se puso delante, diciéndole que pusiera en paz su corazón porque el Señor había oído su oración; que debía a la mañana siguiente ir con dos criadas a Jerusalén y que entrando en el templo, bajo la puerta dorada del lado del valle de Josafat, encontraría a Joaquín. Añadió que él estaba en camino a ese lugar, que su ofrenda sería bien recibida, y que allí sería escuchada su oración. Le dijo que también ya había estado con Joaquín, y mandóle que llevase palomas para el sacrificio, y anuncióle que el nombre de la criatura que tendría, luego lo vería escrito.
Ana dio gracias a Dios y volvió a su casa contenta. Cuando después de mucho rezar en su lecho, se quedó dormida, he visto aparecer sobre ella un resplandor que la penetraba. La he visto avisada por una inspiración interior, despertar e incorporarse en su lecho. En ese momento vi un rostro luminoso junto a ella, que escribía con grandes letras hebreas a la derecha de su cama. He conocido el contenido de la frase, palabra por palabra. Expresaba en resumen, que ella debía concebir; que su fruto sería único, y que la fuente de esa concepción era la bendición que había recibido Abraham. La he visto indecisa pensando como le comunicaría esto a Joaquín; pero se consoló cuando el ángel le reveló la visión de Joaquín.
Tuve entonces la explicación de la Inmaculada Concepción de María y supe que en el Arca de la Alianza había estado oculto un sacramento de la Encarnación, de la Inmaculada Concepción, un misterio de la Redención de la humanidad caída. He visto a Ana leer con admiración y temor las letras de oro y rojas brillantes de la escritura, y su gozo fue tan grande que pareció rejuvenecer cuando se levantó para dirigirse a Jerusalén. He visto, en el momento en que el ángel se acercó a ella, un resplandor bajo el corazón de Ana, y allí, un vaso iluminado. No puedo explicarlo de otro modo sino diciendo: había allí como una cuna, un tabernáculo cerrado que ahora se abría para recibir algo santísimo. No puedo expresar cómo he visto esto maravillosamente. Lo vi como si fuera la cuna de toda la humanidad renacida y redimida; lo vi como un vaso sagrado abierto, al cual se le quita el velo. Reconocí esto con toda naturalidad. Este conocimiento era a la vez natural y celestial. Ana tenía entonces, según creo, cuarenta y tres años.
V
La visión de Joaquín
He visto también la aparición del ángel a Joaquín. El ángel le mandó llevar las ofrendas al templo y le prometió que sería escuchada su oración. A pesar de que le dijo que fuera después a la puerta dorada del templo, Joaquín sentíase temeroso de ir. Pero el ángel le dijo que los sacerdotes ya tenían aviso de su visita.
Esto sucedía en tiempo de la fiesta de los tabernáculos. Joaquín había levantado su choza con ayuda de sus pastores. Al cuarto día de fiesta dirigióse a Jerusalén con numeroso ganado para el sacrificio, y se alojó en el templo. Ana, que también llegó el mismo día a Jerusalén, fue a hospedarse con la familia de Zacarías, en el mercado de los peces, y se encontró con Joaquín al finalizar las fiestas.
Cuando Joaquín llegó a la entrada del templo, le salieron al encuentro dos sacerdotes, que habían recibido un aviso sobrenatural. Joaquín llevaba dos corderos y tres cabritos. Su oferta fue recibida en el lugar acostumbrado: allí mismo degolladas y quemadas las víctimas. Una parte de este sacrificio, sin embargo, fue llevaba a la derecha de la antesala y allí consumida . En el centro del lugar estaba el gran sillón desde donde se enseñaba. Mientras subía el humo de la víctima, descendía un rayo de luz sobre el sacerdote y sobre Joaquín. Hubo entonces un silencio general y gran admiración. Luego vi que dos sacerdotes llevaron a Joaquín a través de las cámaras laterales, hasta el Sancta Sanctorum, ante el altar del incienso. Aquí echó el sacerdote incienso, no en granos, como era costumbre, sino una masa compacta sobre el altar (era una mezcla de incienso, mirra, casia, nardo, azafrán, canela, sal fina y otros productos y pertenecía al sacrificio diario), que se encendió. Joaquín quedó solo delante del altar del incienso, porque los sacerdotes se alejaron.
Vi a Joaquín hincado de rodillas, con los brazos levantados, mientras se consumía el incienso. Permaneció encerrado en el templo toda la noche, rezando con gran devoción. Estaba en éxtasis cuando se le acercó un rostro resplandeciente y le entregó un rollo que contenía letras luminosas. Eran los tres nombres: Helia, Anna y Miryam (Diversas formas de los nombres Joaquín, Ana y María). Junto a ellos veíase la figura del Arca de la Alianza o un tabernáculo pequeño. Joaquín colocó este rollo escrito bajo sus vestidos, junto al corazón.
El ángel habló entonces: «Ana tendrá una Niña Inmaculada y de Ella saldrá la salud del mundo. No debe lamentar Ana su esterilidad, que no es para su deshonra sino para su gloria. Lo que tendrá Ana no será de él (Joaquín) si no que por medio de él, será un fruto de Dios y la culminación de la bendición dada a Abraham». Joaquín no podía comprender esto, y el ángel lo llevó detrás del cortinado que estaba separado lo bastante para poder permanecer allí. Vi que el ángel ponía delante de los ojos de Joaquín una bola brillante como un espejo: él debía soplar sobre ella y mirar. Yo pensé que el ángel le presentaba la bola, según costumbre de nuestro país donde, en los casamientos, se presenta al sacristán. Cuando Joaquín echó su aliento sobre la bola, aparecieron diversas figuras en ella, sin empañarse en lo más mínimo. Joaquín observaba. Entendí que el ángel le decía que de esa manera Ana daría a luz, por medio de él, sin ser empañada. El ángel tomó la bola y la levantó en alto, quedando suspendida. Dentro de ella pude ver, como por una abertura, una serie de cuadros conexos que se extendían desde la caída del hombre hasta su redención. Había allí todo un mundo, donde las cosas nacían unas de otras. Tuve conocimiento de todo, pero ya no puedo dar los detalles.
En lo más alto hallábase la Santísima Trinidad; más abajo, a un lado, el Paraíso, Adán y Eva, el pecado original, la promesa a de la redención, todas las figuras que la anunciaban de antemano, Noé, el diluvio, el Arca, la bendición de Abraham, la transmisión de la bendición a su hijo Isaac, y de éste a Jacob; luego, cuando le fue retirada a Jacob por el ángel con quien luchó; cómo pasó a José en el Egipto; cómo se mostró en él y en su mujer en un grado de más alta dignidad; y cómo el don sagrado, donde reposaba la bendición, era sacado de Egipto por Moisés con las reliquias de José y se transformaba en el Santo de los Santos del Arca de la Alianza, la residencia de Dios vivo en medio de su pueblo. Vi el culto y la vida del pueblo de Dios en sus relaciones con este misterio, las disposiciones y las combinaciones para el desarrollo de la raza santa, del linaje de la Santísima Virgen, así como las figuras y los símbolos de María y del Salvador en la historia y en los profetas. Vi esto en cuadros simbólicos dentro de la esfera luminosa. Vi grandes ciudades, torres, palacios, tronos, puertas, jardines, flores, todas estas imágenes maravillosamente unidas entre sí por puentes de luz. Todo esto era embestido por fieras y otras temibles apariciones. Estos cuadros mostraban como la raza de la Santísima Virgen, al igual que todo lo santo, había sido conducida por la gracia de Dios, a través de combates y asaltos.
Recuerdo haber visto, en esta serie de cuadros, un jardín rodeado por una densa valla espinosa, a través de la cual se esforzaban por pasar, en vano, una cantidad de serpientes y bestias repulsivas semejantes. Vi también una torre muy firme, asaltada por todas partes por guerreros, que luego eran precipitados desde lo alto de las murallas. Observé muchas imágenes análogas que se referían a la historia de la Virgen en sus antepasados. Los pasajes y puentes que unían el conjunto significaban la victoria obtenida sobre obstáculos e interrupciones que se oponían a la obra de la salvación. Era como si una carne inmaculada, una sangre purísima hubiesen sido puestas por Dios en medio de la humanidad, como en un río de agua turbia, y debiesen, a través de muchas penas y esfuerzos, reunir sus elementos dispersos, mientras el río trataba de atraerlas hacia sí y empañarlas; pero al final, con la gracia de Dios, de los innumerables favores y de la fiel cooperación de parte de los hombres, esto debía, después de oscurecimientos y purificaciones, subsistir en un río que renovaba sus aguas sin cesar, y elevarse fuera del río bajo la forma de la Santísima Virgen, de la cual nació el Verbo, hecho carne, que habitó entre nosotros.
Entre las imágenes que contemplé en la esfera luminosa había muchas que están mencionadas en las letanías de la Virgen: las veo, las comparo, las comprendo y las voy considerando con profunda veneración cuando recito las letanías. Más tarde se desarrollaban en estos cuadros hasta el perfecto cumplimiento de la obra de la divina Misericordia con la humanidad, caída en una división y en un desgarramiento infinitos. Por el costado del globo luminoso opuesto al Paraíso, llegaban los cuadros hasta la Jerusalén celestial , a los pies del trono de Dios.
Cuando hube visto todo, desvaneciéndose el globo resplandeciente, que no era sino la misma sucesión de cuadros que partiendo de un punto volvían todos a él luego de haber formado un círculo de luz. Creo que fue una revelación hecha a Joaquín por los ángeles, bajo la forma de una visión, de la cual tuve yo también conocimiento. Cuando recibo una comunicación de esta clase se me aparece siempre dentro de una esfera luminosa.
VI
Joaquín recibe el misterio del Arca de la Alianza
Tomó el ángel, sin abrir la puerta del Arca, algo de dentro. Era el misterio del Arca de la Alianza, el sacramento de la Encarnación, de la Inmaculada Concepción, el cumplimiento y la culminación de la bendición de Abraham. He visto como un cuerpo luminoso este misterio del Arca. El ángel ungió o bendijo con la punta del pulgar y del índice la frente de Joaquín; luego pasó el cuerpo luminoso bajo el vestido de Joaquín, desde donde, no sé decir cómo, penetró dentro de él mismo. También le dio a beber algo de un vaso o cáliz brillante que sostenía por debajo con sus dos dedos. Este cáliz tenía la forma del cáliz de la Última Cena, pero sin pie, y Joaquín debió conservarlo para sí y llevarlo a su casa. Entendí que el ángel le mandó a Joaquín que conservase el misterio, y entendí, entonces, por qué Zacarías, padre del Bautista, quedó mudo después de haber recibido la bendición y la promesa de tener hijo de Isabel, bendición y promesa que venían del misterio del Arca de la Alianza. Sólo más tarde fue echado en menos el misterio del Arca por los sacerdotes del templo. Desde entonces se extraviaron del todo y se volvieron farisaicos.
El ángel sacó a Joaquín del Sancta Sanctorum y desapareció. Joaquín permaneció tendido en el suelo rígido y sin conocimiento. Vi que luego llegaron los sacerdotes y sacaron de allí reverentemente a Joaquín y lo sentaron en un sillón, sobre unas gradas, que sólo usaban los sacerdotes. El sillón era cómodo y forrado en el asiento, semejante a las sillas que usaba Magdalena en sus tiempos de lujo. Los sacerdotes le echaron agua en la cara y le pusieron delante de la nariz algo o le dieron alguna cosa para tomar; en una palabra, lo trataron como a uno que se ha desmayado. Con todo, he visto que Joaquín quedó, después de lo recibido por el ángel, todo luminoso, más joven y rozagante.
VII
Encuentro de Joaquín y Ana
Joaquín fue guiado por los sacerdotes hasta la puerta del pasillo subterráneo, que corría debajo del templo y de la puerta derecha. Era éste un camino que se usaba en algunos casos para limpieza, reconciliación o perdón. Los sacerdotes dejaron a Joaquín en la puerta, delante de un corredor angosto al comienzo, que luego se ensanchaba y bajaba insensiblemente. Había allí columnas forradas con hojas de árboles y vides y brillaban los adornos de oro en las paredes iluminadas por una luz que venía de lo alto.
Joaquín había andado una tercera parte del camino, cuando vino a su encuentro Ana, en el lugar del corredor, debajo de la puerta dorada donde había una columna en forma de palmera con hojas caídas y frutos. Ana había sido conducida por los sacerdotes a través de una entrada que había del otro lado del subterráneo. Ella les había dado con su criada las palomas para el sacrificio, en unos cestos que había abierto y presentado a los sacerdotes, conforme le había mandado el ángel. Había sido conducida hasta allí en compañía de otras mujeres, entre ellas, la profetisa Ana.
He visto que cuando se abrazaban Joaquín y Ana, estaban en éxtasis. Estaban rodeados de numerosos ángeles que flotaban sobre ellos, sosteniendo una torre luminosa y recordando la torre de marfil, la torre de David y otros títulos de las letanías lauretanas. Desapareció la torre entre Joaquín y Ana: ambos estaban llenos de gloria y resplandor. Al mismo tiempo, el cielo se abrió sobre ellos y vi la alegría de los ángeles y de la Santísima Trinidad y la relación de todo esto con la Concepción de María Santísima.
