Creemos porque ha sido así, con toda naturalidad, en todo tiempo y lugar, como lo demuestran los estudios sobre todos los pueblos de la tierra, desde siempre. No es locura: cuando creemos no decimos «dos más dos, cinco», sino que tiene una racionalidad, es decir, es razonable.
Creemos porque da un sentido a la vida. El que exista Dios es el único relato de sentido. Es la respuesta a las cuestiones últimas “¿por qué yo?”, “¿por qué existe algo?”, “¿qué sentido tiene mi vida?
Creer responde a la esperanza al ansia de inmortalidad, de no desaparecer, de seguir viviendo, de eternidad. El ansia de infinitud y trascendencia sólo es saciado en Cristo resucitado.
Creer satisface el anhelo de justicia (Horkeimer). Que se haga justicia a la vida y al mundo, que la injusticia no tenga la última palabra. Que sean reivindicados los perdedores, las victimas, los humillados… Que haya un más allá donde se premie a los buenos y se ajuste cuentas a los malos.
Creer es una exigencia: «Se nos debe la luz por el dolor» (León Felipe)
Creer es positivo: templa los nervios en las circunstancias de la vida; ya que, por muy complicadas o dolorosas que puedan ser, pasan a ser cosas penúltimas ante Dios y la eternidad, que son últimas, ante las que aquellas se reordenan, relativizando. Y siempre cabrá experimentar aquello de Jesucristo: «Vuestra alegría nadie es lo podrá quitar» (Jn 16,23).
Creer aporta un consuelo por la desaparición de los seres queridos. Pensar que siguen viviendo… y que un día los volverás a ver.
Creer realiza la religación. El mayor filósofo en lengua española en el siglo XX fue Javier Zubiri. Él dijo: «El hombre no tiene, sino que velis nolis, quieras o no, es religación” respecto de lo divino, o sea, la religión. Somos seres religados, religiosos, y en el creer se actualiza esa dimensión esencial que todo ser humano posee como constitutiva propia.
Creer moraliza. «Si Dios no existe, todo está permitido»(Dostoyevski): Nada me impediría cometer cualquier barbaridad, si ello me favorece, y no existe quién me llame a responder de lo cometido.
Los Evangelios son dignos de creerse ya que son el testimonio de personas que dieron sus vidas por ellos; quien testimonia lo que dice con sus sangre, no miente. Todos los apóstoles (excepto San Juan) murieron mártires y otros muchos discípulos y seguidores de Cristo, a lo largo del tiempo. Nadie da la vida por una mentira.
El testimonio de Jesús, ya por sí supone un humanismo prodigioso, que atrae. Su autenticidad admira y predispone al amor hacía esa figura. Lo que es ya un comienzo a creer en El.
Creer es tener la certeza de lo auténtico y verdadero. La fascinación de la belleza, de la bondad…, hace exclamar «¡esto es la verdad!». Como Edit Stein, tras leer la Vida de santa Teresa.
Creer es siempre más positivo que negativo. El On (ser), que la nada.
Se cree en algo bien documentado, en calidad y cantidad. Miles de teólogos han estudiado y reflexionado a lo largo de siglos de historia. Al igual que existe el testimonio de miles de santos, místicos y contemplativos que han tenido experiencias místicas y revelaciones sobrenaturales.
Creer es descubrirse heredero del legado trasmitido de una Tradición, consolidada con las obras y testimonio de tantos que los han precedido y dado el relevado de lo que se presiente sagrado. (Uno se admira al ver, por ejemplo, lugares que con una población de apenas 700 habitantes hace 500 años levantaron un templo tan monumental como una catedral… Y así en muchos y muchos pueblos o aldeas, fruto de una fe poderosa). Lo gritan las piedras de nuestras catedrales.
Creer es sentirse amado incondicional y tiernamente por un Ser que es Padre, y al que sientes agradecerle que así sea, y que estás aquí, vivo, por El, y que ha hecho y hará cuanto sea posible por salvarme.
Los miles de milagros.
Las numerosísimas experiencias más allá de la muerte.
Las dos reliquias -únicas- no hechas por manos humanas: la sábana santa y la tilma de Guadalupe.
