Amar. Amar a Dios y al prójimo

En estos días en la liturgia de la palabra se está leyendo a san Juan. El amor es seña de identidad en sus escritos. Otros discípulos de Cristo han hablado bien del amor (san Pablo afirmaba que de las tres virtudes teológica -fe, esperanza y caridad-, la principal era esta), pero la absoluted sobre la realidad del amor nadie ha superado a Juan, llegando a asignar a como su mayor atributo difinitorio el del amor («Dios es amor» 1 Jn 4,8).

San Juan es la persona más indicada para hablar del amor: él fue apóstol más querido de Jesús, al que le encomendó su madre, pariente (primo segundo), el más místico, al que le hicira sentir el latido de su Sagrado Corazón en la cena de la institución de la Eucaristia.

 

Ayer, 10 de enero, se leyó en la primera lectura de la misa la primera carta del apóstol san Juan ((4,19–5,4):

 

Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: Quien ama a Dios, ame también a su hermano. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no, son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.

 

 

Se nos hace urgente amar. Pues en el amor se juega todo. El amor es nuestro parentesco con Dios, a Él nos asemejamos cuando ejercemos el amor a cuya imagen hemos sido creados. Y al final, como decía en este caso otro Juan, san Juan de la Cruz, «seremos examinados en el amor». El amor es lo que se constituirá en la balanza del juicio.

Y algo a tener muy en cuenta, el amar no consiste en buenas palabras, en bonito sentimiento; el fundamento del amor no está tanto en sentir como en la voluntad. «No aquel que dice Señor, Señor,… entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple su voluntad», que no es otra y pasa por un amor efectivo al prójimo. Lo demás son adornos florales.

 

Estos fueron algunos de los comentarios del papa Francisco al respecto de esta lectura:

 

Es mentira decir que se ama a Dios si no se ama al prójimo, y pidió no seguir al diablo quien es el “padre de la mentira”.

El fundamento del amor al Señor es que “amamos a Dios porque Él nos amó primero” y añadió que “si Él no nos hubiera amado ciertamente no podríamos amar”.

Si un bebé recién nacido, de pocos días, pudiera hablar, ciertamente explicaría esta realidad:  «Se siento amado por mis padres»’. Y esto que hacen los padres con el niño es lo que Dios ha hecho con nosotros: nos amó primero.

 Esto hace que nazca y que crezca nuestra capacidad de amar. Esta es una definición clara del amor: nosotros podemos amar a Dios porque Él nos amó primero.

“Si uno dice: yo amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso” y señaló que el apóstol no dice que es un “mal educado” o que “se equivoca” sino que lo llama “mentiroso”.

Yo amo a Dios, rezo, entro en éxtasis… y después descarto a los otros, odio a los otros o no los amo, simplemente, o soy indiferente a los otros… No dice: «te has equivocado», dice ‘eres mentiroso’. Y esta palabra de la Biblia es clara, porque ser mentiroso es precisamente el modo de ser del diablo: es el gran mentiroso, nos dice el Nuevo Testamento, es el padre de la mentira. Esta es la definición de Satanás que nos da la Biblia. Y si tú dices amar a Dios y odias a tu hermano, estás del otro lado: eres un mentiroso. En esto no hay concesiones

 “Quien no ama a su hermano que ve, no puede amar a Dios que no ve». Si no eres capaz de amar a las personas, desde los más cercanos a los más lejanos, no puedes decir que amas a Dios: eres un mentiroso.

No solo existe el sentimiento de odio, sino que también puede existir la voluntad de “no entrometerse” en las cosas de los demás. Pero, recordó, que eso no es bueno, porque el amor es concreto y se expresa haciendo el bien, “no es un amor de laboratorio”.

San Alberto Hurtado: “está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien”.

 

 

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