Cuando se abrazaron, rodeados por el resplandor, entendí que era la Concepción de María en ese instante, y que María fue concebida como hubiera sido la concepción de todos sin el pecado original. Joaquín y Ana caminaban así, alabando a Dios, hasta la salida. Llegaron a una arcada grande, como una capilla donde ardían lámparas, y salieron afuera. Aquí fueron recibidos por los sacerdotes, que los despidieron.
El templo estaba abierto y adornado con hojas y frutos. El culto se realizaba bajo el cielo, al aire libre. En cierto lugar había ocho columnas aisladas adornadas con ramajes. Joaquín y Ana llegaron a una salida abierta al borde extremo de la montaña del templo, frente al valle de Josafat. No era posible ir más lejos en esa dirección, pues el camino doblaba a derecha e izquierda. Hicieron todavía una visita a un sacerdote y luego los vi con su gente dirigirse a su casa.
Una vez llegado a Nazaret, Joaquín dio un banquete de regocijo, sirvió a muchos pobres y repartió grandes limosnas. Vi el júbilo y el fervor de los esposos y su agradecimiento a Dios, pensando en su misericordia hacia ellos; observélos a menudo orando juntos, con los ojos bañados en lágrimas.
Se me explicó en esta ocasión que los padres de la Santísima Virgen la engendraron en una pureza perfecta, por el efecto de la obediencia. Si no hubiera sido con el fin de obedecer a Dios, habrían guardado perpetua continencia.
Comprendí, al mismo tiempo, cómo la pureza, la castidad, la reserva de los padres y su lucha contra el vicio impuro tiene incalculable influencia sobre la santidad de los hijos engendrados. En general, siempre vi en la incontinencia y en el exceso, la raíz del desorden y del pecado.
Vi también que mucha gente se congratulaba con Joaquín por haber sido recibida su ofrenda en el templo. Después de cuatro meses y medio, menos tres días, de haber concebido Ana bajo la puerta dorada, vi que María era hecha tan hermosa por voluntad de Dios. Vi cómo Dios mostraba a los ángeles la belleza de esa alma y cómo ellos sintieron por ello inexplicable alegría. He visto también, en ese momento, cómo María se movió sensiblemente por primera vez dentro del seno materno. Ana se levantó al punto y se lo comunicó a Joaquín; luego salió a rezar bajo aquel árbol debajo del cual le había sino anunciada la Concepción Inmaculada.
VIII
El misterio de la Inmaculada Concepción
Vi la tierra de Palestina reseca por falta de lluvia y a Elías subiendo con dos servidores al monte Carmelo; al principio, a lo largo de la ladera; luego sobre escalones, hasta una terraza, y después de nuevo sobre escalones en una planicie con una colina que tenía una cueva hasta la cual llegó. Dejó a sus servidores sobre la ladera de la planicie para que mirasen al mar de Galilea, que aparecía casi seco, con honduras, pantanos y hoyos llenos de peces y animales muertos. Elías se inclinó sobre sí hasta poner su cabeza sobre las rodillas, se cubrió y clamó con fuerza a Dios. Por siete veces llamó a sus siervos, preguntándoles si no veían alguna nube levantarse sobre el mar. Finalmente vi que en medio del mar se levantaba una nubecilla blanca, de la cual salió otra nube negra, dentro de la cual había una figura blanca; se agrandó y en lo alto se abrió ampliamente. Mientras la nube se levantaba, vio Elías dentro de ella la figura de una Virgen luminosa. Su cabeza estaba coronada de rayos, los brazos levantados en forma de cruz, en una mano una corona de victoria y el largo vestido estaba como sujeto bajo los pies. Parecía que flotaba y se extendía sobre la tierra de Palestina.
Elías reconoció cuatro misterios de la Virgen Inmaculada que debía venir en la séptima época del mundo y de qué estirpe debía venir; vio también a un lado del mar un árbol pequeño y ancho, y al otro, uno muy grande, el cual echaba sus ramas superiores en el árbol pequeño. Observé que la nube se dividía. En ciertos lugares santificados, donde habitaban hombres justos que aspiraban a la salvación, dejaba la nube como blancos torbellinos de rocío, que tenían en los bordes todos los colores del arco iris, y vi concentrarse en ellos la bendición, como para formar una perla entro de su concha. Fuéme explicado que era ésta una figura profética y que en los lugares bendecidos donde la nube había dejado caer los torbellinos hubo cooperación real en la manifestación de la Santísima Virgen.
Vi enseguida un sueño profético, en el cual, durante la ascensión de la nube, conoció Elías muchos misterios relativos a la Santísima Virgen. Desgraciadamente, en medio de tantas cosas que me perturban y me distraen, he olvidado los detalles, como también otras muchas cosas. Supo Elías que María debía nacer en la séptima edad del mundo; por esto llamó siete veces a su servidor. Otra vez pude ver a Elías que ensanchaba la gruta sobre la cual había orado y establecer una organización más perfecta entre los hijos de los profetas. Algunos de ellos rezaban habitualmente en esta gruta para pedir la venida de la Santísima Virgen, honrándola desde antes de su nacimiento. Esta devoción se perpetuó sin interrupción, subsistió gracias a los esenios, cuando estaba ya sobre la tierra, y fue observada más tarde por algunos ermitaños, de los cuales salieron finalmente los religiosos del Carmelo.
Elías, por medio de su oración, había dirigido las nubes de agua según internas inspiraciones: de otro modo se hubiera originado un torrente devastador en lugar de lluvia benéfica. Observé como las nubes enviaron primero el rocío; caían en blancas líneas, formaban torbellinos con los colores del arco iris en los bordes, y finalmente caían en gotas de lluvia. Reconocí en esto una relación con el maná del desierto, que por la mañana aparecía rojizo y denso cubriendo el suelo como una piel que se podía extender. Estos torbellinos corrían a lo largo del Jordán, y no caían en todas partes, sino en ciertos lugares, como en Salén, donde Juan debía más tarde bautizar. Pregunté qué significaban los bordes rojizos, y se me dio la explicación de la concha del mar, que tiene también estos multicolores bordes, que expuesta al sol absorbe los colores y purificada de colores se va formando en su centro la madreperla blanca y pura.
No puedo explicar mejor todo esto; pero se me dio a entender que ese rocío y esa lluvia significaba mucho más de lo que podía ser considerándolo sólo un refrescamiento de la tierra sedienta. Entendí que sin ese rocío la venida de María se hubiese retardado cien años, mientras las descendencias que se nutren de los frutos de la tierra, y se ennoblecen por el aplacamiento y la bendición del suelo, realzasen de nuevo esas descendencias recibiendo la carne la bendición de la pura propagación. La figura de la madreperla se refería a María y a Jesús. Además de la aridez de la tierra por falta de lluvia, observé la esterilidad de los hombres, y cómo los rayos del rocío caían de descendencia en descendencia, hasta la substancia de María. No puedo decirlo mejor. A veces presentábanse sobre los bordes multicolores una o varias perlas en forma de rostro humano que parecía derramar un espíritu que volvía luego a brotar con los demás.
(…)
XIII
Oraciones para la fiesta del Nacimiento de María
Vi muchas cosas relacionadas con Santa Brígida y tuve conocimiento de varias comunicaciones hechas a esta santa sobre la Concepción Inmaculada y la Natividad de María. Recuerdo que la Virgen Santísima le dijo que cuando las mujeres embarazadas santifican la víspera del día de su Nacimiento, ayunando y recitando con devoción nueve veces el Ave María, en honor de los nueve meses que Ella había pasado en el seno de su madre, y cuando renuevan con frecuencia este ejercicio de piedad en el curso de su preñez y la víspera de su alumbramiento, acercándose con piedad a los sacramentos, lleva Ella esas oraciones ante Dios y les obtiene un parto feliz, aunque las condiciones se presenten difíciles.
En cuanto a mí, se me acercó la Virgen y me dijo, entre otras cosas, que quien en el día de hoy, (festividad del Nacimiento de La Virgen) por la tarde, recite con devoción nueve veces el Ave María en honor de su permanencia de nueve meses en el seno de su madre (Santa Ana) y de su nacimiento, y continúe durante nueve días este ejercicio de piedad, da a los ángeles cada día nueve flores destinadas a formar un ramillete que Ella recibe en el cielo y presenta a la Santísima Trinidad, con el fin de obtener una gracia para la persona que ha dicho esas mismas oraciones.
Más tarde me sentí transportada a la altura, entre el cielo y la tierra. Debajo estaba la tierra, oscura y esfumada. En el cielo, entre los coros de los ángeles y santos, vi a la Santísima Virgen ante el trono de Dios. Pude ver construir para Ella, con las oraciones y las devociones de los fieles del mundo dos puertas o tronos de honor que crecían hasta formar iglesias, palacios y ciudades enteras. Me admiró que estos edificios estuvieran hechos totalmente de plantas, flores y guirnaldas, expresando, las diversas especies, la naturaleza y el mérito de las oraciones, dichas por los individuos o por las comunidades. Vi que para conducirlo hasta el cielo los ángeles y santos tomaban todo esto de entre las manos de quienes decían tales oraciones.
XIV
Natividad de La Virgen Santísima
Con varios días de anticipación había anunciado Ana a Joaquín que se acercaba su alumbramiento. Con este motivo envió ella mensajeros a Séforis, a su hermana menor Marha; al valle de de Zabulón, a la viuda Enue, hermana de Isabel; y a Betsaida, a su sobrina María Salomé, llamándolas a su lado. Vi a Joaquín, la víspera del alumbramiento de Ana, que enviaba numerosos siervos a los prados donde estaban sus rebaños, yendo él mismo al más cercano.
Entre las nuevas criadas de Ana, sólo guardó en su casa a aquéllas cuyo servicio era necesario. Vi a María Helí, la hija mayor de Ana, ocupándose en los quehaceres domésticos. Tenía entonces unos diecinueve años, y habiéndose casado con Cleofás, jefe de los pastores de Joaquín, era madre de una niñita llamada María de Cleofás, de más o menos cuatro años en aquel momento. Joaquín oró, eligió sus más hermosos corderos, cabritos y bueyes y los envió al templo como sacrificio de acción de gracias. No volvió a casa hasta el anochecer.
Por la noche vi llegar a casa de Ana a sus tres parientas. La visitaron en su habitación situada detrás del hogar, y la besaron. Después de haberles anunciado la proximidad de su alumbramiento, Ana, poniéndose de pie, entonó con ellas un cántico concebido más o menos en estos términos: “Alabad a Dios, el Señor, que ha tenido piedad de su pueblo, que ha cumplido la promesa hecha a Adán en el paraíso, cuando le dijo que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente…”. No me es posible repetir todo con exactitud. Se encontraba Ana en éxtasis, enumerando en su cántico todas las imágenes que figuraban a María. Decía: “El germen dado por Dios a Abraham ha llegado a su madurez en mi misma”. Hablaba luego de Isaac, prometido de Sara, y agregaba: “El florecimiento de la vara de Aarón se ha cumplido en mí”.
La he visto penetrada de luz en medio de su aposento, lleno de resplandores, donde aparecía también, en lo alto, la escala de Jacob. Las mujeres, llenas de asombro y de júbilo, estaban como arrobadas, y creo que vieron la aparición. Después de la oración de bienvenida se sirvió a las mujeres una pequeña comida de frutas y agua mezclada con bálsamo. Comieron y bebieron de pie, y fueron a dormir algunas horas para reposar del viaje. Ana permaneció levantada, y oró. Hacia la media noche, despertó a sus parientas para orar juntas, siguiéndola éstas detrás de una cortina cerca del lecho. Ana abrió las puertas de una alacena embutida en el muro, donde se hallaban varias reliquias dentro de una caja. Vi luces encendidas a cada lado; pero no sé si eran lámparas. Al pie de este pequeño altar había un escabel tapizado.
El relicario contenía algunos cabellos de Sara, a quien Ana profesaba veneración; huesos de José, que Moisés había traído de Egipto; algo de Tobías, quizás un trozo de vestido, y el pequeño vaso brillante en forma de pera donde había bebido Abraham al recibir la bendición del ángel y que Joaquín había recibido junto con la bendición. Ahora sé que esta bendición constaba de pan y vino y era como un alimento sacramental. Ana se arrodilló delante de la alacena. A cada lado de ella estaba una de las dos mujeres, y la tercera, detrás. Recitó un cántico: creo que se trataba de la zarza ardiente de Moisés.
Vi entonces un resplandor celestial que llenó la habitación, y que, moviéndose, condensábase en torno de Ana. Las mujeres cayeron como desvanecidas con el rostro pegado al suelo. La luz en torno de Ana tomó la forma de zarza que ardía junto a Moisés, sobre el monte Horeb, y ya no me fue posible contemplarla. La llama se proyectaba hacia el interior: de pronto vi que Ana recibía en sus brazos a la pequeña María, luminosa, que envolvió en su manto, apretó contra su pecho y colocó sobre el escabel delante del relicario. Prosiguió luego sus oraciones. Oí entonces que la niña lloraba. Vi que Ana sacaba unos lienzos debajo del gran velo que la cubría y fajándola, dejaba la cabeza, el pecho y los brazos descubiertos. La aparición de la zarza ardiendo desapareció.
Levantáronse entonces las mujeres y en medio de la mayor admiración recibieron en brazos a la criatura recién nacida, derramando lágrimas de alegría. Entonaron todas juntas un cántico de acción de gracias, y Ana alzó a la niña en el aire como para ofrecerla. Vi entonces que la habitación se volvió a llenar de luces y oí a los ángeles que cantaban Gloria y Aleluya. Pude escuchar todo lo que decían: supe que, según lo anunciaban, veinte días más tarde la niña recibiría el nombre de María. Entró Ana en su alcoba y se acostó.
