A. TORRES QUEIRUGA, Recuperar la salvación

Les ofrecemos unas líneas seleccionadas de las obra del teólogo y sacerdote español Andrés Torres Queiruga, «Recuperar la salvación»[1]. Nos ofrece una perspectiva interesante con una visión renovada sobre muchos temas siempre de actualidad, a la luz de la experiencia de un Dios Padre.

 

En términos de Ortega podríamos decir que al entrar en crisis las ideas, se hacen patentes las creencias  cuando se conmueven los conocimientos, conceptos y opiniones que conscientemente manejamos —las ideas—, surgen la ciencia de las creencias en que se alimentaban, es decir, surge la conciencia de aquellas convicciones profundas que se dan por sabidas y que por eso no se piensan conscientemente. 9

Las creencias no siempre responden con geométrica simetría a las ideas que andan por encima de ellas. 10

Un aspecto central del cristianismo: la vivencia por parte del hombre de la actitud fundamental de Dios con respecto a él. (…) nos referimos al modo hondo —a la creencia— cómo concebimos que Dios está internamente dispuesto de cara a nosotros; y, por consiguiente, cuál es el significado fundamental de la religión en nuestra vida. ¡Es Dios un juez que da miedo, un legislador que dicta deberes…, o un padre que inspira confianza y promueve la vida? En definitiva: ¿la religión es vivida como una carga o como una liberación? 11-12

La presencia de Dios en la vida y en la historia del hombre resulta, en muchísimos sacos, bajo el modo del temor y del miedo. Dios habita el fondo de la común conciencia cristiana como una presencia existente, que hace más incómoda la existencia y más pesada la vida, que impone obligaciones duras y difíciles, que puede manifestarse en castigos oscuros, dolorosos e inexplicables. En consecuencia, allá en el fondo de la conciencia de muchos cristianos parece despuntar muchas veces una especie de pesar secreto por la existencia de Dios, un deseo inconfesado de que el cristianismo no hubiera aparecido; parece que así se viviría más libres y más ligeros, libres del peso que la religión supone para la espontaneidad de la vida. 12

De ser cierto este diagnóstico, habría que concluir que la vivencia del cristianismo está padeciendo un largo y terrible equívoco que la distorsiona en su misma entraña. 12

Si de algún modo se presenta Dios al cristiano, es como amo sin medida; si algo busca el cristianismo, es hacerle más ligero la humanidad el peso del existencia. 12

(El cristianismo) Deberá ser liberado de la valencia negativa que lo contamina para resaltar su honda y exclusiva positividad: cualquier traducción del Evangelio en clave de angustia o agravamiento de la situación existencial del hombre resulta falsa. 13

Dios como amor puro, gratuito y sin medida; el cristianismo como esencial y exclusiva liberación. 14

El castigo es precisamente rehusar el don, privarse de la felicidad. El infierno como muerte, como “nada”; no como castigo, como venganza… 20

Pecado: conciencia de la grandeza del don; pena por el amor no acogido, por la generosidad no correspondida. (Vale, pues, en el sentido positivo del que ama y tiene fe; pero no hay simetría para el que no ama: no se trata de cargarlo con una nueva desgracia, de aumentar el peso de su existencia: Dios alivia positivamente, pero no carga negativamente; eso lo hacemos nosotros, transponiéndole nuestras categorías, juridizando sobre los demás ¾o sobre nosotros mismos¾ una dialéctica que sólo tiene sentido en el amor.) 20

“Dios es amor” (Jn 4,8.16)

Si Dios es amor y si Dios es el origen, intuimos que el amor es, entonces, la esencia de la realidad, la última palabra de la compresión, el criterio definitivo del juicio. Comprenderla sería justamente alcanzar el misterio del universo, encontrar la llave del sentido, llegar a la fuente de la vida. 25

