No, no sólo una crisis económica, algo peor: una guerra sutil. Sutil pero no menos trágica.
América se está convirtiendo en una gran Europa y Europa se está convirtiendo en una gran Bélgica o una gran Canadá, es decir, una tierra espiritualmente desolada. Los Estados Unidos corren nuestro mismo riesgo, si bien allí la sociedad civil resiste mejor, siente todavía la llamada de los orígenes. Pero la rápida europeízación es preocupante y todo Occidente no sólo se enfrenta a una crisis, la crisis económica que todos vemos, sino también al comienzo de una decadencia.”
El comienzo de una decadencia. Pero una decadencia a la que nos hemos entregado voluntariamente los católicos, ciegos y sordos a todo lo que no fuera progreso, enriquecimiento, riqueza. Y esto lo vemos con nítida claridad en España, tierra paradigmática de cesión y connivencia con el mal. Porque ha sido la catolicísima España; la tierra de misioneros y conventos; la tierra de católicas costumbres; la tierra cuyos gobiernos, empresas, industrias, bancos, instituciones educativas, han sido dirigidas por catolicísimos prohombres; la tierra de órdenes seculares y novísimas instituciones… ha sido esta tierra la que hoy enarbola como primera del frente, el estandarte de la guerra sutil y de la decadencia.
¿Dónde estábamos, los catolicísimos españoles? Alimentando la bestia. Desde fuera y desde dentro se apoyaba la entrega de los tesoros espirituales a cambio de un carnet de modernidad. El odio a la fe ya había tomado las instituciones supranacionales, donde la lealtad a la conciencia y a la fe cedió el paso a la construcción de un mundo de paz, pero sin Dios.España debía ceder a Dios para entrar en esa construcción.
Dejaron entrar medidas de destrucción de la familia. No sólo se admitió con facilidad la ley del divorcio o el aborto, sino que se facilitaron ritmos de trabajo contrarios a la familia. Había que crecer a cualquier precio. Y nos fue cobrado. La tasa de natalidad española cayó desde niveles admirables hasta la ultima posición. No habría tasa de reposición. España agonizaba en la familia.
Pero el catolicísimo español, gran ejecutivo o gran dirigente, vivía su fe privada y felizmente, jugando al merecido golf como premio a la construcción de la ciudad del hombre, mientras sus equipos laborales, su gente, llevaban ritmos de trabajo contrarios a la familia. Había que crecer económicamente. Y ese mantra seguía actuando. Pero la familia se extinguía. Y sólo era una pieza de la decadencia. El motor estaba en otra parte.
Las iglesias ya habían sido cubiertas por los destructores de la fe: “hay que hablar al hombre en su lenguaje”. Y tanto le hablaron que se olvidaron de Dios. Pero, en el otro frente, el mundo civil ya había sido tomado. Los católicos les daban la riqueza, ellos, esas minorías destructoras, darían la cultura y se lo cobrarían en riqueza.Educación, cine, literatura, prensa, fue tomada por elites destructoras. Los catolicísimos españoles alimentaban la bestia:lo importante no es formar hombres de Dios, sino técnicos del mundo. Y catolicísimas universidades trajeron al mundo la elite de la destrucción.
¿Dónde están ahora los catolicísimos españoles? Echando la culpa a la izquierda. Sin ver sus culpas pasadas, pero sin ver que el mal no es cuestión ya de signo, sino de globalidad. Marcello Pera no tendría empacho en reconocerlo. «El ataque a nuestros valores fundamentales y a las raíces cristianos parece provenir de varios frentes», le preguntan. Y su respuesta, nítida:
«Viene tanto de la izquierda como de la derecha.
Y eso en Italia, porque en España la primera actitud de la derecha católica fue esconder su adscripción de fe.
Hoy, por tanto, es cuando por fin podemos ver con nitidez que si no tomamos la construcción de la Ciudad de Dios en primer y obligatorísimo lugar, la ciudad del hombre acabará en breve ahogando al propio hombre, ahogando primero su dignidad y luego su libertad.