Las mujeres tomaron a la niña, la despojaron de la faja, la lavaron y, fajándola de nuevo, la llevaron en seguida junto a su madre, cuyo lecho estaba dispuesto de tal manera que se podía fijar contra él una pequeña canasta calada, donde tenía la niña un sitio separado al lado de su madre. Las mujeres llamaron entonces a Joaquín, el cual se acercó al lecho de Ana, y arrodillándose, derramó abundantes lágrimas de alegría sobre la niña. La alzó en sus brazos y entonó un cántico de alabanzas, como Zacarías en el nacimiento del Bautista. Habló en el cántico del santo germen, que colocado por Dios en Abraham se había perpetuado en el pueblo de Dios y en la Alianza, cuyo sello era la circuncisión y que con esta niña llegaba a su más alto florecimiento. Oí decir en el cántico que aquellas palabras del profeta: “Un vástago brotará de la raíz de Jessé”, cumplíase en este momento perfectamente. Dijo también, con mucho fervor y humildad, que después de esto moriría contento.
Noté que María Helí, la hija mayor de Ana, llegó bastante tarde para ver a la niña. A pesar de ser madre ella misma, desde varios años atrás, no había asistido al nacimiento de María quizás porque, según las leyes judías, una hija no debía hallarse al lado de su madre en tales circunstancias. Al día siguiente vi a los servidores, a las criadas y a mucha gente del país reunidos en torno de la casa. Se les hacía entrar sucesivamente, y la niña María fue mostrada a todos por las mujeres que la atendían. Otros vecinos acudían porque durante la noche había aparecido una luz encima de la casa, y porque el alumbramiento de Ana, después de tantos años de esterilidad, era considerado como una especial gracia del cielo.
(…)
XXII
María en el Templo
He visto una fiesta en las habitaciones de las vírgenes del Templo. María pidió a las maestras y a cada doncella en particular si querían admitirla entre ellas, pues esta era la costumbre que se practicaba. Hubo una comida y una pequeña fiesta en la que algunas niñas tocaron instrumentos de música. Por la noche vi a Noemí, una de las maestras, que conducía a la niña María hasta la pequeña habitación que le estaba reservada y desde la cual podía ver el interior del Templo. Había en ella una mesa pequeña, un escabel y algunos estantes en los ángulos. Delante de esta habitación había lugar para la alcoba, el guardarropa y el aposento de Noemí. María habló a Noemí de su deseo de levantarse varias veces durante la noche, pero ésta no se lo permitió. Las mujeres del Templo llevaban largas y amplias vestiduras blancas, ceñidas con fajas y mangas muy anchas, que recogían para trabajar. Iban veladas.
No recuerdo haber visto nunca a Herodes que haya hecho reconstruir de nuevo la totalidad del Templo. Sólo vi que durante su reinado se hicieron diversos cambios. Cuando María entró en el Templo, once años antes del nacimiento del Salvador, no se hacían trabajos propiamente dichos; pero, como siempre, se trabajaba en las construcciones exteriores: esto no dejó de hacerse nunca. He visto hoy la habitación de María en el Templo. En el costado Norte, frente al Santuario, se hallaban en la parte alta varias salas que comunicaban con las habitaciones de las mujeres. El dormitorio de María era uno de los más retirados, frente al Santo de los Santos. Desde el corredor, levantando una cortina, se pasaba a una sala anterior separada del dormitorio por un tabique de forma convexa o terminada en ángulo. En los ángulos de la derecha e izquierda estaban las divisiones para guardar la ropa y los objetos de uso; frente a la puerta abierta de este tabique, algunos escalones llevaban arriba hasta una abertura, delante de la cual había un tapiz, pudiéndose ver desde allí el interior del Templo. A izquierda, contra el muro de la habitación, había una alfombra enrollada, que cuando estaba extendida formaba el lecho sobre el cual reposaba la niña María. En un nicho de la muralla estaba colocada una lámpara, cerca de la cual vi a la niña de pie, sobre un escabel, leyendo oraciones en un rollo de pergamino. Llevaba un vestido de listas blancas y azules, sembrado de flores amarillas. Había en la habitación una mesa baja y redonda.
Vi entrar en la habitación a la profetisa Ana, que colocó sobre la mesa una fuente con frutas del grosor de un haba y una anforita. María tenía una destreza superior a su edad: desde entonces la vi trabajar en pequeños pedazos de tela blanca para el servicio del Templo. Las paredes de su pieza estaban sobrepuestas con piedras triangulares de varios colores. A menudo oía yo a la niña decir a Ana: «¡Ah, pronto el Niño prometido nacerá! ¡Oh, si yo pudiera ver al Niño Redentor!»… Ana le respondía; «Yo soy ya anciana y debí esperar mucho a ese Niño. ¡Tú, en cambio, eres tan pequeña!»… María lloraba a menudo por el ansia de ver al Niño Redentor.
Las niñas que se educaban en el Templo se ocupaban de bordar, adornar, lavar y ordenar las vestiduras sacerdotales y limpiar los utensilios sagrados del Templo. En sus habitaciones, desde donde podían ver el Templo, oraban y meditaban. Estaban consagradas al Señor por medio de la entrega que hacían sus padres en el Templo. Cuando llegaban a la edad conveniente, eran casadas, pues había entre los israelitas piadosos la silenciosa esperanza de que, de una de estas vírgenes consagradas al Señor debía nacer el Mesías. Cuan ciegos y duros de corazón eran los fariseos y los sacerdotes del Templo se puede conocer por el poco interés y desconocimiento que manifestaron con las santas personas con las cuales trataron. Primeramente desecharon sin motivo el sacrificio de Joaquín. Sólo después de algunos meses, por orden de Dios, fue aceptado el sacrificio de Joaquín y de Ana. Joaquín llega a las cercanías del Santuario y se encuentra con Ana, sin saberlo de antemano, conducidos por los pasajes debajo del Templo por los mismos sacerdotes. Aquí se encuentran ambos esposos y María es concebida. Otros sacerdotes los esperan en la salida del Templo. Todo esto sucedía por orden e inspiración de Dios. He visto algunas veces que las estériles eran llevadas allí por orden de Dios.
María llega al Templo teniendo algo menos de cuatro años: en toda su presentación hay signos extraordinarios y desusados. La hermana de la madre de Lázaro viene a ser la maestra de María, la cual aparece en el Templo con tales señales no comunes que algunos sacerdotes ancianos escribían en grandes libros acerca de esta niña extraordinaria. Creo que estos escritos existen aún entre otros escritos, ocultos por ahora. Más tarde suceden otros prodigios, como el florecimiento de la vara en el casamiento con José. Luego la extraña historia de la venida de los tres Reyes Magos, de los pastores, por medio de la llamada de los ángeles. Después, en la presentación de Jesús en el Templo, el testimonio de Simeón y de Ana; y el hecho admirable de Jesús entre los doctores del Templo a los doce años. Todo este conjunto de cosas extraordinarias las despreciaron los fariseos y las desatendieron. Tenían las cabezas llenas de otras ideas y asuntos profanos y de gobierno. Porque la Santa Familia vivió en pobreza voluntaria fue relegada al olvido, como el común del pueblo. Los pocos iluminados, como Simeón, Ana y otros, tuvieron que callar y reservarse delante de ellos.
Cuando Jesús comenzó su vida pública y Juan dio testimonio de Él, lo contradijeron con tanta obstinación en sus enseñanzas, que los hechos extraordinarios de su juventud, si es que no los habían olvidado, no tenían interés ninguno en darlos a conocer a los demás. El gobierno de Herodes y el yugo de los romanos, bajo el cual cayeron, los enredó de tal manera en las intrigas palaciegas y en los negocios humanos, que todo espíritu huyó de ellos. Despreciaron el testimonio de Juan y olvidaron al decapitado. Despreciaron los milagros y la predicación de Jesús. Tenían ideas erróneas sobre el Mesías y los profetas: así pudieron maltratarlo tan bárbaramente, darle muerte y negar luego su resurrección y las señales milagrosas sucedidas, como también el cumplimiento de las profecías en la destrucción de Jerusalén. Pero si su ceguera fue grande al no reconocer las señales de la venida del Mesías, mayor es su obstinación después que obró milagros y escucharon su predicación. Si su obstinación no fuese tan grandemente extraordinaria, ¿cómo podría esta ceguera continuar hasta nuestros días?
Cuando voy por las calles de la presente Jerusalén para hacer el Via Crucis veo a menudo, debajo de un ruinoso edificio, una gran arcada en parte derruida y en, parte con agua que entró. El agua llega, al presente, hasta la tabla de la mesa, del medio de la cual se levanta una columna, en torno de la que cuelgan cajas llenas de rollos escritos. Debajo de la mesa hay también rollos dentro del agua. Estos subterráneos deben ser sepulcros: se extienden hasta el monte Calvario. Creo que es la casa que habitó Pilatos. Ese tesoro de escritos será a su tiempo descubierto.
He visto a la Santísima Virgen en el Templo, unas veces en la habitación de las mujeres con las demás niñas, otras veces en su pequeño dormitorio, creciendo en medio del estudio, de la oración y del trabajo, mientras hilaba y tejía para el servicio del Templo. María lavaba la ropa y limpiaba los vasos sagrados. Como todos los santos, sólo comía para el propio sustento, sin probar jamás otros alimentos que aquéllos a los que había prometido limitarse. Pude verla a menudo entregada a la oración y a la meditación. Además de las oraciones vocales prescritas en el Templo, la vida de María era una aspiración incesante hacia la redención, una plegaria interior continua. Hacía todo esto con gran serenidad y en secreto, levantándose de su lecho e invocando al Señor cuando todos dormían. A veces la vi llorando, resplandeciente, durante la oración. María rezaba con el rostro velado. También se cubría cuando hablaba con los sacerdotes o bajaba a una habitación vecina para recibir su trabajo o entregar el que había terminado. En tres lados del Templo estaban estas habitaciones, que parecían semejantes a nuestras sacristías. Se guardaban en ellas los objetos que las mujeres encargadas debían cuidar o confeccionar.
He visto a María en estado de éxtasis continuo y de oración interior. Su alma no parecía hallarse en la tierra y recibía a menudo consuelos celestiales. Suspiraba continuamente por el cumplimiento de la promesa y en su humildad apenas podía formular el deseo de ser la última entre las criadas de la Madre del Redentor. La maestra que la cuidaba era Noemí, hermana de la madre de Lázaro. Tenía cincuenta años y pertenecía a la sociedad de los esenios, así como las mujeres agregadas al servicio del Templo. María aprendió a trabajar a su lado, acompañándola cuando limpiaba las ropas y los vasos manchados con la sangre de los sacrificios; repartía y preparaba porciones de carne de las víctimas reservadas para los sacerdotes y las mujeres. Más tarde se ocupó con mayor actividad de los quehaceres domésticos. Cuando Zacarías se hallaba en el Templo, de turno, la visitaba a menudo; Simeón también la conocía. Los destinos para los cuales estaba llamada María no podían ser completamente desconocidos por los sacerdotes. Su manera de ser, su porte, su gracia infinita, su sabiduría extraordinaria, eran tan notables que ni aún su extrema humildad lograba ocultar.
XXIII
El nacimiento de Juan es anunciado a Zacarías
He visto a Zacarías hablando con Isabel, confiándole la pena que le causaba tener que ir a cumplir su servicio en el Templo de Jerusalén, debido al desprecio con que se le trataba por la esterilidad de su matrimonio. Zacarías estaba de servicio dos veces por año: No vivían en Hebrón mismo, sino a una legua de allí, en Juta. Entre Juta y Hebrón subsistían muchos antiguos muros; quizás en otros tiempos aquellos dos lugares habían estado unidos. Al otro lado de Hebrón se veían muchos edificios diseminados, como restos de la antigua ciudad que fue en otros tiempos tan grande como Jerusalén. Los sacerdotes que habitaban en Hebrón eran menos elevados en dignidad que los que vivían en Juta. Zacarías era así como jefe de estos últimos y gozaba, lo mismo que Isabel, del mayor respeto a causa de su virtud y de la pureza de su linaje de Aarón, su antepasado.
He visto a Zacarías visitar, con varios sacerdotes del país, una pequeña propiedad suya en las cercanías de Juta. Era un huerto con árboles frutales y una casita. Zacarías oró allí con sus compañeros, dándoles luego instrucciones y preparándolos para el servicio del Templo que les iba a tocar. También le oí hablar de su aflicción y del presentimiento de algo que habría de sucederle.
Marchó Zacarías con aquellos sacerdotes a Jerusalén, donde esperó cuatro días hasta que le llegó el turno de ofrecer sacrificio. Durante este tiempo oraba continuamente en el Templo. Cuando le tocó presentar el incienso, lo vi entrar en el Santuario, donde se hallaba el altar de los perfumes, delante de la entrada del Santo de los Santos. Encima de él, el techo estaba abierto, de modo que podía verse el cielo. El sacerdote no era visible desde el exterior. En el momento de entrar, otro sacerdote le dijo algo, retirándose de inmediato.