Dios es amor: la realidad es amor; ser hombre es tratar de vivir en el amor. 26

“Los cristianos tiene poca cara de redimidos” (Nietzsche) 27

Resulta evidente que, si un Dios que se define como puro amor, entra, tendrá que hacerlo con el único propósito de ayudar. 35

No se trata ya solamente de que toda interpretación en sentido negativo de cualquier elemento cristiano es, por eso mismo, falta; sino de algo todavía más hondo: cuanto más positiva resulta una interpretación, tanto más acorde estará con el auténtico espíritu del cristianismo. 40

 “El presupuesto, que todo lo domina y todo lo cimienta, de la ética evangélica, paulina, joánica, es el siguiente: la unidad de ser y deber, unidad a la que no se necesita aspirar, pues está realizada en Dios desde siempre, y en la que nosotros participamos por la gracia,  tiene que  realizarse irremisiblemente en nosotros. (H. Urs von Balthasar) 47

El cristianismo es antes de nada anuncio de un acontecimiento: de algo sucedido, por iniciativa divina, en favor del hombre. Y por eso es también llamada; llamada a apropiarse libre y responsable el fruto de ese acontecimiento. El gozo del anuncio  -indicativo-   se prologa con toda naturalidad en la llamada  -imperativo-   a vivir lo anunciado: eso significa fundamentalmente la estructura indicativo-imperativo. (..) Dios, porque quiere, desde la absoluta iniciativa de su amor, salva al hombre, que se encuentra así con el hecho; indicativo de ser un «salvado». Pero Dios, porque quiere salvar de veras, respetando la irrenunciable libertad del salvado, no fuerza al hombre, sino que lo llama   -imperativo-   a esa salvación que ya tiene, pero que solamente puede florecer en la responsabilidad de su respuesta. 46

San Pablo lo expresó con particular fuerza: «Eliminad la levadura del pasado, para ser una masa nueva   -imperativo- , conforme a lo que sois: pan sin levadura  -indicativo-,   sigamos también los pasos del Espíritu  -imperativo-» (Sál 5,26). (…) «Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios  -indicativo-;   enmendados y creed a la buena noticia  -imperativo-«. (Mc 1,15). 47

El imperativo no es más que otra cara del amor: del amor que salva respetando y respeta salvando. 47

«El presupuesto, que todo lo domina y todo lo cimienta, de la ética evangélica, paulina, joánica, es el siguiente: la unidad de ser y deber, unidad a la que no se necesita aspirar, pues está realizada en Dios desde siempre, y en la que nosotros participamos por la gracia, tiene que realizarse irremisiblemente en nosotros (…)

 «Esta necesidad brota de la identidad ya dada en nosotros, identidad que fue puesta e infundida en nosotros por Dios (¡pues es su propia identidad!). NO es, pues, en modo alguno un aumento de la exigencia de las leyes de la ética natural. Esta exigencia no se deriva, en efecto, de una necesidad inminente a la naturaleza humana, sino de un factum puesto por Dios. Este factum se halla a más profundidad que toda nuestra idealidad y realidad. Al mismo tiempo, se apropia de nuestro ser y nuestro deber; e impone a nuestro deber unas exigencias tan ineluctables, justamente porque se ha apropiado ya de nuestro ser (…)

El cristiano sólo necesita dejarse guiar por el hecho de que la vida eterna se le ha regalado en fe y amor, sólo necesita dejarse guiar por al corriente de esa vida, para convertirse totalmente en una expresión de ella. (H. Urs von Balthasar, «Ensayos Teológicos», I, Madrid 1964, pp. 216-7) 47-8

Toda auténtica experiencia de la gracia  -y algo encuentra siempre cualquiera de nosotros, mirando hacia atrás en la propia vida-   sabe esto muy bien: captada en su genuino dinamismo, la vivencia cristiana aparece siempre como la experiencia gozosa de una salvación regalada. 48

 El catolicismo occidental, activista y “pelagiano”: tiende a remitir al hombre a sí mismos, acentuando su autonomía; pero, por eso mismo, le hace sentir su soledad, generando angustia y preocupación. 49

