El evangelio de la misa de hoy, 5 de junio, Jesús lo centra con repetitiva insistencia que sus discípulos de entonces y de siempre han de ser uno en Él y con el Padre: «que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros», «que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta».
Este es el lema elegido por León XIV: «In Illo uno unum» (que seamos uno en el Uno). Con esta expresión de San Agustín subraya a importancia de que el Papa sea instrumento de la comunión interna en la Iglesia, en torno a una misma fe, sin permitir que las ideologías mundanas provoquen divisiones internas entre nosotros. Las manifestaciones inequívocas que ha realizado a lo largo de su ministerio episcopal y como Prior General de la Orden Agustiniana, acogiendo y proclamando el Magisterio de la Iglesia en su integridad, incluyendo los temas mediáticamente más conflictivos que el pensamiento único dominante pretende imponer a la Iglesia.
El papa León XIV por su referencia a San Agustín, que no estaba contagiado de los errores del falso ecumenismo y de la “sinodalidad”, parece ser el indicado para pilotar la Barca de Pedro en estos tiempos de mar turbulenta en el interior de la Iglesia. La unión de los dos sectores o visiones de la Iglesia es como la cuadratura del círculo. Con el camino emprendido la sinodalidad, especialmente en Alemania, la unión de toda la Iglesia sin que desemboque en cisma está difícil.
La sinodalidad como escucha está bien, y la Iglesia lo viene practicando en los consejos pastorales, económicos, etc., pero de ahí, de pasar de ser consejos, consultivos, a pasar a ser deliberativos, decisivos, es otro cantar: tomar decisiones –y más y sobre todo- en aspectos doctrinales y morales, dejaría de ser una Iglesia jerárquicamente constituida por Cristo, para ser una especie de democracia en que la mayoría de los votos se decide todo. Esto va en contra del Evangelio, de la Tradición y de la doctrina de siempre y verdadera, que acabaría con la unidad de la Iglesia.
Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 20-26
En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: «Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.
Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos».
«Culmina el Discurso de despedida de Jesús con esta impresionante oración por sus discípulos, y concretamente en el evangelio de hoy, por aquellos que creerán como fruto de la evangelización posterior. Jesús ora por todos y cada uno de nosotros. ¡Las palabras que dirige al Padre son por mí, por ti! Le pide que seamos uno, como el Padre y él son una misma cosa, que sepamos que es el enviado y conozcamos el amor de Dios por cada uno y cada una.
«Este texto me evoca otra imagen muy reciente, la del nuevo Papa León XIV, recién elegido, ante la multitud de la plaza y de todo el mundo, y sus palabras que clamaban con voz potente por la Paz, en un mundo asolado por guerras, muertes y sufrimiento, y también apelaba a la necesidad urgente de una Iglesia unida, capaz de ser un signo de unidad y comunión en una realidad fragmentada. Ya de espaldas, alejándose del balcón central del Vaticano, la escena era impactante ¡cuánto peso sobre la fragilidad de un ser humano! Quise dibujarle un enorme corazón, que se sienta siempre profundamente acompañado y amado por el Señor.
«Jesús ora al Padre, sintiendo también todo el peso de la cruz que ya le llega: “te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tu me enviaste”. Jesús no pide cualquier unidad, no habla de uniformidad ni de destruir las diferencias, sino de permanecer unidos a Él, como Dios Trinidad es uno, en unión y amor, siempre en diálogo y relación. Y la finalidad no es encerrarse en la felicidad de esa unión, sino ser testimonio ante el mundo de Jesús y del amor de Dios.
«No habrá paz si no aprendemos a vivir y convivir unidos, profundamente conocedores del amor de Dios por cada uno y por todos, apasionados por anunciarle y ser signo de paz y fraternidad.» (Hna. Águeda Mariño Rico O.P. en Dominicos.org).
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Catena Aurea
San Agustín, in Ioannem, tract., 109
Como rogara el Señor por sus discípulos, a los que llamó Apóstoles, unió también a los demás que habían de creer en El, diciendo: «No por ellos tan sólo ruego, sino», etc.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 81
De aquí saca nuevo motivo de consuelo para ellos, descubriéndoles que serán la causa de la salvación de otros, cuando dice: «Que han de creer en mí por su palabra».
