
La fe viva actúa por la caridad (Ga 5,6).
La fe sin obras está muerta (Sant 2,26).
¡Ay de aquellos que se confortan en su ser «almas bellas», que diría Hegel; que en su angelismo pasan de cualquier compromiso real, y que por miedo a contaminarse, abandonan a los hombres a su suerte!
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En una iglesia situada en un barrio populoso de las afueras de la ciudad, el cura párroco preparaba el altar para la misa matinal cuando vio entrar a su coadjutor con una venda que le cubría parte de la cabeza.
—¡Hombre, Miguel! Pero, ¿qué te ha pasado?
—Pues,… que acudía ayer tarde a la manifestación que tuvo lugar en el centro de la ciudad, y mira, las fuerzas antidisturbios me hirieron. Pero, bueno, ya estoy bien. No ha sido nada, a Dios gracias.
—Ah, sí, la manifestación. Según las noticias fue todo un éxito de convocatoria de público. La causa lo merecía, ¡es una injusticia que haya tanta gente…!, !es lamentable que ese tercer mundo se esté muriendo de hambre y que aquí en el mundo desarrollado se de tanto derroche!…
—No fuiste, ¿verdad?
—No. Estuve aquí rezando. Rece por esas pobres gentes tan miserables y… porque a la manifestación asistiera mucha gente y tuviera el éxito que ha tenido.
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Cuántos rezamos para que una causa tenga éxito, para que Dios mande a ella a mucha gente; pero que no nos mande a nosotros.
Entonces a uno le viene a la mente inevitablemente aquello de «‘compromiso’ quiero y no sacrificios».
Es mucho más cómodo quedarse rezando por una causa justa que comprometerse con ella, e infinitamente menos peligroso.
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Querido lector no sé si te pasa a ti como a mí; pero yo, en cuanto hay dos opciones y alguien —yo mismo— se decide por la más cómoda, empiezo a sospechar. Hay que rezar y rezar mucho pidiendo la gracia de salir de la zona de confort.
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La realidad existencial de relación con Cristo si es real impulsa, por su dinamismo, a la persona al compromiso que le exige.
No hay, no puede haber, cristiano sin compromiso, sin compromiso activo en la transformación del mundo, según los valores del Reino.
El objetivo del compromiso no es otro que modificar la realidad exterior, la de hacerla más justa y noble. Exigencia que conduce a la acción concreta, económica, ética, profética y santificadora.
Ser cristiano requiere hoy más que nunca un implicarse con la realidad de nuestro tiempo que nos sale al encuentro desafiante.
No hay verdadero cristianismo sin comunión fraterna, y no hay verdadera fraternidad sin «lucha» por la justicia, por la igualdad, por la dignidad… del prójimo. Y esto supone esfuerzo serio y continuo. Un cristiano cómodo no se entiende que pueda serlo, pues, de lo contrario, cómo habría de entenderse lo de que el que no carga con su cruz y viene tras de mí, no puede ser mi discípulo (Lc 14,27). Un cristiano pasivo, que vive tan tranquilo, es un cristiano irresponsable, un cristiano que está a punto de no ser cristiano, si no ha dejado ya de serlo.
Hay quien no se compromete y moralmente se pone en situación comprometedora. La realidad compromete siempre. La deserción…, que es huida, evasión, omisión…, es ya colaboración con la realidad negativa, con su cara oscura, con la injusticia…, es hacer causa común en la negación del Reino, y, como dice Santiago, el que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado (4,16), pecado de omisión.
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«Se habla siempre de ‘comprometerse’, como si dependiera de nosotros; pero nosotros ‘estamos comprometidos’, embarcados, preocupados. Por eso la abstención es ilusoria. El escepticismo es aún una filosofía: la no intervención, entre 1936 y 1939, engendró la guerra de Hitler, y quien ‘no hace política’ hace pasivamente la política del poder establecido”[1].
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Quien se compromete con el hombre sabe en su corazón, a ciencia cierta, que se está comprometiendo con el Hombre.
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[1] MOUNIER, E., El personalismo, Eudeba, Buenos Aires 1978, p.53.
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