Estamos completamente de acuerdo y hacemos causa común con todo lo que vaya en la plasmación en la realidad, en lo concreto, en la vida cotidiana, aquello tan cristiano de que todos somos iguales a los ojos de Dios, de la misma dignidad, de la que se derivan igualdad de derechos. Todos somos creados a imagen y semejanza de Dios. Todos los seres humanos, sin distinción de raza, pueblo, género, condición, capacidad intelectual o física, debilidad, etc. Esto es inamovible.
Por lo tanto, siendo fieles a lo expuesto, estamos con el cardenal arzobispo de Madrid Carlos Osoro en cuanto a lo que en su día dijera de a apoyar la manifestación del próximo día 8, a la que «acudiría la Virgen María».
Ahora bien, hay que ser prudente no sea que -cosa muy probable- en este movimiento por hacer avanzar la historia del ser humano hacia la igualdad de todos, derivada del principio universal e indeclinable expuesto anteriormente, se intente -por manos non santas- colar de rondón otras cuestiones con las que no estamos en absoluto de acuerdo.
Es un hecho que se da cada vez más la manipulación del feminismo, como fuerza o movimiento y poder, por el extremismo, la política y otros actores nada claros . Y en esto hay que estar observantes. Al igual que ha ocurrido y sigue y seguirá ocurriendo con ese otro movimiento LGTBI que de pasar de reivindicar su no marginación y de respeto y consideración en la trato, hemos pasado a una promoción e imposición y un claro intento de desestabilizar el orden moral y natural, buscando en este caso objetivos ocultos.
En fin, nada se da en estado pura en estas condiciones humanas, pero no hay que esperar a que se de esa situación ideal para hacer algo, esforzarse por una causa noble. Recordemos la parábola del trigo y la cizaña…; no esperemos a que deje de existir la pureza «medioambiental» para sembrar el trigo, pues aquella jamás dejará de estar presente en esta vida.
A los cristianos nadie nos tiene que aventajar en cuanto a la igualdad; pues, incluso, vamos más allá, consideramos a nuestro prójimo (del sexo o género que sea) como hermano en Cristo, y por lo tanto estamos por la fraternidad, y cuyo Padre Dios nos quiere a todos por igual, como hijos suyos.
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