La cantidad de hallazgos arqueológicos que han corroborado y demostrado que lo escrito en la Biblia aconteció y no miente.
La conversión y hombres de fe que han sido grandes eminencias en el saber, en las ciencias, en el pensamiento, la filosofía, la antropología, el arte, la historia, etc. Habrá quien piense que también los ha habido en sentido contrario y también grandes personalidades. Si sin duda, que así es; pero esto no demuestran nada, si acaso su ceguera; en cambio, aquellos evidencian lo que ellos si «vieron».
La experiencia única, secreta, real, inaudita… de la paz profunda de la presencia del Señor en el Sagrario; que tras un tiempo en silencio, «cualquier persona puede percibir o sentir en lo más profundo de su ser».
Informáticamente probado el «teorema de Gödel», que concluía que en base a los principios de la lógica ha de existir un ser superior.
Santo Tomás de Aquino explica las cinco pruebas de la existencia de Dios. La segunda y tercera dicen así: , comprendidas así: Dios es la causa eficiente incausada, que es la imposibilidad de un progreso infinito, es la prueba de las causas eficientes del ser. La ultima fuente de toda necesidad, es necesario no por otro. Lo que no tiene en sí la razón suficiente de su existencia debe tenerla en otro: es la contingencia. Es la prueba por la contingencia de los seres perecederos.
Creer como cristiano es creer que en nosotros hay una nostalgia radical de «amorosidad», amistad, hacia esa fuente de amor de la que hemos sido creados, Dios, «a su imagen y semejanza». Tan sólo es cuestión de dejarse llevar…
La sed de infinitud y trascendencia. Esa sed, en definitiva, pone de manifiesto el grito del Espíritu en el corazón del hombre. Si existe la sed, es porque existe la fuente. Esta sed de Dios ilumina. Como muy bien y bellamente dicen los versos de Luís Rosales: “De noche iremos, de noche, sin luna iremos, sin luna, que para encontrar la fuente sólo la sed nos alumbra”. Que están en sintonía con los versos de San Juan de la Cruz: «Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche.»
El creyente coherente con su fe posee dentro de sí un nuevo sentido que San Pablo llama el «sentido de Cristo» o el «Espíritu de Cristo», gracias al cual saboreamos experimentalmente el misterio de Dios y sus planes de salvación (Rom 8,1-27; 1 Cor 2,10-16). Quien lo ha experimentado, puede decir con Santa Teresa: «Sólo Dios basta».
Cuando uno se plantea la pregunta vital de lo qué se busca cómo el fundamento que da sentido a su vida, y siente en su interior el resonar de estas palabras de Pedro a Jesús, como si fueran propias: «Señor, adonde iremos; sólo tú tienes palabras de vida eterna.»
Y, en todo caso, sería mejor aposta por creer; pues si al final, no hay nada, no habrá ni decepción para los que creen; pero si lo hay, los que no creen se van a llevar un susto de muerte , (y yo no pienso estar entre estos).
La idea de Einstein y de otros científicos notables de que tenía que haber una Inteligencia detrás de la complejidad integrada del universo físico. el origen de la vida y de la reproducción sencillamente no pueden ser explicados desde una perspectiva biológica. Cuanto más descubrimos de la riqueza y de la inteligencia inherente a la vida, menos posible parece que una sopa química pueda generar por arte de magia el código genético. Se me hizo palpable que la diferencia entre la vida y la no-vida era ontológica y no química. Según Antony Flew.
El pensamiento humano, cuando no se contenta con describir la apariencia de la realidad o con explicar el funcionamiento de las cosas, cuando intenta ser fiel a sus exigencias radicales y se pregunta: “¿quién soy?”, “¿por qué existe algo?” Si en realidad no se huye del pensamiento, si no se teme a pensar… y se sigue el argumento hasta sus últimas consecuencias. Ta y como decía Adorno, más o menos, «quien no se decapita acaba dando con el pensamiento en la Trascendencia».
