
14 monjes trapenses en San Pedro de Cardeña (Burgos); la vida de clausura
San Pedro de Cardeña es un monasterio de vida contemplativa situado a 10 kilómetros de Burgos, anclado en la disciplina del Císter. Lo habitan catorce monjes trapenses (dos más están en comisión de servicios), un novicio y un postulante, que reparten las horas entre rezos, labores en el campo, el cuidado de la bodega y la hospedería; que aunque su reino no sea de este mundo hay que pagar el arreglo de la cubierta, 9.000 metros cuadrados de tejas y aleros que piden a gritos que alguien los fije antes de que la cencellada agrande las grietas.
Los monjes -catorce de profesión solemne, lo que significa que han tomado los votos de pobreza, obediencia, castidad y el de estabilidad, que les insta a no cambiar de comunidad– recorren las galerías en silencio, pero basta con abordarles por separado y pegar la hebra cinco minutos para descubrir historias que uno ignoraba que tuviesen cabida detrás de estos muros.
Como la de Guillermo, 43 años, que antes de «recibir la llamada» trabajó en una agencia de viajes y en un NH de Burgos; o la de Javier, postulante -el único que no viste túnica, escapulario y cinto de cuero-, que dio un giro copernicano a su vida después de alternar tiendas de moda textil, la hostelería y, por último, una gasolinera… hasta los 38 años. En enero cumplirá 41. «Donde otros ven sacrificio yo veo compromiso. Esto no me quita la vida; al contrario, me la da».
No son los únicos con un curriculum extramuros. Ismael, novicio todavía en la veintena, se hubiera reído a carcajadas no hace tanto tiempo si le hubieran dicho que acabaría aquí. Estudiante de Física, descubrió que «algo no funcionaba» estando de Erasmus en Inglaterra, entre fiestas que se prolongaban hasta las seis de la mañana y despertares resacosos a las tres de la tarde.
«Me trajo aquí lo mismo que me llevó a estudiar, la búsqueda de la verdad, que hay algo más profundo que lo que se puede encontrar a través de un microscopio o en un laboratorio». Su conversión recuerda a la de Pablo de Tarso. «Yo era ateo, tal cual, y a mi padre, profesor de Religión, cuando quería hacerle rabiar le decía que se fuera a rezar. ¡Quién me iba a decir!».
«Yo venía de la ‘movida’, Dios me hizo polvo»
A su lado, Román sonríe. Él es el encargado de las visitas guiadas a la iglesia gótica, en cuyo Panteón Real permaneció enterrado el Cid ocho siglos hasta su traslado a la Catedral. A este madrileño rubicundo la revelación le llegó cruzada ya con holgura la frontera de los 40.
«Tenía un restaurante, dos tiendas de antigüedades… venía directamente de ‘la Movida’. Dios me hizo polvo -confiesa-, llegó cuando tenía la vida resuelta». Lo suyo, sin embargo, fue un giro meditado. «Viajaba mucho, había tenido varias novias -la más duradera, una relación de diez años-… Imagínate mis amigos. ‘Son las cosas de Román’, me vacilaban, ‘en dos meses estás de vuelta’». No niega que acostumbrarse a esa horma fue duro, «pero es que en la vida, todo lo que es importante cuesta».
La jornada discurre siempre conforme al mismo guion. El trabajo no comienza hasta las diez, si bien las tareas se van alternando. José Luis quería ser Gabriel, pero no tuvo opción de cambiar de nombre -«Ya muy pocos lo hacen, aquí ninguno»– y ahora es maestro de novicios, lo que significa enseñar la Regla de San Benito, el Misterio de Cristo, la historia de la orden del Císter… En su caso, también cuida de la bodega, donde los vapores llevan adhiriéndose a las paredes desde el siglo XII.
La bodega es la que les ha dado de comer, «ha sido nuestro pan de cada día», relata José Luis.
Pero las cosas han cambiado, dice como quien traga un caldo amargo. Han pasado de vender 200.000 botellas al año a sólo 20.000, y eso en años normales. Con la pandemia, la situación no ha hecho sino empeorar».
El descaro de corzos, zorros y jabalíes
Fuera, en el huerto, los monjes han cubierto el plantío de lechugas y escarolas con somieres para frenar las incursiones de corzos, zorros, garduñas y hasta jabalíes, que hozan entre los terrones.