San Agustín, ut supra
En lo que quiso designar como suyos, no sólo a los que entonces vivían, sino también a los venideros; y no sólo a los que viviendo oyeron a los apóstoles, sino a los que nacidos mucho después de la muerte de ellos hemos creído en Cristo. Porque los que vivieron con el Señor y le oyeron, predicaron a los demás. Y así su palabra llegó hasta nosotros y llegará a los que vendrán después, que han de creer en todo el mundo. Nótese que en esta oración no ruega por aquellos que a la sazón no estaban con El ni tampoco por los que estarán después, sino que ora por los que creyeron en El anteriormente. ¿Acaso estaban entonces con el Señor Nathanael, José de Arimatea y otros muchos de quienes dice San Juan que creyeron en El? Omito citar al anciano Simeón, Ana la profetisa, Zacarías, Isabel y Juan el Precursor, porque podría responderse que no debía pedirse por tales muertos, que habían salido de este mundo llenos de grandes méritos, lo cual puede igualmente decirse de los antiguos justos. Pero debe entenderse, que los apóstoles todavía no creían con la perfección que Cristo quería que creyeran en El; pero después de su resurrección, enviado el Espíritu Santo, instruidos y confirmados, creyeron como convenía. Mas nos queda por resolver la cuestión del apóstol San Pablo, que dice no fue hecho Apóstol por los hombres, ni por el hombre ( Gál 1,1); y el ladrón que creyó cuando en los mismos doctores desapareció toda fe. Por fin, concluye que entendamos lo que fue dicho «por la palabra de ellos», lo que del mismo Verbo predicaron en el mundo. Se ha dicho, pues, «palabra de ellos» porque ya desde el principio y con mucha solicitud fue predicada por ellos, pues ya se predicaba en la tierra cuando, por revelación de Jesucristo, Pablo la recibió de ellos. Por esto el ladrón creía en la palabra de ellos. Aquella oración, pues, de nuestro Redentor fue por todos los que redimió, ya estuvieran vivos o ya hubieran de vivir después. La razón de rogar por ellos la expresó a continuación diciendo: «Para que todos sean uno».
Crisósostomo, in Ioannem, hom. 81
Aquí pidió para todos lo mismo que arriba para los apóstoles, a fin de que todos (esto es, nosotros y ellos) seamos una misma cosa. Y así termina su oración, como la empezó; pues al principio dijo: «Os doy el mandamiento nuevo de que os améis los unos a los otros» ( Jn 13,34).
San Hilario, De Trin. l. 7
Después demuestra con un ejemplo el provecho de la unidad, diciendo: «Como tú Padre, en mí y yo en ti, para que ellos sean una cosa en nosotros». A saber: como el Padre está en el Hijo y el Hijo está en el Padre, así según la forma de esta unidad entre el Padre y el Hijo todos fuesen una cosa.
Crisóstomo, ut supra
Esto mismo que dice, como, no demuestra expresa y exacta igualdad sino en cuanto es posible en los hombres, a la manera de cuando dice: «Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial» ( Lc 6,36), etc.
San Agustín, in Ioannem, tract., 110
Debe advertirse aquí con eficacia, que el Señor no dijo: «Para que todos seamos uno, sino «Para que todos sean uno, como tú Padre, en mí y yo en ti». Se sobreentiende: Somos uno, porque así está el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre, que son uno, pues son de la misma sustancia. Nosotros en verdad podemos ser una cosa en ellos, pero no con ellos, porque nosotros no somos con ellos de la misma sustancia. Así están ellos en nosotros o nosotros en ellos, para que sean uno en su naturaleza y nosotros lo seamos en la nuestra. Por tanto, ellos están en nosotros como Dios en el templo y nosotros estamos en ellos como la creatura en su Creador 1. Añadió, pues: «En nosotros» para que conozcamos que esto se nos concede, no por nuestros méritos, sino por una fidelísima caridad de la gracia de Dios.
San Agustín, De Trin. 3, 9
O bien, porque no pueden ser en sí mismo una misma cosa los que están separados por diversas pasiones de voluptuosidad, concupiscencia e inmundicia de pecados. Por tanto, deben purificarse por el Mediador, para que sean una cosa con El.