El silencio de Dios no es un querer callar suyo, sino un no poder nosotros escuchar. Si uno no le oye, no es porque él no hable, sino por nuestra nula capacidad de escucha; nuestro oído, taponado -por la dureza, el pecado, el ruido del ajetreo de la vida, con sus ambiciones…-, sin preparar, en la concentración, en el espíritu de servicio y en el silencio de la oración, los oídos a la palabra honda y sutil de Dios, imposibilita la audición de un Dios que emite constantemente.
«Dios es amor», afirma el evangelio san Juan, y como dice el teólogo Hans U. Von Balthasar, “sólo el amor es digno de fe».
La urgente necesidad de que la verdad resplandezca y nada quede oculto. A lo que la Palabra de Dios viene a decir: «nada quedará sin que se descubra; ni un pelo del cabello de la cabeza caerá sin que se sepa».
La fe es benéfica -está demostrado médicamente, y también, no sólo física y anímicamente, sino espiritual y humanamente-: proporciona felicidad, paz, confianza, certezas, sentido, equilibrio, alegría, satisfacción vital, gratitud, ayuda a superar la adversidad, no da una explicación al sufrimiento pero lo asume como ofrecimiento, etc., y mejora los corazones, amabiliza, afina las conciencias, fortalece la integridad, eleva y engrandece el alma, etc.
Las experiencias del Espíritu de Dios en nuestras vidas (pueden ver esas experiencias aquí, aquí y aquí).
Los efectos físicos milagrosos de algunos santos: estigmas, cuerpos incorruptos; algunos han vivido muchos años de sus vidas sin comer nada, tan sólo la Santa Eucaristía.
Experiencia puntual de un deseo intenso e inaudito de dar gracias… (a Alguien), por la vida, por sentirse vivo, por ser, por haber sido creado, por estar aquí…, sin que yo haya hecho nada, sin merecimiento alguno, por pura gratuidad de Quien le ame incondicional y misericordiosamente.
Como decía Pascal, «el corazón tiene razones…». Pero la razón del corazón es el deseo de infinito, el deseo infinito que él es incapaz de dominar. La razón del corazón es el vaciado de infinito que solo en el infinito, el inabarcable, el imposible, el indominable tiene su razón de ser. Ejemplo evidente es el del místico que busca a Dios con la necesidad con que la cierva busca corrientes de agua, o la tierra reseca y agostada espera la lluvia. Pero nada ilumina su marcha, más que el amor que Dios mismo ha puesto en ella.
“En verdad habitas una luz inaccesible, Señor; no hay nada que pueda penetrar esa luz para poderte descubrir. Por eso no la veo porque me excede infinitamente. Sin embargo, cualquier cosa que yo vea, la veo a través de ella: como el ojo débil ve lo que ve a través de la luz del sol, luz que por otra parte es incapaz de mirar en el sol mismo” (S. Anselmo, Proslogium, 16).
Creer es mejor que no creer. Es un factor positivo. De modo que quienes optan por abrirse a la fe no se equivocan nunca. Pues el creer les mejora, les hace ser mejores personas, les ennoblece, les santifica.
Creer es la cosa más apropiada y lógica. Pues se apoya en la concepción de una creación -la nuestra- que ha sido originaria en lo más hermoso y bueno que hubiera podido ser motivado o causal: El amor de un Dios que es amor. Dios movido por esa su esencia movido decidió crear a un nuevo ser, el humano, para que viniera a existir, a ser, según un parentesco al suyo -hecho a imagen y semejanza de Dios-, y participara de su felicidad, felicidad eterna.
La fe no es un conocimiento más alto ni más profundo, sino una dimensión completamente distinta de conocimiento y acceso a la verdad. La fe es una virtud teologal, una cualidad sobrenatural, otorgada por Dios, ofrecida por Dios a todos los hombres; requiere de éste un «fiat» (sí, quiero). Entonces se dará un conocimiento amoroso a la Verdad. Conocimiento teológico lo llama Tomás «per connaturalitatem».
Quien es bueno y ama está más cerca de dar con Dios, que es el sumo bien y el amor. Se está cerca de un conocimiento «cordial», una especie de simpatía, por afinidad. Según Agustín, «amas la tierra, tierra eres; amas a Dios, Dios eres»; «Non intratur in veritatem nisi per caritatem», no se entra en la verdad, si no es por la ancha vía del amor. Y san Juan: «Quien no ama no ha conocido a Dios». El amor es condición «sine quanon» para conocer a Dios, o lo que es igual creer en Él.
