Consideraciones sobre el ayuno

El ayuno está contemplado en la Biblia, recogido en la doctrina de la Iglesia. También es muy apreciado por la teología espiritual y muchos santos lo han puesto es práctica con frecuencia. De modo que el ayuno es una realidad que el común de los creyentes deberíamos considerarlo seriamente.

Aunque solo sea porque Nuestro Señor Jesucristo lo hizo —40 días en el desierto (Mt 4,2)— merece la pena ayunar. No haría falta más razones para ello: el que el Señor —al que seguimos y queremos parecernos— lo haya hecho, es más que suficiente…

Hay un momento en que se le reprocha a Jesús el que sus discípulos no ayunan (Mc 2, 18-22). Y él responde que mientras estén con el novio (con él), en estado fiesta, saboreando la presencia de Reino que el comporta, donde no hay penurias sino plenitud, no lo hacen; pero lo harán cuando el novio falte.

En otra ocasión (Marcos 9,14-29) los discípulos de Jesús no pudieron  expulsar a  un espíritu mudo, y le preguntaron estos: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?” Les dijo: “Esta clase de demonios con nada puede ser arrojada sino con la oración y el ayuno”.

La importancia del ayuno es tal que la Iglesia indica su precepto el miércoles de ceniza, el viernes de semana santa, y a veces en momentos puntuales por alguna causa concreta invita a su cumplimiento.

Además, el ayuno hay que considerarlo también por su valor purgativo, penitencial; por su vinculación con la oración, a la que potencia; por su elevación espiritual, liberación y dominio de cuerpo que trata de imponer su gusto o capricho —apetitos sensuales— sobre la voluntad de la persona; por su identificación con los que ayunan obligatoriamente (los que pasan hambre), hacia los que trasciende poniéndose su lugar; por su vinculación con la limosna, en la medida que el ahorro del ayuno ha de comportar una ayuda al prójimo necesitado.

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