El cristianismo oriental, con su acentuación de la “divinización», de la transformación ontológica del cristiano por la gracia, muestra quizá una salida más equilibrada. Aunque también padece una peculiar amenaza: su pasividad, que tiende a paralizar su interés por la transformación del mundo y a cerrarse en un inmovilismo ahistórico. 50

La llamada a ser lo que es: a ser libre y personalmente lo que real y ónticamente es ya por gracia. 50

El amor nace en Dios como un río inmenso que envuelve al hombre, iluminando y transformando su existencia. 52

Lejos, pues, de la negatividad con que aparece deformado el cristianismo sólo puede ser vivido sin traicionar su esencia como experiencia positiva, confiada y a abierta. 52

“En el amor no existe temor; al contrario, el amor acabado echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo; en consecuencia, quien siente temor aún no está realizado en el amor” (Jn 4,18)

Para una mirada tocada por el gusano cosificador, la  fe se convierte en una especie de conocimiento vergonzante, de segundo orden. (…) Cuando en realidad, en la perspectiva justa, la fe significa la máxima realización del conocimiento, precisamente al nivel más denso y profundo de la realidad: el nivel trascendente de la persona. 58

Como indica la más elemental experiencia, la gracia y la libertad no se (contra)restan: únicamente se suman. Cuando el amigo le dice al amigo, el novio a la novia, el marido a la mujer: “gracias a ti soy lo que soy; sin ti no hubiera conseguido lo que he conseguido”, no arquean un balance comercial con debe y haber contrapuestos. Constatan una experiencia de enriquecimiento, donde, para desesperación de los matemáticos, todo es de cada uno, y todo es de los dos; donde el dar al otro no priva de anda, sino que devuelve potenciado lo que se da… 60

Desde aquí mire ahora cada quien para su —rica o pobre, da igual— experiencia cristiana: comprenderá cómo todo lo bueno de su vida es gracia, sin que eso le borre para nada la conciencia de su esfuerzo ni le haga sentir a Dios como rival. 60

Es preciso establecer una lógica que rompa el pensamiento objetivista dominador, basándose en la categoría de “servicio”, de acogida al otro como otro: no una dialéctica, sino una “analéctica”(E. Dussel), de carácter esencialmente personalista y radicalmente socialista. 60

Deus semper maior

La última palabra de la vida no es la muerte (cfr. 1 Cor 15,26). Únicamente ella (la teología) tiene la esperanza cierta de que los asesinos no triunfarán sobre sus víctimas” (Horkheimer) 63

La agal.líasis, es decir, la alegría escatológica, brilla en el rostro de la primera comunidad (cfr. Hech 2,46) y parece extender una sonrisa misteriosa sobre la superficie de la vida, presta para acoger la gloria del Salvador que vuelve. Si Nietzsche pudiera mirar con estos ojos a los cristianos, sí que les vería “cara de remedios”. Si nosotros hoy viviéramos de verdad esa experiencia —que es la nuestra—, haríamos otra lectura del Evangelio. 66

El apremio, el encarecimiento, las mismas amenazas que aparecen en la Biblia, parecen encontrar en esto su explicación: son el  modo del amor que, lleno de angustia, avisa de un peli8gro del que tan sólo él conoce el alcance. (…) Lo negativo de la amenaza tiene siempre su centro de gravedad en lo positivo del perdón y de la llamada: únicamente en orden a la salvación cobran sentido las palabras de condenación. 67

La condenación es la no-salvación.  Así, desnudamente, como pura negatividad (como el no aceptar, el que se ahoga, la mano que se le tiende). 68

Dios anuncia y realiza la salvación; de la condenación no sabemos más —ni tenemos derecho a saberlo— que el hecho puramente negativo de que ella es la no-salvación. (…) A este ser impotente y mortal  que es el hombre, Dios le ofrece la gracia  infinita de la vida eterna¸ aceptarla es la salvación, vivir para siempre¸ no aceptarla es condenación, morir. 69

