La Iglesia celebra este año el 27 de julio la V Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores con el tema Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza (cf. Si 14,2). Se establece el cuarto domingo de julio, en torno a la fiesta de los santos Joaquín y Ana, abuelos de Jesús, que se celebra el 26 de julio .
En el primer mensaje del papa León XIV para esta Jornada, en el contexto del Jubileo 2025, el Santo Padre invita a reconocer a los ancianos no solo como destinatarios de la atención pastoral, sino como testigos de la esperanza que, de manera activa, son protagonistas de la vida eclesial.
El papa León XIV ha decidido que quienes no puedan peregrinar a Roma este año podrán conseguir la Indulgencia jubilar si se visita por un tiempo a los ancianos en soledad o si se realiza una obra de caridad o peregrinación donde ellos estén presentes. Continúa, así, el camino del papa Francisco, quien quiso que esta Jornada se celebrase, sobre todo, yendo al encuentro de los ancianos solos.
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El apagarse la vida, el ver desaparecer los seres queridos, las enfermedades, la soledad, el sentimiento de inutilidad y estorbo, etc. da una nota de tristeza en los últimos años de vida de las personas mayores.
Pero aún así, esa vida merece la pena, entre otras razones por estas:
- Es un tiempo «añadido» que forma parte de tu existencia, así querida por voluntad de Dios. Para los que creen en Dios, esto es determinan en la motivación de seguir viviendo; pues la razón de fundamental de la vida del creyente -hijo de Dios- es lo del padrenuestro: «hágase tu voluntad». Para el que no cree esos años se convierten en un tiempo sin sentido -y más si existen complicaciones de salud (que nunca faltan)- y hasta de amargura, que bien podrían ahorrarse… Y claro está, aquí para estos y sobre todo sus parientes y la sociedad, la eutanasia aparece como una solución…
- De modo que no es lo mismo afrontar la vejez desde la fe que sin ella; si se piensa fría y detenidamente, sin ella resulta demoledora e insoportable. Aquí en estos momentos la pastoral y la evangelización tienen un momento propicio para llevar a cabo su misión y razón de ser: es un campo abonado para que se desarrolle la fe o para sembrarla y que crezca. El tiempo disponible, el sufrimiento, el sentido de la existencia, el sopesar lo hecho con su vida, las cosas por las que arrepentirse, la necesidad de ponerse a buenas con la conciencia, el futuro… y la otra vida, etc., todo esto predispone a la apertura a la fe como ninguna etapa de la vida. Es el momento de evangelizar y de pastorear a esa multitud cada vez mayor.
- Por otro lado, si para el mundo materialista en que nos encontramos resultan ser una carga inútil, improductiva, que cuesta dinero a la Seguridad Social, etc., para el mundo de la fe no es así; las personas mayores son una bendición: como decía el papa Benedicto: «Las personas mayores con su oración protegen al mundo». La ancianidad es el tiempo del don de la oración.
- Además, desde la fe aprendemos la consideración, el protagonismo y la relevancia que han tenido personajes mayores: Simeón y Ana, en el momento de la presentación del niño Jesús en el templo, como los abuelos de Jesús. Amén del cuarto mandamiento de honrar a los padres, y de los numerosos textos de las Escrituras -que como imperativos morales- responsabilizan de todo del respeto y cuidado de los mayores.
- Otro desempeño fundamental en muchos casos es el ser transmisores de la fe para los nietos y jóvenes. Especialmente en estos tiempos, donde los padres se han alejado de sus creencias y viven sin religión. Los abuelos viene a suplir esa carencia. Son muchos los casos en que la única fuente de conocimiento y acercamiento a la fe religiosa han sido los momentos vividos con esos seres queridos (muchos casos de gente que se convirtieron y volvieron a la fe recuerdan el testimonio de sus abuelos como determinante…).
- Sus penas ofrecidas, sus sacrificios y renuncias, sus oraciones, sus misas diarios, sus rosarios, sus sencillos gestos de amor, etc., todo se eleva hasta el cielo, convirtiéndose en fuente salvadora para ellos mismos y para los demás (algunos desconocidos, pero por la «comunión de los santos» se ven -aunque lo ignoren- beneficiados de estas gracias obtenidas).