Cuando Zacarías estuvo solo, vi que levantaba una cortina y entraba en un lugar oscuro. Tomó algo que colocó sobre el altar, encendiendo el incienso. En aquel momento pude ver, a la derecha del altar, una luz que bajaba hacia él y una forma brillante que se acercaba. Asustado, arrebatado en éxtasis, le vi caer hacia el altar. El ángel lo levantó, le habló durante largo tiempo, y Zacarías respondía. Por encima de su cabeza el cielo estaba abierto y dos ángeles subían y bajaban como por una escala. El cinturón de Zacarías estaba desprendido, quedando sus ropas entreabiertas; vi que uno de los ángeles parecía retirar algo de su cuerpo mientras el otro le colocaba en el flanco un objeto luminoso. Todo esto se asemejaba a lo que había sucedido cuando Joaquín recibió la bendición del ángel para la concepción de la Virgen Santísima.
Los sacerdotes tenían por costumbre salir del Santuario inmediatamente después de haber encendido el incienso. Como Zacarías tardara mucho en salir, el pueblo, que oraba afuera, esperando, empezó a inquietarse; pero Zacarías, al salir, estaba mudo y vi que escribió algo sobre una tablilla. Cuando salió al vestíbulo muchas personas se agruparon a su alrededor preguntándole la razón de su tardanza; mas él no podía hablar, y haciendo signos con la mano, mostraba su boca. La tablilla escrita, que mandó a Juta en seguida a casa de Isabel, anunciaba que Dios le había hecho una promesa y al mismo tiempo le decía que había perdido el uso de la palabra.
Al cabo del tiempo se volvió a su casa. También Isabel había recibido una revelación, que ahora no recuerdo cómo. Zacarías era un hombre de estatura elevada, grande y de porte majestuoso.
XXIV
Infancia y juventud de San José
José, cuyo padre se llamaba Jacob, era el tercero entre seis hermanos. Sus padres habitaban un gran edificio situado poco antes de llegar a Belén, que había sido en otro tiempo la casa paterna de David, cuyo padre, Jessé, era el dueño. En la época de José casi no quedaban más que los anchos muros de aquella antigua construcción. Creo que conozco mejor esta casa que nuestra aldea de Flamske. Delante de la casa había un patio anterior rodeado de galerías abiertas como al frente de las casas de la Roma antigua. En sus galerías pude ver figuras semejantes a cabezas de antiguos personajes. Hacia un lado del patio, había una fuente debajo de un pequeño edificio de piedra, donde el agua salía de la boca de animales. La casa no tenía ventanas en el piso bajo, pero sí aberturas redondas arriba. He visto una puerta de entrada. Alrededor de la casa corría una amplia galería, en cuyos rincones había cuatro torrecillas parecidas a gruesas columnas terminadas cada una en una especie de cúpula, donde sobresalían pequeños banderines. Por las aberturas de esas cupulitas, a las que se llegaba mediante escaleras abiertas en las torrecillas, podía verse a lo lejos, sin ser visto. Torrecillas, semejantes a éstas había en el palacio de David, en Jerusalén; fue desde la cúpula de una de ellas desde donde pudo mirar a Bersabé mientras tomaba el baño.
En lo alto de la casa, la galería corría alrededor de un piso poco elevado, cuyo techo plano soportaba una construcción terminada en otra torre pequeña, José y sus hermanos habitaban en la parte alta con un viejo judío, su preceptor. Dormían alrededor de una habitación colocada en el centro, que dominaba la galería. Sus lechos consistían en colchas arrolladas contra el muro durante el día, separadas entre sí por esteras movibles. Los he visto jugando en su dormitorio.
También vi a los padres, los cuales se relacionaban poco con sus hijos. No me parecieron ni buenos ni malos. José tendría ocho años más o menos. De natural muy distinto a sus hermanos, era muy inteligente, y aprendía todo muy fácilmente, a pesar de ser sencillo, apacible, piadoso y sin ambiciones. Sus hermanos lo hacían víctima de toda clase de travesuras y a veces lo maltrataban.
Aquellos muchachos poseían pequeños jardines divididos en compartimentos: vi en ellos muchas plantas y arbustos. He visto que a menudo iban los hermanos de José a escondidas y le causaban destrozos en sus parcelas, haciéndole sufrir mucho. Lo he visto con frecuencia bajo la galería del patio, de rodillas, rezando con los brazos extendidos. Sucedía entonces que sus hermanos se deslizaban detrás de él y le golpeaban. Estando de rodillas una vez uno de ellos le golpeó por detrás, y como José parecía no advertirlo, volvió aquél a golpearlo con tal insistencia, que el pobre José cayó hacia delante sobre las losas del suelo. Comprendí por esto que José debía estar arrebatado en éxtasis durante la oración. Cuando volvió en sí, no dio muestras de alterarse, ni pensó en vengarse: buscó otro rincón aislado para continuar su plegaria.
Los padres no le mostraban tampoco mayor cariño. Hubieran deseado que empleara su talento en conquistarse una posición en el mundo; pero José no aspiraba a nada de esto. Los padres encontraban a José demasiado simple y rutinario; les parecía mal que amara tanto la oración y el trabajo manual.
En otra época en que podría tener doce años lo vi a menudo huir de las molestias de sus hermanos, yendo al otro lado de Belén, no muy lejos de lo que fue más tarde la gruta del pesebre, y detenerse allí algún tiempo al lado de unas piadosas mujeres pertenecientes a la comunidad de los esenios. Habitaban estas mujeres cerca de una cantera abierta en la colina, encima de la cual se hallaba Belén, en cuevas cavadas en la misma roca. Cultivaban pequeñas huertas contiguas e instruían a otros niños de los esenios. Frecuentemente veía al pequeño José, mientras recitaban oraciones escritas en un rollo a la luz de la lámpara suspendida en la pared de la roca, buscar refugio cerca de ellas para librarse de las persecuciones de sus hermanos. También lo vi detenerse en las grutas, una de las cuales habría de ser más tarde el lugar de Nacimiento del Redentor.
Oraba solo allí o se ocupaba en fabricar pequeños objetos de madera. Un viejo carpintero tenía su taller en la vecindad de los esenios. José iba allí a menudo y aprendía poco a poco ese oficio, en el cual progresaba fácilmente por haber estudiado algo de geometría y dibujo bajo su preceptor.
Finalmente las molestias de sus hermanos le hicieron imposible la convivencia en la casa paterna. Un amigo que habitaba cerca de Belén, en una casa separada de la de sus padres por un pequeño arroyo, le dio ropa con la cual pudo disfrazarse y abandonar la casa paterna, por la noche, para ir a ganarse la vida en otra parte con su oficio de carpintero. Tendría entonces de dieciocho a veinte años de edad.
Primero lo vi trabajando en casa de un carpintero de Libona, donde puede decirse que aprendió el oficio. La casa de su patrón estaba construida contra unos muros que conducían hasta un castillo en ruinas, a todo lo largo de una cresta montañosa. En aquella muralla habían hecho sus viviendas muchos pobres del lugar. Allí he visto a José trabajando largos trozos de madera, encerrado entre grandes muros, donde la luz penetraba por las aberturas superiores. Aquellos trozos formaban marcos en los cuales debían entrar tabiques de zarzos.
Su patrón era un hombre pobre que no hacía sino trabajos rústicos, de poco valor. José era piadoso, sencillo y bueno; todos lo querían. Lo he visto siempre, con perfecta humildad, prestar toda clase de servicios a su patrón, recoger las virutas, juntar trozos de madera y llevarlos sobre sus hombros. Más tarde pasó una vez por estos lugares en compañía de liaría y creo que visitó con ella su antiguo taller.
Mientras tanto sus padres creían que José hubiese sido robado por bandidos. Luego vi que sus hermanos descubrieron donde se hallaba y le hicieron vivos reproches, pues tenían mucha vergüenza de la baja condición en que se había colocado. José quiso quedarse en esa condición, por humildad; pero dejó aquel sitio y se fue a trabajar a Taanac, cerca de Megido, al borde de un pequeño río, el Kisón, que desemboca en el mar. Este lugar no está lejos de Afeké, ciudad natal del Apóstol Santo Tomás. Allí vivió en casa de un patrón bastante rico, donde se hacían trabajos más delicados.
Después lo vi trabajando en Tiberíades para otro patrón, viviendo solo en una casa al borde del lago. Tendría entonces unos treinta años. Sus padres habían muerto en Belén, donde aún habitaban dos de sus hermanos. Los otros se habían dispersado. La casa paterna ya no era propiedad de la familia, que quedó totalmente arruinada.
José era muy piadoso y oraba por la pronta venida del Mesías. Estando un día ocupado en arreglar un oratorio, cerca de su habitación, para poder rezar en completa soledad, se le apareció un ángel, dándole orden de suspender el trabajo: que así como en otro tiempo Dios había confiado al patriarca José la administración de los graneros de Egipto, ahora el granero que encerraba la cosecha de la Salvación habría de ser confiado a su guardia paternal. José, en su humildad, no comprendió estas palabras y continuó rezando con mucho fervor hasta que se le ordenó ir al Templo de Jerusalén para convertirse, en virtud de una orden venida de lo Alto, en el esposo de la Virgen Santísima.
Antes de esto nunca lo he visto casado, pues vivía muy retraído y evitaba la compañía de las mujeres.
XXV
Desposorio de la Virgen María con San José
María vivía entre tanto en el Templo con otras muchas jóvenes bajo la custodia de las piadosas matronas, ocupadas en bordar, en tejer y en labores para las colgaduras del Templo y las vestiduras sacerdotales. También limpiaban las vestiduras y otros objetos destinados al culto divino.
Cuando llegaban a la mayoría de edad, se las casaba. Sus padres las habían entregado totalmente a Dios y entre los israelitas más piadosos existía el presentimiento que de uno de esos matrimonios se produciría el advenimiento del Mesías.
Cuando María tenía catorce años y debía salir pronto del Templo para casarse, junto con otras siete jóvenes, vi a Santa Ana visitarla en el Templo. Al anunciar a María que debía abandonar el Templo para casarse, la vi profundamente conmovida, declarando al sacerdote que no deseaba abandonar el Templo, pues se había consagrado sólo a Dios y no tenía inclinación por el matrimonio. A todo esto le fue respondido que debía aceptar algún esposo. La vi luego en su oratorio, rezando a Dios con mucho fervor.
Recuerdo que, teniendo mucha sed, bajó con su pequeño cántaro para recoger agua de una fuente o depósito, y que allí, sin aparición visible, escuchó una voz que la consoló, haciéndole saber al mismo tiempo, que era necesario aceptar ese casamiento. Aquello no era la Anunciación, que me fue dado ver más tarde en Nazaret. Creí, sin embargo, haber visto esta vez, la aparición de un ángel. En mi juventud confundí a veces este hecho con la Anunciación, creyendo que había tenido lugar en el Templo.
Vi a un sacerdote muy anciano, que no podía caminar: debía ser el Sumo Pontífice. Fue llevado por otros sacerdotes hasta el Santo de los Santos y mientras encendía un sacrificio de incienso, leía las oraciones en un rollo de pergamino colocado sobre una especie de atril. Hallándose arrebatado en éxtasis tuvo una aparición y su dedo fue llevado sobre el pergamino al siguiente pasaje de Isaías: «Un retoño saldrá de la raíz de Jessé y una flor ascenderá de esa raíz». Cuando el anciano volvió en sí, leyó este pasaje y tuvo conocimiento de algo al respecto.
Luego se enviaron mensajeros a todas las regiones del país convocando al Templo a todos los hombres de la raza de David que no estaban casados. Cuando varios de ellos se encontraron reunidos en el Templo, en traje de fiesta, les fue presentada María. Entre ellos vi a un joven muy piadoso de Belén, que había pedido a Dios, con gran fervor, el cumplimiento de la promesa: en su corazón vi un gran deseo de ser elegido por esposo de María.
En cuanto a Ella, volvió a su celda y derramó muchas lágrimas, sin poder imaginar siquiera que habría de permanecer siempre virgen.
Después de esto vi al Sumo Sacerdote, obedeciendo a un impulso interior, presentar unas ramas a los asistentes, ordenando que cada uno de ellos la marcara una con su nombre y la tuviera en la mano durante la oración y el sacrificio. Cuando hubieron hecho esto, las ramas fueron tomadas nuevamente de sus manos y colocadas en un altar delante del Santo de los Santos, siéndoles anunciado que aquél de entre ellos cuya rama floreciere sería el designado por el Señor para ser el esposo de María de Nazaret.
Mientras las ramas se hallaban delante del Santo de los Santos, siguió celebrándose el sacrificio y continuó la oración. Durante este tiempo vi al joven, cuyo nombre quizás recuerde, (y que la Tradición llama Agabus) invocar a Dios en una sala del Templo, con los brazos extendidos, y derramar ardientes lágrimas, cuando después del tiempo marcado, les fueron devueltas las ramas anunciándoles que ninguno de ellos había sido designado por Dios para ser esposo de aquella Virgen.
Volvieron los hombres a sus casas y el joven se retiró al monte Carmelo, junto con los sacerdotes que vivían allí desde el tiempo de Elías, quedándose con ellos y orando continuamente por el cumplimiento de la Promesa.
Luego vi a los sacerdotes del Templo buscando nuevamente en los registros de las familias, si quedaba algún descendiente de la familia de David que no hubiese sido llamado. Hallaron la indicación de seis hermanos que habitaban en Belén, uno de los cuales era desconocido y andaba ausente desde hacía tiempo. Buscaron el domicilio de José, descubriéndolo a poca distancia de Samaria, en un lugar situado cerca de un riachuelo. Habitaba a la orilla del río y trabajaba bajo las órdenes de un carpintero.