El pecado no es un mal suyo (de Dios), sino un mal nuestro; en rigor, nada le quita a Él, sino a nosotros. 70

Ley y gracia coinciden en el que ama de verdad: dilige et quod vis fac, lo dijo Agustín. 70

“Estoy seguro de que lo importante en toda la Biblia, sin exceptuar a Pablo, no es el pecado, sino el perdón de los pecados, la revelación de la misericordia, que se manifiesta particularmente en cubrir todo pecado, el hecho de que, por “alejado” que esté el hombre de Dios y de sí mismo, el Amor no está nunca “lejos” de él. Somos nosotros los que tenemos un secreto interés en afirmar que nuestro pecado es muy importante a los ojos de Dios”. (J. P. Jossua) 71 (ver santa Teresita)

No hay simetría para el otro, a quien no tenemos derecho a juzgar (cfr. Mt 7,1) 71

Dios entra en la vida del hombre como salvación y únicamente como salvación. En la medida en que el hombre se sienta “salvado”, es decir, feliz y contento, esto debe alegrarnos. Debemos admitir la posibilidad de que, en un momento dado,  una persona, o incluso un gran número de personas en una época determinada, no sientan aún la necesidad de Dios y de su salvación. Eso significa que, de algún modo, la existencia les resulta así tolerable, de  que alcanzó en ellos  un cierto índice de integración. Por lo mismo, la actitud del creyente no tiene que ser angustia y crispación: conviene más bien alegarse de esa concreta “felicidad”, manteniendo, eso sí, la tranquila y generosa nostalgia del que está convencido de que el otro podría ver y vivir todavía mucho mas… Y manteniendo, por supuesto, el decidido compromiso de ayudar a que esta apertura positiva se realice. 73

Vivir en su vida esa plenitud y, viviéndola, hacérsela visible y codiciable a los demás. Lo otro puede parecer celo, pero correrá siempre el riesgo de ser resentimiento. 74

Si Dios puede evitar el mal y no quiere, entonces no es bueno; si quiere y no puede, entonces no es omnipotente. 83

Jesús está, de modo incondicional, al lado de las víctimas frente al mal que las oprime. Su vida es, por esencia, oposición a las fuerzas del mal. Su presencia libera al hombre, tanto de la miseria radical que lo oprime —el pecado—, como de sus consecuencias —la enfermedad, el hambre, el desprecio—. Su misión consiste justamente en traer la “buena noticia” —eu-angel.lion— de que Dios está presente con su amor y su poder para salvar a todos. A todos sin excepción, es decir, es la típica lógica evangélica, primera y principalmente a los excluidos de la salvación. 123

El mal en las creaturas no es una posibilidad facultativa que Dios, “si quisiera” —con voluntad absoluta o relativa, da igual—, podría eliminar, sino que es una forzosidad óntica, que surge justamente de la limitación constitutiva de las mismas; de modo que eliminarlo de raíz equivaldría, sencillamente, a eliminar a las mismas creaturas haciéndolas infinitas, es decir, identificándolas con Dios o convirtiéndolas imaginativamente en una contradicción: creatura-infinita = círculo-cuadrado. 130

“Es imperdonable únicamente el rechazo del perdón” (J. Jeremías) 138

Para comprenderlo no basta la razón matemática del “Dios aristotélico”: es necesario también el corazón, la razón cordial (“raisons du coeur”, decía Pascal).* Más aún: es necesaria la acción, la “lógica de la acción”, la experiencia de la praxis liberadora, pues solamente en la resulta posible vivencia el sentido hondo y definitivo del amor de Dios. 141

El silencio de Dios no es un querer callar suyo, sino un no poder nosotros escuchar. 144