Como decía Nicolás de Cusa, Dios es contemporáneo de todos los tiempos; por lo que tengo que afinar el oído para escuchar los mil rumores de trascendencia -rumores de ángeles los llamó Peter Berger- que siguen resonando en nuestro mundo, y dar cuenta de ellos para convertirlos en noticias de Dios. Pienso en la naturaleza, el mundo el arte, las luchas de las personas pro mejorar el mundo, la interioridad de la conciencia y los valores a los que es sensible, las preguntas radicales, sobre las que podemos echar tierra, pero que difícilmente podemos reprimir; pienso sobre todo en los rostros indefensos de los pobres, los excluidos y las víctimas de la injusticia que, al clamar al cielo, constituyen un verdadero clamor de Dios para nosotros . (J. Martín Velasco, «¿Hay noticias de Dios?»).
La existencia de la realidad contraria, la del Maligno, que combate al Existente, a Dios, afirma su existencia. Esa realidad diabólica es innegable, evidencia su existencia en la maldad, en las tinieblas, en las múltiples manifestaciones demoniacas….
¿Por qué somos capaces de apreciar la belleza? Según la hipótesis materialista, es inexplicable que la evolución nos haya llevado a esto, pues no se ve cómo podría resultar útil este rasgo para nuestra supervivencia. En vez de la buena música, deberíamos apreciar la cacofonía, que abunda más en la naturaleza. Desde la hipótesis de la existencia de Dios, sin embargo, es fácil explicarlo, partiendo de que Dios aprecia la belleza (de hecho, Dios es la belleza). (Alvin Plantinga).
Refutación del argumento ateo basado en el problema del mal. El único argumento ateo de cierto peso contra la existencia de Dios es el que plantea el problema del mal (un Dios bueno no permitiría que hubiese tanto mal en el mundo). Tal como los ateos lo presentan, este argumento se apoya usualmente en la falacia del hombre de paja. Que Dios es todopoderoso significa que si quiere puede hacer todas las cosas lógicamente posibles, pero no puede hacer cosas absurdas, lógicamente inexistentes, como triángulos cuadrados, por ejemplo. Un universo sin ningún mal en absoluto sería una de esas cosas lógicamente inexistentes. (Alvin Plantinga).
La existencia del mal justifica la existencia de Dios. En el mundo existen males aborrecibles, reconocidos por todos. En un universo materialista un mal aborrecible no podría existir: la hostilidad, el odio, incluso hacia las personas más allegadas, debe entenderse como el esfuerzo de los genes para asegurar su supervivencia (Dawkins dixit). No puede haber nada perverso ni antinatural en ello. Luego el materialismo lleva a la conclusión de que el mal no existe. En tal caso, no se puede utilizar el problema del mal para demostrar que Dios no existe. Si partimos de que Dios sí existe, esos hechos son horrorosos, profundamente perversos, porque son un desafío contra Dios, la fuente de todo lo bueno y de todo lo justo (de hecho, Dios es el bien). Luego la existencia del mal se convierte en un indicio de la existencia de Dios. (Alvin Plantinga. Este argumento desarrolla el que planteó C.S.Lewis).
Argumento materialismo y evolución son incompatibles: 1º) El materialismo implica que nuestros razonamientos y creencias son resultado del funcionamiento de nuestras neuronas, y este, a su vez, de los movimientos de nuestros átomos. Luego el contenido mental de esos razonamientos y creencias es irrelevante. 1º)La teoría de la evolución, en su interpretación materialista, nos dice que todas nuestras características (incluidos los razonamientos y creencias) han sido favorecidos por la selección natural. Eso significa que tienen valor adaptativo para nuestra supervivencia, pero no tienen por qué ser verdaderos, porque verdad y adaptabilidad son criterios independientes. 3º) La teoría de la evolución es una creencia obtenida como resultado de razonamientos. Por lo tanto, si el materialismo es cierto, la teoría de la evolución no tiene por qué ser verdadera. 4º)Luego materialismo y teoría de la evolución son incompatibles.