Quien no salva, no se salva

Quien no salva, no se salva         

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            Una mujer joven se ha tirado al río Sena. Alguien contempla la escena, pero no hace nada por rescatarla de las aguas.

           Desde entonces la conciencia no le dejará vivir ya en paz. El recuerdo de aquella muchacha suicidándose por la que él no hizo nada por salvarla le perseguirá para siempre. Y por fin, sintiéndose sumergirse en esas aguas, ahogarse por el peso de la culpa, ruega ¿a quién?: “Muchacha, arrójate otra vez al agua para tenga, por segunda vez, la oportunidad de salvarnos a los dos”.

            Y continúa diciendo en el silencio: “Una segunda vez, ¡qué imprudencia! Supón que nos toman la palabra. Habría que decidirse… Brrr… ¡El agua está tan fría! Pero tranquilicémonos. Es demasiado tarde, ya siempre será demasiado tarde”.[3]

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         Siempre habrá una segunda oportunidad, la que nos proporciona el Salvador.

         Si no, la desesperación.

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          “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salo yo” (J. Ortega y Gasset)[1].

“Dios quiso salvarnos como miembros de un pueblo. No sólo hemos sido llamados, sino también convocados, ‘llamados con’ (otros). Es el ‘nosotros’ y no el ‘yo’ el pronombre de la liturgia.

Y nadie se salva en solitario: ‘fariseo’ quiere decir ‘separado’. Era Péguy quien decía: ‘Hay que salvarse juntos. Hay que llegar juntos a la casa de Dios. No vayamos a encontrarnos con Él estando separados los unos de los otros… ¿Qué nos diría Dios si llegamos hasta El cada uno por nuestro lado?’”[2].

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      Si un hombre a nuestro lado se pierde, nosotros también con él. Somos responsables de nuestros hermanos. Nos salvamos o nos condenamos juntos.

      La preocupación por uno mismo es su condenación. Quien se preocupa mucho por su salvación se condena. La preocupación de obtener un buen ‘karma’ nos retrotrae y repliega la mirada.

         Cada uno quiere salvar su alma, sus cosas,… cuando lo que tenemos es al otro. “El que quiera salvar su alma la perderá, y el que la pierda la salvará”, nos ha dicho Jesús.  Quien “se pierde”, se des-pre-ocupa de sí, y asume la situación del otro, que lo necesita. Y en esta acción de amor salvador radica la salvación de quien salva. Salvando nos salvamos.

         Cada uno es responsable de la gracia del otro: de que se abra o cierre a la gracia. Cada uno debe ser sacramento “agraciante” de salvación para el otro. Aquí radica el sentido más profundo del amor al prójimo, que abarca también al enemigo. Existe una solidaridad universal de la gracia y de la salvación.   Quien no salva no transmite la gracia, no la deja pasar a su vida, a la vida, a los que están en la vida.

         Dios se hace hombre, sale de sí, se da y entrega, y salva al otro, a la humanidad. Dios al crear al hombre sabía de su condición, de su contingencia posible, y lo crea sabiendo ya que tendría que salvarlo, que El habría de salir de sí, humanizarse, ponerse en su lugar. Dios está presente en la creación y en la encarnación-redención. Si no asumimos al otro, si no nos ponemos en su lugar, con sus problemas, sus vicisitudes, sus sufrimientos,… soportando, padeciendo, sus carencias de todo tipo, no salimos de nosotros mismos, no nos encarnamos en la humanidad a semejanza de la de Cristo.  

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         El ser humano en un sentido óntico no comienza a existir como tal por la relación con el otro, pero sí que en un sentido existencial deviene realmente en persona, y ésta puede en y por esa relación frustrarse. Si nosotros negamos esa relación imposibilitamos el fenómeno personal: nos quedamos sin persona.

         Sólo un amor personal es capaz de dar a los humanos el sentimiento de ser alguien único, con una dignidad sagrada.

         Si a una persona no digna, en cualquier sentido, le otorgas dignidad; se sentirá digna, y actuará como tal.

 

[1] Meditaciones del Quijote, en “Obras completas”, “Revista de Occidente”, t.1, Madrid 1975, 4ª ed., p.322.

[2] GONZÁLEZ CARVAJAL, L., Todo hombre es mi hermano, en RS, nº 636 junio 1983, pp.16-19.

[3] CAMUS, A., La caída, en “Narraciones y Teatro”, p.481.

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