“Antes de lamentarse de la ausencia de grandes figuras en nuestro tiempo, se ha de pensar en el ejército de los que han sufrido, sin nombre ni palabra , los que en la guerra y en el desplazamiento, en campos de concentración y en torturas, sumergidos por los poderes totalitarios, sin distinguirse exteriormente de los hermanos sin fe o débiles de fe, han ofrecido un sacrificio ardiente, ignorando por la mayoría, y siguiente ofreciéndolo constantemente. (H. U. Von Balthasar) 146

Si hay silencio, éste radica no en el calar de Dios, sino en la sordera estructural de la creatura. Y, acaso, en nuestro no escuchar, en nuestro vivir “distraídos”, “divertidos” (Pascal: divertissement), sin preparar, en la concentración, en el espíritu de servicio y en el silencio de la oración, los oídos a la palabra honda y sutil de Dios. 146

Dios al crear pretende únicamente la salvación del hombre, y que hace cuanto está en su mano para evitarle la caída en el pecado; que el pecado y el mal que con él es solidario, se encuentran “al otro lado” de Dios: en la instintividad interna del hombre, que lo mina por dentro, y en las fuerzas oscuras, que lo asaltan desde fuera; en los condicionamientos cósmicos y en las presiones sociales. 158

Se prolonga hacia delante en la expectación mesiánica, que, curiosamente, redescubre el tema paradisíaco, situado ahora en el futuro: “convertirá su desierto en un edén, su yermo en paraíso del Señor”! (Is 51,3; cfr. Ez 36,35, y las numerosas descripciones del Reino mesiánico).* Con lo cual se ilumina la intención de la narración del proyecto salvífico de Dios. Se confirma así la intención de Karl Rahner, al afirmar que en cierto modo la protología  (=narración de los orígenes) equivale en realidad a la escatología (=narración del fin). 158-9

Esta dialéctica fundamental entre la salvación y la impotencia-resistencia a la salvación, entre la gracia y el pecado, culmina en el Nuevo Testamento. 159

Pablo, con su tipología de los dos Adanes, hace resaltar los dos polos fundamentales; la situación de impotencia radical —hamartía— del hombre y la fuerza de Cristo, que con su muerte-resurrección transforma al hombre, potenciándolo por dentro hasta convertirlo en una “nueva creatura” (Gál 5,15; 32 Cor 5,17) 170

Lo qu descubre ya Pablo, y lo que desde Ireneo de Lyon —incluso antes— constituye la más profunda intuición teológica de la patrística. “Dios se hizo hombre, para que el hombre se hiciera Dios”. 171

El modo de la muerte  de Jesús ha polarizado tanto la atención, que apenas dejó lugar para considerar algo que es su presupuesto y, en cierto modo, más fundamental que él: el hecho de la muerte. Según lo que acabamos de decir, Cristo pudo redimirnos sin morir  en la cruz,  pero no sin morir. 175

(Cristo) Muerto, porque el hombre es malo y no tolera la defensa del pobre, ni el desvelamiento de la hipocresía, ni la denuncia de la injusticia, ni la ruptura de las convenciones y privilegios sociales o religiosos. Muerto, porque Jesús fue bueno, y no pacto ni se cansó, poniéndose al lado de los oprimidos sin retroceder delante de los consecuencias: porque fue fiel a su misión, dándose sin reservas, sin guardar nada para sí, ni siquiera lo que más le costó: su propia vida, su ilusión de ver coronada su obra. Jesús “muere, en verdad, a manos de los hombres, de todos: porque los hombres matamos. Y muere en nombre de ellos, por amor a ellos” (J. I. González Faus).* 179

Muere por el choque concreto y real con los límites implacables de la realidad, con la fuerza del mal y del pecado. 180

La comunidad cristiana reconoce en Jesús la realización plena de la figura del Siervo de Yahveh, que acumula hasta tal punto la negatividad humana, que “desfigurado no parecía hombre ni tenía aspecto humano” (Is 52,14) 186

Como muchos se espantaron de él,

Porque desfigurado no parecía hombre

Ni tenía aspecto humano (…).*

Lo vimos sin aspecto atrayente,

Despreciado y evitado de los hombres,

Como un hombre de dolores

Acostumbrado a sufrimientos,

Ante el cuales e ocultan los rostros,

Despreciado y desestimado.

