Un mundo sin hogar espiritual

EL CAMINO A CASA

 “El hombre no puede vivir sin una confianza duradera de algo indestructible en sí,.. ” (Kafka).

 “No hay en realidad más que un gran problema y es éste: ¿cuál es el fin del universo entero? Tal es enigma de la Esfinge; el que de un modo u otro no lo resuelve es devorado” (Unamuno).

 “El hombre sólo tiene sentido si transciende; posibilita la divinidad” (C. Jung).

 “Señor, ¿a quien iremos? Tu tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

 “La fe es la orientación sin la que el hombre estaría sin patria, la orientación que precede al calcular y actuar humanos,…” (J. Ratzinger).

 

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            Un muchacho aún, que de adolescente se vio atrapado por las drogas, y que luego, empujado por las circunstancias, se dio a la delincuencia,… estaba a punto de salir de prisión tras siete años de cárcel.

            El director de una ONG, que prestaba ayuda y consuelo a los presos, en aquel momento tan importante le preguntó sugiriéndole:

           –¿Por qué no vuelves a casa, Juan?

            Tras un breve silencio, le contestó con pesadumbre infinita:

           –… ya no estoy seguro de saber el camino a casa.

 

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         “Al final de “Perros de paja”, una de las películas más duras de Sam Peckimpah, el protagonista dice la frase “tampoco yo sé ya cuál es el camino de mi casa…”, tras haber tenido que enfrentarse con la fuerza en una situación carente de los marcos de referencia habituales. Su aventura lo ha dejado “a la intemperie”. Su casa, sus seguridades cotidianas, se han esfumado y han aparecido como contingentes y precarias”[1].

         Hay mucha gente a la que se le ha hundido su mundo, su marco de referencia, sus señas de identidad,… nada les parece tener sentido. Viven como boyas a la deriva, dejándose arrastrar a no se sabe adónde ni para qué por la corriente de los acontecimientos.  Es la ausencia de un sentido estructurante que engendra derrumbamiento. Sin verdad, sin planos,…   sin hogar, sin cosmovisión, sin estrella hacia la que vivir… sin más futuro que el tiempo, ¡ah, el tiempo hueco!

         La vida sin propósito radical, profundo,… genera una angustiosa provisionalidad. La pregunta sobre la finalidad duerme como un volcán, dispuesto a arrojar su incandescente lava sobre nuestra cotidiana existencia.         Las interrogantes últimas de la existencia acompañan siempre el fondo abismático del hombre. Las cuestiones del ser, del mundo, de la verdad, resuenan incansables en la oquedad de la persona.

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         La mirada hacia el camino transitado desde la Ilustración, tratando de saber en qué nos hemos equivocado, pone de manifiesto la endeblez de los fundamentos existenciales, la precariedad del “hogar” construido por la mente humana.

         La “mente sin hogar” se ve expuesta a la intemperie, al desierto desde el que intentará construir, reconstruir, remodelar, la imagen de lo real de acuerdo con otros presupuestos, con otra esperanza.

         Intentando vivir en la insatisfacción invisible: Se puede vivir sin sentido profundo, sin respuestas a las preguntas que todos llevamos dentro,… Pero ello genera una latente e imperceptible desesperanza, un “inaparente” desmoronamiento, una sutil melancolía que muerde en el alma.

         El hombre no puede vivir sin encontrar sentido integral  –totalizante- a su vida. La pregunta de si la vida merece o no la pena vivirla es la pregunta fundamental. Es la necesidad más primaria. La persona sólo se realiza si realiza su sentido.

         La fe otorga su sentido a la vida. Sin fe la vida da en lo de Sartre: en un absurdo, o un azar, un despropósito, o una injusticia; para muchos una burla, un drama espantoso, un mal nausiático,… Y sin embargo, para el hombre de fe nada de esto tiene lugar, pues existe un Sentido.

         “Es el único modo de dar al Universo finalidad dándole conciencia. Porque donde no hay conciencia no hay tampoco finalidad que supone un propósito. Y la fe en Dios no estriba sino en la necesidad vital de dar finalidad a la existencia, de hacer que responda a un propósito. No para comprender el ‘porqué’, sino para sentir y sustentar el “para qué” último, necesitamos a Dios, para dar sentido al Universo”[2].

         La religión da a la realidad y a la historia precaria humana un dosel sagrado, seguridad, estabilidad, orden,… según Dios; uniéndola al más allá, un sentido significativo, una vocación, un destino.

         Quien no ve ¾cree¾ a Dios, entonces toda la realidad le parece plana, carente de profundidad, de significado, sin palabra, muda,… sin lógica, vacía, sin nada,…

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[1] NEBREDA, J. J., Para una historia de las ‘muertes de Dios’, en “Pensamiento”, vol.50, 1994, n.198, p.488.

[2] UD, p.167.

 

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