Cantos de sirena de la felicidad

Nuestra fe ese mástil firme al que permanecer aferrado, amarrado como Ulises ante los cantos de sirena. Todo alrededor resulta seductor; si nos dejamos llevar, a merced de los deseos, poniendo en su satisfacción la felicidad.

A mi alrededor y en general o la totalidad viendo los datos es así. Me refiero a eso que oí a mi hermana respeto a sus hijos: «yo lo que quiero es que sean felices». Esta frase parece ser la que domina en el discurso común. ¿Qué supone eso? La frase es muy bonita, cualquiera la compraría, pero tiene consecuencias… peligrosas.

 

He leído un artículo (pueden leerlo aquí: http://www.religionenlibertad.com/los-ninos-hoy-son-menos-creativos-menos-innovadores-que-hace-57347.htm) que curiosamente habla del tema. El experto Leonard Sax, médico de familia y psicólogo, dice:

 

Como padre, lucho diariamente contra la cultura del “Yo solo quiero que ella sea feliz”.

 

«He sido médico en Estados Unidos desde hace más de treinta años. Hoy le oigo decir a menudo a los padres norteamericanos: “Yo solo quiero que mi hijo sea feliz”. Por desgracia, cuando dejas que los niños norteamericanos actuales hagan lo que les hace felices, lo más probable es que el resultado sea chicas adolescentes que dedican todo su tiempo a Instagram o Snapchat, y chicos adolescentes cuyos pasatiempos favoritos son los videojuegos y la pornografía.»


No sirve de nada dejar que los niños hagan lo que deseen a no ser que antes hayas educado sus deseos. La primera tarea del padre es educar los deseos de su hijo: inculcarles el deseo de algo más elevado y mejor que los videojuegos o la pornografía o las redes sociales, ya lo encontremos en la ciencia, en la música, en el arte, en la naturaleza o en la religión

 

Si se deja a los hijos -aún inmaduros-  que se conduzcan dejándose llevar como corchos a la deriva a merced de sus gustos o deseos, sin forzarles a que se sujetan y refrenen sus caprichos, pretexto de que sean felices, se les está causando el más grave perjuicio para sus vidas, y los más contrario a eso que se persigue: su felicidad, realización plena como personas.

No se ha comprendido que los deseos, los sentimientos, el carácter… se educan, y que es fundamental esta educación, la más fundamental de las educación y que no hay que hacer dejación de ella.

 

Esto es válido para la fe religiosa. Hoy, el abandono de la gente joven de la vivencia religiosa es absoluta; consecuencia de ella procede de esa nulo empeño en la educación -formación- religiosa de sus hijos.

 

Los padres, por satisfacer el deseo de sus hijos, que tienen a lo más cómodo y a dejarse llevar según el ambiente social, han hecho dejación de esa responsabilidad. Y se quedan tan a gusto diciendo -como dice mi hermana, creyente, respecto a sus hijos, ya increyentes- «lo que quiero es que sean felices».

 

¡Cuántos padres ignoran cuanto hemos dicho y se comportan gravemente así!

 

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