Obedeciendo a las órdenes del Sumo Sacerdote, acudió José a Jerusalén y se presentó en el Templo. Mientras oraban y ofrecían sacrificio pusiéronle también en las manos una vara, y en el momento en que él se disponía a dejarla sobre el altar, delante del Santo de los Santos, brotó de la vara una flor blanca, semejante a una azucena; y pude ver una aparición luminosa bajar sobre él: era como si en ese momento José hubiese recibido al Espíritu Santo. Así se supo que éste era el hombre designado por Dios para ser prometido de María Santísima, y los sacerdotes lo presentaron a María, en presencia de su madre. María, resignada a la voluntad de Dios, lo aceptó humildemente, sabiendo que Dios todo lo podía, puesto que Él había recibido su voto de pertenecer sólo a Él.
Ceremonia nupcial
Las bodas de María y José, que duraron de seis a siete días, fueron celebradas en Jerusalén en una casa situada cerca de la montaña de Sión que se alquilaba a menudo para ocasiones semejantes. Además de las maestras y compañeras de María de la escuela del Templo, asistieron muchos parientes de Joaquín y de Ana, entre otros un matrimonio de Gofna con dos hijas. Las bodas fueron solemnes y suntuosas, y se ofrecieron e inmolaron muchos corderos como sacrificio en el Templo.
He podido ver muy bien a María con su vestido nupcial. Llevaba una túnica muy amplia abierta por delante, con anchas mangas. Era de fondo azul, con grandes rosas rojas, blancas y amarillas, mezcladas de hojas verdes, al modo de las ricas casullas de los tiempos antiguos. El borde inferior estaba adornado con flecos y borlas.
Encima del traje llevaba un manto celeste parecido a un gran paño. Además de este manto, las mujeres judías solían llevar en ciertas ocasiones algo así como un abrigo de duelo con mangas. El manto de María caíale sobre los hombros volviendo hacia adelante por ambos lados y terminando en una cola.
Llevaba en la mano izquierda una pequeña corona de rosas blancas y rojas de seda; en la derecha tenía, a modo de cetro, un hermoso candelero de oro sin pie, con una pequeña bandeja sobrepuesta, en el que ardía algo que producía una llama blanquecina. Ana había traído el vestido de boda, y María, en su humildad, no quería ponérselo después de los esponsales.
Las jóvenes del Templo arreglaron el cabello de María, terminando el tocado en muy breve tiempo. Sus cabellos fueron ajustados en torno a la cabeza, de la cual colgaba un velo blanco que caía por debajo de los hombros. Sobre este velo le fue puesta una corona.
La Virgen María es rubia
La cabellera de María era abundante, de color rubio de oro, cejas negras y altas, grandes ojos de párpados habitualmente entornados con largas pestañas negras, nariz de bella forma un poco alargada, boca noble y graciosa, y fino mentón. Su estatura era mediana.
Vestida con su hermoso traje, era su andar lleno de gracia, de decencia y de gravedad. Vistióse luego para la boda con otro atavío menos adornado, del cual poseo un pequeño trozo que guardo entre mis reliquias. Las personas acomodadas mudaban tres o cuatro veces sus vestidos durante las bodas. Llevó este traje listado en Caná y en otras ocasiones solemnes. A veces volvía a ponerse su vestido de bodas cuando iba al Templo. En ese traje de gala, María me recordaba a ciertas mujeres ilustres de otras épocas, por ejemplo a Santa Elena y a Santa Cunegunda, aunque distinguiéndose de ellas por el manto con que se envolvían las mujeres judías, más parecido al de las damas romanas. Había en Sión, en la vecindad del Cenáculo, algunas mujeres que preparaban hermosas telas de todas clases, según pude ver a propósito de sus vestidos.
José llevaba un traje largo, muy amplio, de color azul con mangas anchas y sujetas al costado por cordones. En torno al cuello tenía una esclavina parda o más bien una ancha estola, y en el pecho colgábanle dos tiras blancas. He visto todos los pormenores de los esponsales de María y José: la comida de boda y las demás solemnidades; pero he visto al mismo tiempo otras tantas cosas. Me encuentro tan enferma, tan molesta de mil diversas formas, que no me atrevo a decir más para no introducir confusión en estos relatos.
…oo0oo…
Catena Aurea
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Como el evangelista había dicho antes: «Y Jacob engendró a José», con quien desposada María engendró a Jesús, para que ninguno pudiera pensar que el nacimiento de Cristo había sido como el de sus progenitores, cortando el orden de la narración dice: «Y la generación de Jesucristo fue de esta manera», como si dijera: la generación de sus ascendientes fue como la he referido, pero la generación de Cristo no fue así, sino de esta forma: «Que siendo su Madre desposada».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Como quien va a decir una cosa nueva promete narrar la manera de realizarse esta generación; no fuera a suceder que al oír las palabras «esposo de María» cualquiera pensase que Cristo había nacido según la ley general de la naturaleza.
Remigio
También puede referirse a lo ya dicho en este sentido: «La generación de Cristo era así», como he dicho: «Abraham engendró a Isaac».
San Jerónimo
Pero, ¿por qué Cristo es concebido de una Virgen desposada y no de una simple virgen? Por tres razones: la primera, para que por la genealogía de José se supiese el origen de María; la segunda, para que los judíos no la apedreasen como adúltera; y la tercera, para que al huir a Egipto tuviese quien la consuele. El mártir Ignacio aduce otra razón: para ocultar al demonio el parto de María, y que siempre creyese que Cristo había sido engendrado no de una virgen, sino de una mujer casada.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Desposada y permaneciendo en su casa, porque así como en la que concibe en casa del marido se entiende una concepción natural, en la que concibe antes de desposarse hay sospecha de infidelidad.
San Jerónimo, contra Helvidium, in principio libri
Un tal Helvidio, hombre turbulento y que de todo hace materia para la disputa, empezó a blasfemar contra la Madre de Dios formulando así su primera tesis: San Mateo dice: «Y siendo desposada». Mira cómo dice desposada y no comprometida, como tú dices, y desposada no por otra causa sino para casarse después 1.
Orígenes, homilia inter collectas ex variis locis.
Desposada con José, pero no carnalmente unida. La Madre de éste fue Madre inmaculada, Madre incorrupta, Madre intacta. La Madre de éste, ¿de cuál éste? La Madre del Señor, Unigénito de Dios, del Rey universal, del Salvador y Redentor de todos.
San Cirilo de Alejandría, ad Ioannem Antiochenum
¿Qué se puede ver en la Santa Virgen por encima de las demás mujeres? Si María no es Madre de Dios, sino sólo de Cristo, como dice Nestorio, ningún absurdo habría en que se permita llamar Madre de Cristo a la madre de cualquier ungido. Pero sólo la Santa Virgen, sobre las otras mujeres, es conocida y llamada con el nombre de «Madre de Cristo», pues engendró no a un simple hombre como nosotros, sino más bien al Verbo de Dios Padre, encarnado y hecho hombre por nosotros. Mas tal vez reponga Nestorio: ¿Pensarás acaso que la Virgen se ha hecho la Madre de la divinidad? A esto decimos que el Verbo de Dios, nacido de la misma sustancia de Dios y existiendo siempre y sin principio de tiempo igual al Padre, en la plenitud de los tiempos se hizo carne, es decir, se unió a un cuerpo animado por un alma racional. Por esto decimos que nació de una mujer según la carne. Este misterio se asemeja en cierto modo a nuestro nacimiento: la madre suministra a la naturaleza una materia cuajada que poco a poco se va formando hasta resultar un cuerpo perfecto en su especie, la humana. Pero Dios infunde en ese cuerpo un espíritu, y aunque la madre sólo lo sea del cuerpo terrenal, ella es considerada y se llama madre de todo el hombre. Una cosa semejante observamos en el nacimiento del Emmanuel, «Dios con nosotros». El Verbo de Dios nace en la eternidad de la sustancia del Padre; mas, porque tomó carne y la hizo propia, es preciso confesar que nació de una mujer según la carne. Y como a la vez es verdadero Dios, ¿quién tendrá reparo en llamar a la Santa Virgen «Madre de Dios»?
San Pedro Crisólogo, sermones, 148
No te turben ni ofendan tus oídos las palabras concepción, parto, porque la virginidad es la prenda más segura del pudor. ¿En qué puede herir la delicadeza la unión de la divinidad con la pureza, su siempre querida amiga, unión en que el intérprete es un ángel, la fe es la madrina, el desposorio es la castidad, el dote la virtud, la conciencia el juez, el móvil Dios, el acto de concebir pureza, el parto virginal, y la Madre una Virgen?
San Cirilo de Alejandría, ad Ioannem Antiochenum
Mas si dijéramos con Valentino, que el santo cuerpo de Cristo fue formado de una materia celeste y no de la Virgen, ¿cómo podríamos entender que María es Madre de Dios?
La glosa
Se indica el nombre de la Madre añadiendo: «María».
Beda, in Lucam, 1,3
María se interpreta en hebreo como «estrella del mar»; en siriaco como «señora», porque Ella ha dado realmente al mundo al que es la luz de la salud y el Señor del mundo.
La glosa
A continuación nos dice también el nombre del esposo, «José».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
María se había desposado con un carpintero porque Cristo, esposo de la Iglesia, había de obrar la salud de todos los hombres por el leño de la cruz.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Sigue luego: «Antes que viviesen juntos». No dice «antes de que fuese llevada a casa del esposo», pues ya estaba en ella por ser costumbre frecuente entre los antiguos tener en su casa a las desposadas, como vemos que sucede también ahora, y los yernos de Loth habitaban con él en vida común 2.
La glosa
Pero se dice: «Antes de que vivieran juntos» en concúbito carnal.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Para que no naciese del afecto de la carne y de la sangre el que nació para destruir los afectos de la carne y de la sangre 3.
San Agustín, de nuptiis et concupiscentia, 1,12
Allí no hubo cohabitación conyugal, porque en carne de pecado no podría haberse dado sin movimiento de concupiscencia, efecto del pecado, sin la cual quiso ser concebido el que había de estar sin pecado, tal vez para enseñarnos con esto que todo lo que nace de unión marital nace con pecado 4, puesto que sólo no tuvo pecado la Carne que nació de esa manera.
San Agustín, in sermone 6 de Nativitate
Jesucristo nace además de una mujer intacta, porque no era adecuado que la virtud naciese por medio del deleite, la castidad por la vía de la lujuria, y la incorrupción por la corrupción. Y el que venía a destruir el antiguo imperio de la muerte habría de bajar del cielo de un modo distinto. Obtuvo, pues, el cetro de Reina de las vírgenes, la que engendró al Rey de la castidad. Por eso Nuestro Señor se procuró un seno virginal donde morar, para darnos a entender que sólo un cuerpo casto puede ser templo de Dios. Aquel que grabó su ley en tablas de piedra sin necesidad de punzón de hierro, ese mismo fecundó el seno de María por virtud del Espíritu Santo. Por eso dice el evangelista: «Se halló haber concebido en el vientre de Espíritu Santo».
San Jerónimo
Nadie la halló en tal estado sino José, quien, como si fuese su marido, sabía todo lo referente a su esposa 5.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Según nos enseña una historia nada inverosímil, José estaba ausente cuando sucedió lo que refiere San Lucas, pues no es de creer que estando en casa entrase el ángel al aposento de María, le dijese lo que le dijo, y que María respondiese lo que respondió. Aun concedido que el ángel pudo entrar en donde estaba María y que le habló, no era posible que, en presencia de José, María marchase a la montaña y estuviese con Isabel tres meses, sin que José indagase las causas de su ida y de una permanencia tan larga. Pero después que volvió de tan largo viaje la encontró visiblemente fecunda.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Con propiedad dice se halló, expresión que solemos emplear hablando de cosas en que no habíamos pensado. Y para que no importunara al evangelista preguntándole cómo se verificó el nacer de una Virgen, en pocas palabras él mismo da la salida, «de Espíritu Santo», como si dijera: «El Espíritu Santo es el que ha obrado este milagro», pues que ni Gabriel ni San Mateo pudieron decir más.
Glosa
Lo que se dice del «Espíritu Santo», lo añadió el evangelista por su parte, para que al decirse «haber concebido en el útero», no quedase ninguna sospecha maligna en la mente de los que lo oyeren.
San Agustín, in sermonibus de Trinititate, serm. 191,3
Nosotros no decimos, como impíamente opinan algunos, que el Espíritu Santo se presentó como semen, sino que obró con el poder y virtud de Creador.
San Ambrosio, de Spiritu Sancto, 2,5
Todo lo que viene de alguno, o es de su sustancia o de su poder; de su sustancia, como el Hijo es del Padre; de su poder, como son de Dios todas las cosas, como el fruto del vientre de María era del Espíritu Santo.
San Agustín, enchiridion, 40
Ciertamente esta manera de nacer Cristo del Espíritu Santo, nos da a entender la gracia de Dios, en virtud de la cual el hombre, sin mérito alguno precedente en el principio mismo de su naturaleza en que empezó a existir, se unió al Verbo de Dios en unidad tal de persona, que ese mismo hombre es el Hijo de Dios. Mas habiendo la Trinidad toda -porque las obras de la Trinidad son indivisibles- obrado la formación de aquella creatura que la Virgen concibió y dio a luz, y que sólo la persona del Hijo asumió e hizo propia, ¿por qué se nombra únicamente al Espíritu Santo en la concepción de esa creatura? ¿Es acaso que cuando uno de los tres es nominalmente citado, se ha de entender que obra la Trinidad toda?