La helada y los pájaros han hecho estragos en los fresales, pero Emiliano, al que cuesta reconocer sin la cogulla -la túnica blanca de mangas anchas que llega hasta los tobillos- se afana con las nueces.
Arriba, tras los muros de piedra de más de un metro de espesor, el hermano David modela belenes: los pinta, barniza y hornea a 900º para que la pintura salga a la superficie. Lleva 50 años entre estas paredes y apenas recuerda la «Valencia fallera» que le vio crecer. Hasta los estudios de Bellas Artes los hizo aquí, cuando no había clases ‘online’ como las que siguen los novicios desde que la pandemia impuso sus ritmos. Cerámica, mosaicos, azulejos… hasta el suelo del claustro románico es fruto de su creatividad.
Brócoli, manzanas y Marcos 10
En el refectorio, las comidas se hacen en silencio, herencia de un tiempo, no muy lejano, en que los monjes -que no lucen tonsura desde el Concilio Vaticano II- llevaban una vida mucho más austera. Se comunicaban por signos; no comían carne -ahora tampoco-, huevos ni pescado; y dormían en cuartos comunales sin calefacción.
Roberto de la Iglesia, el abad, se sienta en la mesa del fondo, presidiendo un almuerzo que huele a brócoli hervido y a manzanas asadas y sobre el que planea la lectura de las Escrituras. Hoy toca Marcos 10, el relato del joven rico.
«Yo era enfermero en psiquiatría y atención primaria, siempre rodeado de gente y expuesto al dolor de la enfermedad mental que tanto estigmatiza». Lo dice mientras ayuda a comer al hermano Julián, que ha caído a sus 90 años presa de la demencia y al que todos prodigan cuidados. Le pregunto por el clima de recogimiento, sólo roto por las visitas que entran en la tienda de recuerdos o se alojan en la Hospedería, su mayor fuente de ingresos y que un año «normal» se traduce en más de 8.000 reservas.
«El silencio del monasterio es como el altavoz de lo que pasa por tu cabeza», desliza, mientras cruza el claustro de arcos de medio punto y dovelas rojas y blancas, camino de los panales donde las abejas se refugian a la espera de la primavera.
«El cierre de los monasterios es un hecho -se sincera-, en apenas veinte años hemos pasado de 950 a 750. Pero eso no debe llevarnos a pensar que la vida contemplativa desaparecerá, porque es un anhelo del corazón humano y siempre habrá gente que necesite volcarse hacia el interior. Quizá lo raro era la situación anterior, fruto de la posguerra y de otro modo de ver las cosas. Al ser comunidades más reducidas, nuestro estilo de vida ha terminado haciéndose más familiar. ¿Sabe? La vida monástica es un continuo despojarse de cargas, como las capas de una cebolla, hasta quedarse sólo con Dios. No nos preocupa tanto el futuro como el hoy. El último que cierre la puerta y apague la luz».
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AL DETALLE
750 monasterios quedan en España, doscientos menos que hace veinte años, consecuencia de la falta de vocaciones y de la dureza de una vida que exige enormes dosis de renuncia.
7 son las horas del oficio divino a las que están llamados los 14 monjes, un novicio y un postulante. Vigilias (5.00 horas), Laudes (7.30), Tercias (9.30), Sextas (13.40), Nonas (15.45), Vísperas (19.00) y Completas (21.15).
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De refugio del Cid camino del destierro a campo de reclusión en la Guerra Civil
Hablar de San Pedro de Cardeña trae de inmediato a la memoria a Mío Cid, el héroe castellano que dejó a su mujer, Jimena, y a sus hijas al cuidado de los monjes cuando iba camino del destierro. Tras su muerte en Valencia, su cuerpo fue expuesto embalsamado durante años en un escaño del presbiterio hasta que se le cayó la nariz. No hallaría definitivo descanso hasta que fue conducido a la Catedral de Burgos.
Por el monasterio, que casi desapareció con la desamortización de Mendizábal, han pasado en sucesivas etapas escolapios, cartujos y capuchinos. Cuando en 1942 llegaron los hermanos de San Isidro de Dueñas, llevaba décadas abandonado.
Sergio García / El Diario Montañés
Texto completo: Religiónenlibertad
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