El soportó nuestros sufrimientos

Y aguantó nuestros dolores;

Nosotros lo estimamos leproso,

Herido de Dios y humillado;

Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones,

Triturado por nuestros crímenes.

(…)

Maltratado, se humillaba y no abría boca:

Como cordero llevado al matadero.

(Is 52,13-14; 53,1ss)

(kenosis = vaciamiento)

El Resucitado “aparece” “se deja ver” (…). …la extrañeza de los discípulos, que “no lo conocen” de entrada: ni María (Jn 20,14), ni los de Emaús (Lc 24,17), ni los Doce en el lago (Jn 21,4) 195

El paulino “cuerpo espiritual” no es cuerpo disminuido, sino todo lo contrario: puede hacer y expresar todo lo que un cuerpo normal, pero sin estar sometido a ninguna de sus servidumbres. (…) Por Cristo, en cambio, el suyo es ya plena transparencia. 195-6

El es “Espíritu vivificante” (1Cor 15,45), es decir, comunión plena, “carne olvidada de sí mismas”, según la magnífica expresión de san Ireneo. 197

El modelo no se sitúa en la sabiduría sutil u oculta, en la gnosis de unos pocos iniciados; sino en la “lógica del encuentro” (Olegario González de Cardedal) o en la fuerza del “seguimiento” (Bonhöffer), accesible a todos, principalmente a los “pequeños” (Mt 11,25) 204

La salvación es humilde y realista: no niega la realidad ni suprime voluntarísticamente el sufrimiento de la historia: pero la fe ¾es decir, el confiado apoyarse en la promesa del Padre, verificada en el Hijo y continuamente atestiguada en el Espíritu¾ cambia radicalmente la perspectiva y permite integrarlo todo en la seguridad definitiva del Amor salvador. 205

Quizá radique aquí la característica más típica de la salvación cristiana: la máxima grandeza, entrega a la mayor humildad; la máxima utopía, a vivir en el más modesto realismo. Por eso no cabe aquí ni la soberbia ni el fanatismo, que aparecen justamente cuando no se soporta esa paciencia y esa humildad, como demostró Dostoiewski en la genial Leyenda del Gran Inquisidor.205-6

Misterio que aprese fundido en el ser mismo de la creatura, que no puede resultar transparente a nuestra intuición. Misterio también con relación a Dios, que libremente decide crear un mundo, es decir, una realidad, que, al no poder ser idéntica con El, resulta inevitablemente deficiente, expuesta al dolor, a la destrucción, al pecado: al mal. 106

“Pero en cuanto “sobrenaturaleza”, la soledad tiene la forma de la inhabitación dl Espíritu Santo en lo más íntimo del  yo de la creatura, de manera que todos sus pensamiento y deseos se nutren del más hondo material divino, y el Yo, en cuanto conjunto, se hace permeable a las ondas de vida divina que lo atraviesan (…). Interior intimo meo (“Más dentro que lo  más dentro de mí”). (H. U. von Balthasar) 209

Quizás por eso debiéramos callar ya. Pero, si es verdad que “de lo que no se puede hablar, es mejor callar” (Wittgenstein), también lo es que la inefabilidad del misterio cristiano es una inefabilidad para nosotros. Y eso significa que no debemos presumir de comprenderla, pero sí que debemos apropiárnosla, acariciarla, hacerla nuestra en la media de los posible, para calentar con su calor el camino de nuestra vida.

¿Qué son cielo, la gloría, la salvación plena? No lo sabemos, pero sí que lo sabemos: en la forma del anhelo, en el contorno del sueño, en la figura del presentimiento. 213

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[1] Ediciones Encuentro, Madrid, 1979.


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