San Jerónimo, contra Helvidium, in principio
Pero dice Helvidio: El evangelista no hubiera dicho » antes que viviesen juntos», de los que después no habían de vivir con tal unión. Es como si uno dijera » antes de comer en el puerto, me hice a la vela con rumbo al Africa». La frase no puede tener sentido, si después no ha de comer en aquel puerto. Me parece que está mejor entendido que aunque el adverbio antes indique con frecuencia lo que sigue, algunas veces, sin embargo, expresa solamente lo que antes se había pensado, y que no es necesario que lo pensado suceda, cuando ha mediado otra cosa, para que no se realice lo que se pensó.
San Jerónimo
Por tanto no se infiere que después viviesen juntos, sino que la Escritura sólo dice qué es lo que no sucedió antes.
Remigio
También puede decirse que el verbo convenire 6 no significa la unión marital, sino el tiempo de las bodas: es decir, cuando la que había sido prometida empieza a ser esposa. Pues el sentido es «antes de vivir juntos», esto es antes de celebrar solemnemente los desposorios.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,5
Cómo se verificó lo que aquí omite San Mateo, lo expuso San Lucas, después de narrar la concepción de Juan, de esta manera: «Y al sexto mes fue enviado el ángel». Y más adelante: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti», que es lo que mencionó San Mateo al decir: «Se halló haber concebido en el vientre de Espíritu Santo». No hay discordancia en que San Lucas exponga lo que San Mateo omite, ni que éste inserte después lo que omitió aquél, pues sigue: «Y José, su Esposo, como era justo», hasta el texto donde nos habla de los magos, «que se volvieron a su tierra por otro camino». Así que, si alguno quisiera formar la narración ordenada del nacimiento de Cristo, de todo lo que uno u otro de los dos evangelistas dice y omite, puede hacerlo así: empezando con las palabras de Mateo, «La generación de Cristo fue de esta manera», siguiendo con lo que refiere San Lucas desde donde dice: «Hubo en los días de Herodes», hasta donde dice: «Y María se detuvo con ella como tres meses, y se volvió a su casa», y terminando con el texto: «Se halló haber concebido, en el vientre, de Espíritu Santo».
Notas
- El proceso del matrimonio judío tenía varias ceremonias. Una era el desposorio, que formando parte del matrimonio legal, era como el principio del mismo. El proceso matrimonial culminaba legalmente con el traslado de la desposada a la casa del esposo. Para esto podía pasar un espacio de meses o incluso años.
- Los estudios de hoy consideran que la ceremonia del matrimonio consistía en el cambio de casa por parte de la novia a la de su desposado, o a la casa del padre de éste. (Daniel J. Harrington, S.J.)
«Finalmente se celebraba el matrimonio… tenía lugar la entrada de la esposa en la casa del marido; la cual solía hacerse con gran solemnidad y consistía en el cortejo nupcial y el banquete nupcial. El esposo adornada su cabeza de una guirnalda y acompañado de sus amigos, iba a buscar a la esposa… y la conducía a su propia casa… Entonces se celebraba el banquete nupcial»(José J. Reboli, S.J.). - Alusión a lectura variante de Jn1,13. Diversos testigos muy antiguos leen el pasaje en singular: oV… egennhqh: » El, que no nació, ni de la sangre ni de la carne, sino de Dios» (trad. La Santa Biblia, dir. Evaristo Martín Nieto.)
- Ha de entenderse en el sentido de la transmisión del pecado original por generación humana.
- El Padre continúa bajo la suposición de que María ya se ha mudado de casa. «Cuando se lee Mt1, 18-25, hemos de considerar que la ceremonia de desposorio entre José y María ya se había realizado y que ellos esperaban la ceremonia matrimonial. María permanece en casa de sus padres y José visita la residencia de tiempo en tiempo». (Daniel J. Harrington, S.J.).
- sunelqein (de sunercomai ): verbo que significa juntarse, ir juntos, quedar unidos juntos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Habiendo dicho el evangelista que María halló que había concebido en el vientre, del Espíritu Santo, sin obra de varón, para que nadie sospechase que un discípulo de Cristo haya inventado estas maravillas en honor de su Maestro, aduce el testimonio de José confirmando la historia por su propia participación en ella: «Y José, su Esposo, como era justo».
San Agustín, in sermone 14 de Nativitate
Conociendo José que María estaba encinta, se turba, porque la Esposa que había recibido del templo mismo del Señor y no conocía aún, la encuentra fecunda, y agitándose inquieto, discute y habla consigo mismo: «¿Qué haré? ¿La denuncio o callo? Si la descubro, no me hago cómplice de adulterio, pero incurro en crueldad, porque me consta que según la ley debe ser apedreada. Si callo, doy mi consentimiento a una acción mala, y participo con los adúlteros. Entonces si callar es malo y descubrir el adulterio es peor, la dejaré libre».
San Ambrosio, in Lucam, 2,1
Hermosamente nos enseña San Mateo lo que debe hacer el justo que sorprendiere a su cónyuge en oprobio o acción infame, para ni mancharse con la sangre del adúltero, ni hacerse cómplice del adulterio. Por eso dice: «Como era justo». En José, pues, se conserva siempre la gracia y la persona del justo, de manera que su testimonio resulta siempre el más abonado, pues la lengua del justo habla con la verdad.
San Jerónimo
Pero, ¿cómo se nos presenta como justo a José, cuando oculta el crimen de su Esposa, y estando prescrito en la ley que los autores y cómplices de un crimen son igualmente reos de pecado?
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Es de notar que llama aquí justo al que en todo es virtuoso. Porque «justicia» no es sólo no querer más de lo debido, sino también la virtud en general y es en este sentido que principalmente emplea la Escritura la palabra «justicia». Siendo, pues, justo 1, es decir, benigno y moderado, quiso dejar en secreto a la que veía expuesta a la infamia y a la máxima pena de la Ley. Como quien se coloca por encima de la Ley, José la salvó de ambos peligros. Pues a la manera que el sol antes de ostentar sus rayos ya alumbra la tierra, así Cristo, antes de nacer, hizo que apareciesen en el mundo muchas señales de perfecta virtud.
San Agustín, de Verbo Domini, serm. 16
O en otros términos: si a ti solo consta el pecado de otro contra ti, y quieres inculparle ante los hombres, no eres el hermano que corrige, eres su delator. Por eso el varón justo, José, perdonó a su Esposa, lleno de benignidad, el crimen que había sospechado de Ella. Revolvíase ciertamente en su ánimo sospecha indudable de adulterio, mas como a él solo constaba, no quiso difamarla, sino dejarla en secreto, prefiriendo al castigo del pecado el bien del pecador.
San Jerónimo
O también puede ser un testimonio en favor de María, que José confiando en su castidad, admirado éste de lo que había sucedido, ocultó en el silencio el hecho cuyo misterio ignoraba.
Remigio
Pues veía fecunda a la que conocía casta. Como había leído en Isaías: «Saldrá una vara de la raíz de Jesé» ( Is 11,1), de quien sabía ser descendiente María, y en el mismo Isaías: «He aquí que una virgen concebirá» ( Is 7,14), no desconfiaba de que en Ella se había de cumplir tal profecía.
Orígenes, homilia 1 inter collectas in variis locis
Pero si no tenía sospecha de Ella, ¿cómo era justo queriendo dejar a una Esposa Inmaculada? Quería dejarla porque conocía que se había obrado en Ella un gran misterio y se consideraba indigno de vivir en su compañía.
La glosa
Al querer dejarla era justo, y al querer hacerlo en secreto muestra ser piadoso, pues la pone a salvo de toda infamia y por eso dice: «Como era justo, quiso dejarla». Es decir, pudiendo entregarla al deshonor público, esto es, difamarla, prefiere separarse en secreto.
San Ambrosio, in Lucam, 2,1
Ninguno deja la mujer que antes no ha aceptado. Entonces al querer dejarla, confesaba él mismo que la había aceptado antes.
Glosa
O no queriendo trasladarla a su casa para vivir con Ella en asidua compañía, quiso dejarla en secreto, es decir, dilatando la fecha de los desposorios. Porque realmente es verdadera virtud ejercer la piedad junto con la justicia y ésta junto con la piedad, virtudes que, obrando separadas, se anulan mutuamente. O también puede decirse que era justo por la fe con que creía que Cristo había de nacer de una Virgen, y de ahí que quiso humillarse ante don tan excelente 2.
Notas
- dikaioVen griego tiene el sentido de persona observante de la ley: » dikaioV es usado para designar a una persona de perfecta rectitud, a quien cumple la voluntad de Dios» (Ceslas Spicq, O.P.)
- Santo Tomás elige presentar testimonios de diversas interpretaciones sobre el acontecimiento. Las posiciones se suelen resumir en tres: a) José tiene dudas sobre la fidelidad de su desposada, y siendo un hombre justo no quiere encubrir su falta; b) José sospecha de una intervención divina, y queda confundido entre «el asombro y la maravilla» (Suárez), quedándole clara la inocencia de María, (S. Jerónimo); c) José sabía que María había concebido por intervención divina y no humana. (Eusebio.) «José sabía que la preñez de María venía de Dios». (Basilio.) «José descubrió la preñez y su causa, que era por obra del Espíritu Santo». (Efrén.) «José comprendió que aquella era una maravillosa obra de Dios». (Eusebio.): «Pensó en separarse de ella en secreto para no cometer el pecado de ser llamado padre del Mesías. Temía vivir con ella pues eso podría deshonrar el nombre del Hijo de la Virgen. Por ello es que el ángel le dijo ‘No temas llevar a María a tu casa'». Pablo, el diácono, en su Homiliarumatribuye a Orígenes una posición semejante. Actualmente, Ignace de la Potterie dice que la actitud de José no «ha de entenderse, ciertamente, si José se pregunta si María es culpable o no. Se trata más bien de una ‘duda’, de una indecisión acerca de lo que él debe hacer. ¿Cómo ha de comportarse él, el esposo de María, en la situación excepcional en que se encuentra su mujer?». Contando con argumentos lingüísticos y exegéticos propone leer: «José, su esposo, como fuese un hombre justo y no quisiese revelar (su misterio), resolvió separarse de ella secretamente «; en María en el misterio de la Alianza (BAC 1993).
Remigio
Porque según se ha dicho, José pensaba dejar en secreto a María. Pero si hubiese obrado así, muy pocos hubieran dejado de sospechar que Ella fuese más bien una concubina que una virgen, y por eso el propósito de José cambió en un momento, gracias al consejo divino. De ahí que diga: «Y pensando en esto José».
Glosa
En lo cual se echa de ver el espíritu del sabio, que nada quiere resolver con ligereza.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Se nota también la mansedumbre de José, que a nadie reveló su sospecha, ni siquiera a aquélla de quien sospechaba, sino que meditaba en su interior.
San Agustín, in sermone 14 de Nativitate
Mas aunque José piensa en esto, no tema María, la hija de David, porque así como la palabra del profeta perdonó a David, el ángel del Salvador librará a María. Pues Gabriel, el padrino de bodas de la Virgen, vuelve a presentarse: «He aquí que el ángel del Señor apareció a José».
La glosa
Esta palabra apareció, significa el poder del que aparece, que se muestra cuando y como quiere.
Rábano
Cómo apareció el ángel a José, lo dice claramente: «En sueños», es decir, como Jacob vio la escala por cierta representación en los ojos del corazón.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
No se apareció a José en clara visión como a los pastores, porque era sobremanera fiel. Los pastores, además, necesitaban de una visión clara, como rudos que eran. La Virgen también lo necesitaba, porque era la primera que tenía que ser instruida en muy grandes misterios, como Zacarías necesitó de una visión admirable antes que su mujer concibiese.
La glosa
Al aparecer el ángel lo llama por su nombre, le recuerda su linaje y le hace deponer todo miedo diciéndole: «José, hijo de David». Al llamarlo «José», por su nombre, se le presenta como un conocido y amigo.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Al llamarlo hijo de David, quiso traer a su memoria la promesa de Dios a David: «Que Cristo nacería de su linaje».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Al decirle «no temas», indica que José ya entonces temía ofender a Dios, como quien tiene en su compañía una adúltera, pues de otra manera no hubiera pensado dejarla.
Severiano
Se le advierte al esposo que no tema, porque el alma piadosa, cuanto más padece con otra, más teme. Como si dijera: esto no es motivo de muerte, sino de vida, porque la que está encinta para darnos la vida no merece la muerte.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Al decir no temas, quiso también demostrarle que conocía el secreto de su corazón, para hacerle ver con esto los bienes que nos habían de venir por Cristo, y que él le iba a revelar.
San Ambrosio, in Lucam, 2,1
No te confunda que la llame su mujer, pues esta palabra expresa aquí no la pérdida de la virginidad, sino la prueba testimonial del matrimonio, la celebración de los desposorios.
San Jerónimo, contra Helvidium
No vaya a creerse que porque la llamó su mujer ha dejado de ser esposa, pues la Escritura acostumbra llamar mujeres casadas a las esposas, y maridos a los esposos, según se comprueba en el Deuteronomio: «Si alguno hallare en el campo a una virgen que está desposada y asiéndola se echase con ella, morirá, porque abatió a la mujer de su prójimo» ( Dt 22,23).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Pero dice: «No temas recibir», esto es, mantenerla en tu casa, porque en su mente ya la había dejado.