- Y terminamos mencionando lo que dijera el papa Francisco dijera en su mensaje para la primera Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores: «Dios envía ángeles para consolar nuestra soledad«.
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Mensaje del papa León XIV para la V Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores
Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza (cf. Si 14,2)
Queridos hermanos y hermanas:
El Jubileo que estamos viviendo nos ayuda a descubrir que la esperanza siempre es fuente de alegría, a cualquier edad. Asimismo, cuando esta ha sido templada por el fuego de una larga existencia, se vuelve fuente de una bienaventuranza plena.
La Sagrada Escritura presenta varios casos de hombres y mujeres ya avanzados en años, a los que el Señor invita a participar en sus designios de salvación. Pensemos en Abraham y Sara; siendo ya ancianos, permanecen incrédulos ante la palabra de Dios, que les promete un hijo. La imposibilidad de generar parecía haberles quitado su mirada de esperanza respecto al futuro.
La reacción de Zacarías ante el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista no es diferente: «¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada» (Lc 1,18). La ancianidad, la esterilidad y el deterioro parecen apagar las esperanzas de vida y de fecundidad de todos estos hombres y mujeres. También la pregunta que Nicodemo hace a Jesús, cuando el Maestro le habla de un “nuevo nacimiento”, parece puramente retórica: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?» (Jn 3,4). Sin embargo, en cada ocasión, frente a una respuesta aparentemente obvia, el Señor sorprende a sus interlocutores con un acto de salvación.
Los ancianos, signos de esperanza
En la Biblia, Dios muestra muchas veces su providencia dirigiéndose a personas avanzadas en años. Así ocurre no sólo con Abrahám, Sara, Zacarías e Isabel, sino también con Moisés, llamado a liberar a su pueblo siendo octogenario (cf. Ex 7,7). Con estas elecciones, Dios nos enseña que, a sus ojos, la ancianidad es un tiempo de bendición y de gracia, y que para Él los ancianos son los primeros testigos de esperanza. «¿Qué significa en mi vejez? —se pregunta al respecto san Agustín— Cuando me falten las fuerzas, no me abandones. Y aquí Dios te responde: Al contrario, que desfallezca tu vigor, para que esté presente el mío en ti, y así puedas decir con el Apóstol: “Cuando me debilito, entonces soy fuerte”» (Comentarios a los Salmos 70, 11). El hecho de que el número de personas en edad avanzada esté en aumento se convierte entonces para nosotros en un signo de los tiempos que estamos llamados a discernir, para leer correctamente la historia que vivimos.
La vida de la Iglesia y del mundo, en efecto, sólo se comprende en la sucesión de las generaciones, y abrazar a un anciano nos ayuda a comprender que la historia no se agota en el presente, ni se consuma entre encuentros fugaces y relaciones fragmentarias, sino que se abre paso hacia el futuro. En el libro del Génesis encontramos el conmovedor episodio de la bendición dada por Jacob, ya anciano, a sus nietos, los hijos de José. Sus palabras los animan a mirar al futuro con esperanza, como en el tiempo de las promesas de Dios (cf. Gn 48,8-20). Si, por tanto, es verdad que la fragilidad de los ancianos necesita del vigor de los jóvenes, también es verdad que la inexperiencia de los jóvenes necesita del testimonio de los ancianos para trazar con sabiduría el porvenir. ¡Cuán a menudo nuestros abuelos han sido para nosotros ejemplo de fe y devoción, de virtudes cívicas y compromiso social, de memoria y perseverancia en las pruebas! Este hermoso legado, que nos han transmitido con esperanza y amor, siempre será para nosotros motivo de gratitud y de coherencia.
