Acompañar en el momento del dolor

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      La niña llegó a la casa atrasada para la cena. Su madre intentaba calmar al padre nervioso mientras le pedía explicaciones sobre lo que había pasado.
     La niña respondió que había parado para ayudar a Janie, su amiga, porque ella se había caído de la bicicleta y ésta se había roto.
    —¿Y desde cuándo sabes arreglar bicicletas? —Preguntó la mamá.
    —¡Yo no sé arreglar bicicletas! —Dijo la niña—. Yo sólo paré para ayudarla a llorar.

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Lo tengo siempre presente, aunque hace ya bastantes años, yo era joven por entonces. Después de llegar de un viaje, una vecina me dijo que el vecino amigo mío se encontraba en el hospital. A su madre, que había sufrido un ataque al corazón, se la tuvo llevar ya sin pulso una ambulancia… Me quedé pensando qué hacer: si ir o no. Me dije que mi presencia allí no iba a servir de nada, ¿respaldo moral? Tal vez estuviera rodeado de parientes, que le ofrecieran consuelo y apoyo. Pero algo me dijo que debía ir, aunque pudiera ser que estorbara más que nada. Al llegar, la sala de espera estaba llena de familiares que trataban de animarlo. Entré sin hacer ruido y me quede junto a la puerta, tratando de decidir qué hacer. Conmocionados y entre sollozos todos rodearon entre abrazos a mi amigo. Pasado un tiempo que pareció eterno, mi amigo reparó en mí, que estaba en rincón, en silencio. Él vino y se abrazó a mí, llorando. Al rato me dijo: “Gracias por estar aquí”. Durante toda la tarde estuve allí junto a mí amigo. Eso es lo más importante que he hecho en mi vida.

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