Rábano
O «no temas recibirla en comunidad nupcial y asidua compañía».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Por tres causas se apareció el ángel a José y le habló de tal manera. Primero, para que el hombre justo no cometiese por ignorancia una acción injusta con un fin recto. Después, por el honor de la madre misma, que repudiada no podía menos que incurrir en infamante sospecha entre los incrédulos. Y tercero, para que sabiendo José de tan santa concepción, la tratase con más respeto y consideración que antes. Y no se apareció a José antes de que la Virgen concibiera, para que no pensase lo que pensó, ni sufriese lo que sufrió Zacarías por culpa de su incredulidad acerca de la concepción de su mujer en edad tan avanzada. Pues era menos creíble que concibiese una virgen que una anciana.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
O también en medio de su turbación se apareció el ángel a José, para que se manifestase la sabiduría de este justo, y que en esto mismo encontrase una demostración de lo que se le anunciaba, pues al oír de boca del ángel lo mismo que él pensaba en su interior, era señal indudable de que era enviado de Dios el que le hablaba, pues sólo Dios sabe los secretos del corazón. La narración del evangelista no admite sospecha al decirnos que José sufrió lo que es natural que sufra un esposo. Tampoco pudo ser sospechosa la Virgen, dado que su esposo, a pesar de sus celos, la tomó bajo su custodia y continuó en su compañía después de haber concebido. Y si la Virgen no reveló a José lo que el ángel le había anunciado, fue porque no pensaba que su esposo le creyese, principalmente después de haber entrado en sospecha. Y el ángel anunció el misterio a la Virgen antes de concebir, para que no estuviese en continua ansiedad, diciéndoselo después, pues era muy conveniente que se hallase libre de toda turbación aquella Madre que iba a recibir en su seno al Creador de todas las cosas. El ángel no sólo defiende a la Virgen de toda cohabitación carnal, sino que le hace ver a José que su Esposa ha concebido por obra sobrenatural. Con lo cual, además de hacerle deponer todo temor, le infunde alegría diciéndole: «Porque lo que en ella ha nacido es del Espíritu Santo».
La glosa
Una cosa es nacer en ella y otra nacer de ella. Nacer de ella es venir a la vida; nacer en ella es lo mismo que ser concebido. O tal vez el ángel dijera «ha nacido», por la presciencia que tiene recibida de Dios, para quien lo futuro es como pasado.
Ambrosiaster, quaestiones Novi et Veteri Testamenti, q. 52
Pero si Cristo nació del Espíritu Santo, ¿por qué se dice en los Proverbios: «La sabiduría edificó casa para sí» ( Prov 9,1)? Esta pregunta puede admitir dos respuestas. Primeramente, la casa de Cristo es la Iglesia que edificó con su sangre. También del cuerpo de Cristo se puede decir que es su casa, como se dice que es su templo. La obra del Espíritu Santo es la obra del Hijo de Dios por la unidad de naturaleza y de voluntad. Bien obre el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo, la Trinidad es la que obra, y cualquier cosa que uno u otro de los tres hicieren, es obra de un solo Dios.
San Agustín, enchiridion, 38
¿Y por eso hemos de decir que el Espíritu Santo es padre del hombre Cristo, de manera que Dios Padre haya engendrado al Verbo y el Espíritu Santo al hombre? Este es un absurdo que ningún oído cristiano podría tolerar. ¿Cómo entonces decimos de Cristo «nacido del Espíritu Santo», si el Espíritu Santo no lo ha engendrado? ¿Es acaso porque le ha creado? En cuanto hombre, ha sido hecho, pues el apóstol dice: «Hecho del linaje de David según la carne» ( Rom 1,3). Pero no porque Dios hizo este mundo puede decirse que el mundo es hijo de Dios, ni nacido de Dios, sino hecho, creado, fabricado. Entonces, si confesamos que ha nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María, ¿cómo no es Hijo del Espíritu Santo y sí de la Virgen María? Porque nadie puede conceder que todo lo que nace de otra cosa deba llamarse hijo de ésta. Prescindiendo de que de diversa manera nace del hombre su hijo, que el cabello, el piojo o la lombriz -ninguno de los cuales puede llamarse hijo -, los hombres que nacen del agua y del espíritu nadie los llamará con propiedad hijos del agua, sino de Dios Padre y de la Iglesia Madre. Así, pues, nació del Espíritu Santo y es Hijo de Dios Padre, pero no del Espíritu Santo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Como lo que el ángel había dicho a José era palabra maravillosa que sobrepasa todo pensamiento humano y está por encima de las leyes físicas, ¿cómo lo creerá un hombre que nada haya oído de estas cosas? Demuestra entonces la verdad de sus palabras por la revelación de lo que a él le había pasado, pues para ello le reveló el ángel cuanto había experimentado en sí: lo que había sufrido, lo que había temido y lo que se inclinó a hacer. Y no sólo lo pasado, sino también lo futuro. «Y parirá un hijo y llamarás su nombre Jesús».
La glosa
Y para que José no creyese que ya era innecesario el matrimonio por haberse verificado la concepción por obra del Espíritu Santo, sin cooperación suya, el ángel le manifiesta que aunque no fue necesario para la concepción y la Virgen permanece intacta, sin embargo todo lo que se dice del padre sin atentar contra la virginidad le es entregado. No es ajeno al servicio de esta divina economía para la protección y cuidado, porque María dará a luz un hijo. Entonces la Madre y el Hijo necesitarán de él: la Madre para que la defienda de toda difamación, y el Hijo para criarlo y para circuncidarlo, como da a entender cuando dice: «Y llamarás su nombre Jesús», porque en la circuncisión solía darse el nombre al circuncidado.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
No dice: » Te parirá un hijo», como le había dicho a Zacarías: «Y tu mujer Isabel te parirá un hijo» ( Lc 1,13). Porque la mujer que concibe de varón, da a luz un hijo a su marido, porque más es de éste que de ella; mas la que no había concebido de varón, no da a luz un hijo al marido, sino a sí solamente.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
O tal vez lo dijo indeterminadamente para manifestar que lo dio a luz para todo el orbe.
Rábano
Dice: «Llamarás su nombre», y no «pondrás», porque el nombre estaba ya puesto desde la eternidad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 4
Le explica luego lo admirable de este nacimiento, porque Dios es quien envía desde el cielo, por ministerio de un ángel, el nombre que había de ponerse al niño. Y éste no es un nombre cualquiera, sino un nombre tesoro de bienes infinitos. Y así lo interpreta el ángel y funda en él las mejores esperanzas, induciéndole con esto a la fe de lo que le decía, pues para creer otras cosas solemos ser más dóciles.
San Jerónimo
Jesús en hebreo significa Salvador. Luego da a entender la etimología del nombre, cuando dice: «Porque él salvará a su pueblo de los pecados de ellos».
Remigio
Nos lo presenta como el Salvador de todo el mundo y el autor de nuestra salvación. Pero salva no a los incrédulos, sino a su pueblo, es decir a los que creen en él. Y los salva no tanto de los enemigos visibles, como principalmente de los invisibles, es decir de los pecados. Y los salva no peleando con las armas, sino perdonándolos.
Severiano
Vengan ahora y oigan los que preguntan quién es el que María ha engendrado. «Porque El salvará a su pueblo de los pecados de ellos». No salvará al pueblo de otro: ¿y de qué los salvará? De los pecados de ellos. Si no crees a los cristianos que profesan que Dios perdona los pecados, cree a los infieles y judíos que dicen: «Nadie puede perdonar los pecados sino sólo Dios» ( Lc 5,1).
Remigio
Fue costumbre del evangelista comprobar sus asertos con testimonios del Antiguo Testamento. Además para que los judíos que habían creído en Cristo reconociesen haberse cumplido las predicciones hechas en la antigua ley en la gracia del Evangelio añade: «Mas todo esto fue hecho». Se podría, no obstante, preguntar sobre este lugar, por qué dice «todo esto fue hecho», si antes no nos ha referido más que la concepción. Lo dice para enseñarnos que todo esto se verificó en la presencia de Dios antes que se realizase en el tiempo entre los hombres. O también, como narrador de cosas pasadas, nos dice que todo esto fue hecho, porque ya todo se había verificado cuando él lo escribió.
Rábano
O dice que fue hecho todo esto, es decir, que la Virgen se desposaría, que se mantendría perfectamente casta, que se hallaría fecunda, que el ángel lo revelaría, para que la predicción se cumpliese. Pues mal podría cumplirse que la Virgen concibiera y diese a luz de no estar antes desposada, para que no la apedreasen, y sin que el ángel descubriese el secreto, para que José la recibiese, puesto que repudiada, se diría haberlo sido por infamia y moriría apedreada. Si antes del parto moría, quedaría sin cumplimiento la profecía que dice: «Parirá un hijo».
La glosa
O puede decirse que la conjunción ut no se ponía aquí como causal 1, en el sentido de que la profecía se cumplió porque la predicción estaba hecha, sino que se cumplía como ilativa, en el sentido que la vemos usada en el Génesis: «Colgó al otro en una horca, de manera que se acreditó la verdad del intérprete» ( Gén 40,22).
Y así debe entenderse en este caso: que verificado esto que estaba predicho, la profecía se cumplió.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 5
O que el ángel contempló la profundidad de la misericordia divina, traspasadas las leyes de la naturaleza, y contempló a Aquel que era superior a todos, haber descendido hasta el hombre, que era inferior a todos. Y muestra este prodigio en una sola expresión: «Mas todo esto fue hecho», como si dijera: «No creas que todo esto es del agrado de Dios ahora solamente», hace tiempo que está de antemano ordenado. Y con mucha razón, el ángel aduce la profecía no a la Virgen y sí a José, como a hombre que meditaba en los profetas, y versado en su lectura. Porque es de notar que primero había llamado cónyuge a la Virgen, mientras que ahora la llama Virgen con el profeta, para que oyesen esto mismo del profeta, porque hacía mucho tiempo que estaba pensado. Por eso, en prueba de lo que estaba diciendo, aduce las palabras de Isaías o más bien de Dios: porque no dice: «Para que se cumpliese lo que habló Isaías», sino «lo que habló el Señor por Isaías».
San Jerónimo, in Isaiam, 7
A las palabras aducidas del profeta, preceden estas otras: «El mismo Señor os dará una señal». Esta señal debe ser cosa nueva y admirable. Ahora bien, si -como pretenden los judíos-, quien ha de parir es una muchacha, una jovencita, no una virgen, ¿qué señal puede llamarse tal suceso, cuando el nombre de jovencita o muchacha no indica más que la edad y no integridad? Cierto que la palabra virgen se expresa en hebreo por la de bethula, y que no está consignada en la profecía, sino que se pone la de almah 2, que las versiones -con excepción de los Setenta- han vertido por la de «jovencita». Pero la voz almah entre los hebreos tiene dos significaciones «jovencita» y «ocultada», luego la voz almah no sólo expresa una muchacha o virgen cualquiera, sino una virgen escondida y retirada, jamás expuesta a las miradas de los hombres, antes bien, guardada por sus padres con el mayor cuidado. Además, la lengua fenicia, derivada del hebreo, da con propiedad a la voz almah el significado de virgen, y nuestro idioma el de santa. A pesar de que los hebreos emplean en su lengua vocablos de casi todas las otras no recuerdo, por más que torturo mi memoria, haber leído jamás la palabra almah para expresar una mujer casada, sino siempre la que es virgen. Y no simplemente virgen, sino en los años de la adolescencia, porque también una vieja puede ser virgen; una virgen en los años de la pubertad, no una muchacha incapaz todavía de conocer varón.
San Jerónimo, in evangelium Matthaei
El evangelista dice: «Tendrá en su seno»; el profeta, como que predice lo que ha de ser, escribió: «Recibirá». El evangelista, como que refiere lo sucedido, no lo futuro, omitió el «recibirá» y puso «tendrá»; porque el que ya tiene, mal podrá recibir. Pero dice: «He aquí la Virgen concebirá y parirá hijo».
San León Magno, ad Flavianum, 28,2
Fue, sin duda, concebido del Espíritu Santo, dentro del útero de su Madre Virgen, que lo dio a luz, salvando su virginidad, igual como concibió sin detrimento de ésta.
San Agustín, in sermonibus de Nativitate
El que con sólo su tacto podía volver a su primera integridad los miembros de los cuerpos en los otros, hechos pedazos, ¿con cuánta más razón al nacer no conservaría inalterable en su Madre lo que en Ella encontró íntegro? Su nacimiento, pues, aumentó más bien que disminuyó la integridad corporal, y lejos de hacer desaparecer la virginidad, la agrandó más y más.
Teodoreto, homiliae 1 et 2 in concilio Ephesino
Pero, como dice Fotino, es un simple hombre el que ha nacido (sin ver en su nacimiento el de Dios). Y al que salió del seno nos lo presenta como un hombre cualquiera, y no unido a la divinidad, díganos ahora, cómo la humana naturaleza nacida del seno virginal, ha conservado incorrupta la virginidad. Nunca ha permanecido virgen la madre de ningún hombre. Pero como Dios Verbo nació en carne, conservó la virginidad maternal mostrando en tal nacimiento que El era el Verbo. Pues si al ser producido nuestro verbo, no daña la mente, menos aún lastimó su virginidad el Verbo de Dios, al nacer por elección suya de Mujer.