Signos de esperanza para los ancianos
El Jubileo, desde sus orígenes bíblicos, ha representado un tiempo de liberación: los esclavos eran liberados, las deudas condonadas, las tierras restituidas a sus propietarios originarios. Era un momento de restauración del orden social querido por Dios, en el cual se reparaban las desigualdades y las opresiones acumuladas con los años. Jesús renueva estos acontecimientos de liberación cuando, en la sinagoga de Nazaret, proclama la buena noticia a los pobres, la vista a los ciegos, la liberación a los cautivos y la libertad a los oprimidos (cf. Lc 4,16-21).
Considerando a las personas ancianas desde esta perspectiva jubilar, también nosotros estamos llamados a vivir con ellas una liberación, sobre todo de la soledad y del abandono. Este año es el momento propicio para realizarla; la fidelidad de Dios a sus promesas nos enseña que hay una bienaventuranza en la ancianidad, una alegría auténticamente evangélica, que nos pide derribar los muros de la indiferencia, que con frecuencia aprisionan a los ancianos. Nuestras sociedades, en todas sus latitudes, se están acostumbrando con demasiada frecuencia a dejar que una parte tan importante y rica de su tejido sea marginada y olvidada.
Frente a esta situación, es necesario un cambio de ritmo, que atestigue una asunción de responsabilidad por parte de toda la Iglesia. Cada parroquia, asociación, grupo eclesial está llamado a ser protagonista de la “revolución” de la gratitud y del cuidado, y esto ha de realizarse visitando frecuentemente a los ancianos, creando para ellos y con ellos redes de apoyo y de oración, entretejiendo relaciones que puedan dar esperanza y dignidad al que se siente olvidado. La esperanza cristiana nos impulsa siempre a arriesgar más, a pensar en grande, a no contentarnos con el statu quo. En concreto, a trabajar por un cambio que restituya a los ancianos estima y afecto.
Por eso, el Papa Francisco quiso que la Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores se celebrase sobre todo yendo al encuentro de quien está solo. Y por esa misma razón, se ha decidido que quienes no puedan venir a Roma este año, en peregrinación, «podrán conseguir la Indulgencia jubilar si se dirigirán a visitar por un tiempo adecuado a los […] ancianos en soledad, […] como realizando una peregrinación hacia Cristo presente en ellos (cf. Mt 25, 34-36)» (Penitenciaría Apostólica, Normas sobre la Concesión de la Indulgencia Jubilar, III). Visitar a un anciano es un modo de encontrarnos con Jesús, que nos libera de la indiferencia y la soledad.
En la vejez se puede esperar
El libro del Eclesiástico afirma que la bienaventuranza es de aquellos que no ven desvanecerse su esperanza (cf. 14,2), dejando entender que en nuestra vida —especialmente si es larga— pueden existir muchos motivos para volver la vista atrás, más que hacia el futuro. Sin embargo, como escribió el Papa Francisco durante su último ingreso en el hospital, «nuestro físico está débil, pero, incluso así, nada puede impedirnos amar, rezar, entregarnos, estar los unos para los otros, en la fe, señales luminosas de esperanza» (Ángelus, 16 marzo 2025). Tenemos una libertad que ninguna dificultad puede quitarnos: la de amar y rezar. Todos, siempre, podemos amar y rezar.
El amor por nuestros seres queridos —por el cónyuge con quien hemos pasado gran parte de la vida, por los hijos, por los nietos que alegran nuestras jornadas— no se apaga cuando las fuerzas se desvanecen. Al contrario, a menudo ese afecto es precisamente el que reaviva nuestras energías, dándonos esperanza y consuelo.
Estos signos de vitalidad del amor, que tienen su raíz en Dios mismo, nos dan valentía y nos recuerdan que «aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día» (2 Co 4,16). Por eso, especialmente en la vejez, perseveremos confiados en el Señor. Dejémonos renovar cada día por el encuentro con Él, en la oración y en la Santa Misa. Transmitamos con amor la fe que hemos vivido durante tantos años, en la familia y en los encuentros cotidianos; alabemos siempre a Dios por su benevolencia, cultivemos la unidad con nuestros seres queridos, que nuestro corazón abarque al que está más lejos y, en particular, a quien vive en una situación de necesidad. Seremos signos de esperanza, a cualquier edad.
LEÓN PP. XIV