Sigue luego: «Y llamarán su nombre Emmanuel «.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 5
En realidad aquí se pone nombre a un hecho. Acostumbra la Escritura poner por nombre los hechos mismos que se verifican. Así, al decir: «Llamarán su nombre Emmanuel», es como si dijera: «Verán a Dios entre los hombres». Por eso no dice «lo llamarás», sino «lo llamarán», es decir, así lo llamarán las gentes y así lo confirmarán los hechos.
Rábano
Primero, los ángeles entonando cánticos; segundo, los apóstoles predicando; luego, los santos mártires; y por fin, todos los creyentes.
San Jerónimo, in Isaiam 7,14
Los Setenta, y los otros tres traductores, vertieron asimismo «llamarás» por el «llamarán» que aquí está escrito y que no está en el hebreo: pues el verbo qarathi, que todos han traducido «llamarás», puede traducirse también «llamará»; es decir, que la misma Virgen que concebirá y parirá al Cristo, lo llamará Emmanuel, o Dios con nosotros.
Remigio
Habría que investigar quién ha explicado este nombre: si el profeta, el evangelista o algún traductor. El profeta no lo explicó, y el santo evangelista no tenía necesidad de explicarlo puesto que escribía en hebreo 3. Tal vez porque este nombre era de oscuro sentido entre los hebreos merecía explicación. Pero más creíble parece que lo explicara algún traductor para que los latinos lo entendiesen, después de todo, por este nombre se designan las dos naturalezas -divina y humana- en la unidad de persona de Nuestro Señor Jesucristo. Esto es, que el engendrado por Dios Padre antes de todos los siglos de una manera inefable, ése mismo se hizo en la plenitud de los tiempos Emmanuel, Dios con nosotros, de una Madre Virgen. Este nombre «Dios con nosotros» puede significar que se hizo, como nosotros, pasible, mortal, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, o que unió a su naturaleza divina en unidad de persona nuestra frágil naturaleza que se dignó asumir.
San Jerónimo, in Isaiam 7,14
Mas, es de saber que los hebreos pretenden que esta profecía concierne a Ezequías hijo de Akaz, porque en su reinado fue tomada Samaria. Afirmación que no pueden probar de modo alguno, porque Akaz, hijo de Joatam reinó sobre Judá y Jerusalén dieciséis años, a quien sucedió en el reino de su hijo Ezequías, a los veintitrés años de edad, y reinó sobre Judá y Jerusalén veintinueve años. ¿Cómo, pues, la profecía hecha a Akaz en el primer año de su reinado podía referirse a la concepción y nacimiento de Ezequías, siendo así que éste tenía ya nueve años cuando empezó a reinar su padre Akaz? A menos que digan que el sexto año del reinado de Ezequías, en el que Samaria fue tomada, se llama la infancia de éste, pero no infancia de edad, sino de mando, interpretación forzada y violenta a todas luces. Un judaizante de los nuestros sostiene que el profeta Isaías tuvo dos hijos: Jasub y Emmanuel; y que el Emmanuel nació de su mujer la profetisa como figura del Señor y Salvador; pero esto es pura fábula.
Pedro Alfonso, in dialogo contra Iudaeos
Pues no se sabe que ningún hombre de aquel tiempo se haya llamado Emmanuel. Mas objeta el hebreo: ¿Cómo puede sostenerse que esto se haya dicho por Cristo y María, habiendo mediado desde Akaz hasta María tantos centenares de años? Aunque el profeta habla a Akaz, la profecía no se dijo para él sólo ni para su época, pues dice: «Oíd, casa de David» y no «Oye tú Akaz». Además, «El mismo Señor os dará una señal» añade el profeta, como si dijera «el Señor y no otro»; de lo que cualquiera puede inferir que el Señor mismo, en persona, había de ser la señal. Y al decir en plural a vosotros y no a ti, en singular, se deduce que no precisamente por Akaz, o sólo a Akaz se dijo el contenido de la profecía.
San Jerónimo, in Isaiam 7,14
Debe, pues, entenderse lo que se dice a Akaz en este sentido: Casa de David, este niño que nacerá de la Virgen, se llama ahora Emmanuel, porque los sucesos mismos te demostrarán, una vez librada de dos reyes enemigos, que Dios te tiene presente. Pero después será llamado Jesús, es decir, Salvador, porque El salvará a todo el linaje humano. No te admires, por tanto, Casa de David, de que la Virgen dé a luz a Dios, que tiene tan grande poder, que habiendo de nacer después de mucho tiempo, te libra ahora sólo por haber sido invocado.
San Agustín, contra Faustum, 12,45 y 13,7
¿Quién, por loco que se le suponga, diría con los maniqueos que es propio de una fe débil no creer en Cristo sin algún testimonio, cuando el apóstol dice: «¿Cómo creerán a aquél que no oyeron? ¿Y cómo oirán sin predicador?» ( Rom 10,14). Mas para que no se despreciase ni se tuviese por fábula lo que anunciaban los apóstoles, se ha hecho ver que lo sucedido estaba ya vaticinado por los profetas. Porque aunque los milagros atestiguaban la verdad de sus anuncios, no hubiera faltado quien atribuyese a poderes mágicos los milagros mismos, de no salir al encuentro el testimonio profético, convenciendo a su vez a los que así pensaran. Porque no creo que haya nadie que avance hasta la afirmación de que El se dio a sí mismo profetas que le anunciasen mucho antes de nacer. Si dijéramos además a un gentil: Cree en Cristo porque es Dios, y respondiera: ¿Por qué lo he de creer? E invocando la autoridad de los profetas, nos dijera que no lo admite, le demostraríamos que la fe en los profetas está justificada por la evidencia que tenemos de haber sucedido todo lo que ellos predijeron. Creo que se rendiría al hecho evidente del triunfo de la religión cristiana sobre las naciones y los reyes de la tierra, después de haber sufrido tantas persecuciones, todo lo cual habían desde mucho antes anunciado los profetas. Y oyendo las profecías y viendo que se han realizado en todas partes, le movería a creer tantos testimonios.
La glosa
El error de éstos queda fuera de lugar con lo que dice el evangelista: «Para que se cumpliese lo que habló el Señor por el profeta». Hay varias clases de profecías. Una es por predeterminación de Dios. Su cumplimiento se verifica necesariamente, sin mezclarse en nada para ello nuestro libre albedrío, como la profecía de que hablamos, y por eso dice: «He aquí» para demostrar la certeza de la profecía. Otra es por la presciencia de Dios, en cuya realización toma parte nuestro albedrío, y con la cooperación de la gracia alcanzamos el premio, o abandonados por ella, a causa de nuestra culpa, nos hacemos reos del tormento. Y hay otra profecía, que no es de presciencia precisamente, sino cierta amenaza formulada al modo humano, como la del profeta Jonás «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida» ( Jon 3,4); es decir, si los ninivitas no se enmiendan.
Notas
- En la Vulgata Latina se lee: «21 pariet autem filium et vocabis nomen eius Iesum ipse enim salvum faciet populum suum a peccatis eorum 22 hoc autem totum factum est ut adimpleretur id quod dictum est a Domino per prophetam dicentem 23 ecce virgo in utero habebit et pariet filium et vocabunt nomen eius Emmanuhel quod est interpretatum Nobiscum Deus».
- La palabra ‘ almah’ es un sustantivo que aparece en la versión en hebreo del pasaje de Isaías. Aparece en otros 8 lugares. Se suele traducir como jovencita o doncella. (Vines,Unger, White). Sin embargo en el Cantar 6,8 algunos traducen ‘ almah’ en el sentido de virgen. ‘Almah’ se suele usar para designar a una doncella no casada. En la venerable versión del Antiguo Testamento en griego, los LXX, se dice parthénos ( parqenoV) , esto es, explícitamente virgen. (Kittel V, 826ss.) Aun cuando la palabra puede tener también una variedad de sentidos en el griego, como joven, por ejemplo en Gen 34,3. Los autores de las Escrituras canónicas neotestamentarias suelen citar según la autoridad de los LXX, más que según la versión hebrea. El p. Benoit (en ¿ Está inspirada la versión de los Setenta?) destaca la evolución teológica que se percibe en la versión de los LXX de la que cita San Mateo el pasaje de Isaías, y se pregunta «¿es legítimo preguntarnos si ese progreso en materia dogmática ha podido realizarse sin una intervención especial del Espíritu Santo?» El profeta Isaías, e incluso la misma versión de los LXX, emplean unas palabras que sólo la posterior evolución de la revelación divina, especialmente recogida en el Evangelio según San Mateo, para explicar el «maravilloso acontecimiento» del nacimiento virginal, da un pleno sentido de profecía.
- Alude Remigio de Reims a la tradición que a través de Papías de Hierápolis nos viene desde los tiempos apostólicos de que San Mateo escribió en lenguaje de los hebreos. «Como Mateo era judío y se hallaba en Judea, lo escribió en hebreo, o en lengua que era común en aquel tiempo en Palestina, mezclada de siríaco y caldeo, a instancias, se cree, de los judíos convertidos, y unos seis años después de la muerte del Señor» (Biblia Americana San Jerónimo, Introducción a San Mateo).
Remigio
Por la puerta misma que entró la muerte, ha vuelto la vida. Por la desobediencia de Adán nos perdimos todos, por la obediencia de José empezamos a volver a nuestro estado primigenio. Por eso se nos recomienda la gran virtud de la obediencia por estas palabras: «Y despertando José del sueño, hizo como el Angel del Señor le había mandado».
La glosa
No sólo hizo lo que le mandó el ángel, sino también como se lo mandó. Así también todo el que se sienta movido por Dios, sacuda toda pereza, despierte y haga lo que se le manda.
«Y recibió a su mujer»
Remigio
La recibió después de celebrados los desposorios para llamarla su mujer, mas no para cohabitar con Ella, pues sigue: «Y no la conoció».
San Jerónimo, contra Helvidium
Helvidio hace vanos esfuerzos para demostrarnos que el verbo conocer debe referirse a la cópula más bien que a un conocimiento cualquiera, como si alguien lo negara o las necedades que se entretiene en refutar las hubiera podido descubrir cualquier persona entendida. Pretende después enseñarnos que los adverbios donec y usque significan tiempo determinado, cumplido el cual se realiza aquello que hasta entonces no se realizaba, como sucede en este pasaje: «Y no la conoció hasta que parió a su Hijo». Aquí se ve, dice Helvidio 1, que la conoció después del parto, y que ese conocimiento lo retardaba solamente el nacimiento del hijo. Y para probarnos tal afirmación, acumula multitud de ejemplos de las Escrituras. La respuesta es fácil: en las Escrituras la frase: «Y no la conoció», lo mismo que los adverbios donec y usque, tienen doble sentido, según el contexto. En el lugar citado, las palabras: «Y no la conoció», se refieren, como el mismo Helvidio observó, a la unión conyugal, sin que nadie dude que pueden referirse muchas veces a un simple conocimiento del objeto, como en el capítulo 2 de San Lucas: «Y se quedó el Niño Jesús en Jerusalén, sin que sus padres lo advirtiesen» ( Lc 2,43). Asimismo el adverbio donec o usque significan con frecuencia tiempo determinado, como Helvidio hace notar, pero muchas veces también tiempo indefinido, de cuya significación hay numerosos ejemplos: «Hasta vuestra vejez, yo mismo» ( Is 46,4). ¿Puede inferirse de aquí que después que hayan envejecido dejará Dios de ser el que era? El Salvador dice en el Evangelio: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del siglo» ( Mt 28,20). Luego, ¿después que el mundo se acabe no estará más con sus discípulos? El Apóstol dice: «Es necesario que El reine hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies» ( 1Cor 15,25). ¿Es que acaso después que estén bajo sus pies dejará de reinar? Comprenda, pues, Helvidio, que siempre se procura fijar el sentido de lo que pudiera ofrecer duda, si no se hubiese escrito, pero lo demás se deja siempre a nuestra inteligencia, y según este criterio el evangelista indica claramente la circunstancia sobre la que podía sospecharse -que su esposo no la conoció antes del parto 2– para que entendiésemos que mucho menos podría ser conocida después de dar a luz.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 1
Si alguno dijera: «Mientras vivió, no habló esto» ¿querría acaso darnos a entender que habló después de morir? Imposible, así como es lo más creíble que José no conociese a su esposa antes de dar a luz, porque ignoraba todavía la dignidad del misterio. Pero después que tuvo conocimiento de que su esposa se había hecho templo del unigénito de Dios, ¿cómo podía cometer tal profanación? Los secuaces de Eunomio creen, sin embargo, a la manera del loco que cree que ninguno está en su juicio, que porque se han atrevido a verter tal especie, José también se atrevería a cometer lo que ellos le atribuyen.
San Jerónimo, contra Helvidium, 8
En suma, yo pregunto a Helvidio: ¿por qué José se abstuvo hasta el día del parto? Me responderá: porque había oído al ángel: «Lo que en ella ha nacido, de Espíritu Santo es». Luego el que tuvo fe tan grande en el sueño que no se atrevió a tocar a su mujer, ¿es creíble que después de haber oído a los pastores, y visto a los magos, y presenciando tantos milagros se atreviese a acercarse siquiera a la que era templo de Dios, morada del Espíritu Santo y Madre de su Señor?
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