San Hilario, De Trin. l. 8
Esforzándose los herejes en seducir a fin de que de las palabras «Yo y el Padre somos uno» ( Jn 10,30), no se creyera la unidad de naturaleza y la indiferibilidad de la divinidad, sino una concordia nacida del amor de mutua voluntad, adujeron como ejemplo de esta unidad, estas palabras del Señor: «Que todos sean uno», etc. Pero aunque la impiedad tergiverse la comprensión del sentido de las palabras dichas, no es posible apartarse de ellas. Pues, si están regenerados en la naturaleza de una misma vida y eternidad, desaparece el asentimiento individual en los que son de la misma naturaleza. El ser uno es propio solamente de la naturaleza del Padre y del Hijo, porque Dios es el Unigénito de Dios en la naturaleza de su origen 2.
San Agustín, ut supra
¿Qué quiere decir «Para que el mundo crea que tú me enviaste»? ¿Acaso creerá el mundo cuando todos seamos una misma cosa en el Padre y el Hijo? ¿Por ventura no es ésta aquella eterna paz que es más bien el premio de la fe que la misma fe? Pues si en esta vida todos los que profesamos una misma fe somos una misma cosa, por consecuencia somos uno, no para que creamos sino porque creemos. ¿Qué quiere decir, pues: «Todos sean uno, para que el mundo crea»? Ciertamente cuando habla de todos se refiere al mundo creyente. De éstos dirá lo mismo que había dicho en aquellas palabras: «No ruego sólo por ellos, sino por los que han de creer en mí por su palabra» ¿Cómo, pues, lo hemos de entender sino diciendo que no puso como causa, «Para que el mundo crea que son una misma cosa», sino que orando dijo: «Para que el mundo crea», como había dicho «Para que sean uno mismo»? Finalmente, la exposición de esta sentencia será más clara si añadimos la palabra Ruego en todas sus cláusulas: «Ruego que todos sean uno; ruego que ellos sean una misma cosa en nosotros; ruego que el mundo crea por que tú me enviaste».
San Hilario, De Trin. l. 8
O por esto el mundo ha de creer que el Hijo ha sido enviado por el Padre, porque todos los que creerán en El serán una misma cosa en el Padre y el Hijo.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 81
Nada hay que escandalice tanto como la división, así como la unidad de los creyentes edifica para creer. Ya dijo al principio: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amarais mutuamente» ( Jn 13,35), pues si altercaren, no se llamarán discípulos del pacífico Maestro, pues no reconociéndome a mí como pacífico, no confesarán que tú me enviaste.
San Agustín, ut supra
Después nuestro Salvador, que rogando al Padre se mostraba hombre, ahora se manifiesta Dios con el Padre, haciendo lo que El mismo pide. Por lo que sigue: «Y yo les di a ellos la gloria que tú me diste», etc. ¿Qué gloria, sino la inmortalidad que en El había de recibir la naturaleza humana? Indica con palabras de pasado la futura inmortalidad de la predestinación. Debe entenderse, que la inmortalidad que dice ha recibido del Padre, también se la ha dado a sí mismo, pues cuando calla su operación en las obras del Padre, nos enseña la humildad; pero cuando en sus obras nos habla de la operación del Padre, nos prueba su igualdad. En esta forma y ocasión ni se hizo extraño a la obra del Padre, aunque había dicho «La gloria que tú me diste», ni hizo ajeno de su obra al Padre aunque dijera, «La di a ellos»; pues así como por el hecho de rogar al Padre por todos los suyos quiso que se verificara que todos fueran una misma cosa; del mismo modo quiso que se hiciera en su favor lo que dijo: «Di a ellos la gloria que tú me diste», pues a continuación añadió: «Para que sean una cosa en nosotros, así como nosotros somos una misma cosa».
Crisóstomo, ut supra
O llama claridad a la gloria que resulta de los milagros y los dogmas, y para que sean unánimes: por lo que añade: «Para que sean una cosa en nosotros, como somos nosotros una misma cosa»; pues esta gloria de estar unánimes, es mayor que la de hacer milagros, y todos los que por los apóstoles creyeron son una misma cosa; y si algunos se han separado ha sido efecto de su desidia, lo cual a El no se le ocultó.
San Hilario, ut supra
Por el honor dado y recibido todos son una misma cosa, pero no comprendo por qué razón la gracia dada perfecciona la unión. Pero el Señor expuso cierta graduación y orden de consumar la unión cuando dijo: «Y sean una cosa en nosotros», para que siendo El con el Padre una misma cosa por la naturaleza de la divinidad, nosotros lo fuésemos en El por su corporal nacimiento y doblemente El en nosotros por la fe en el misterio del Sacramento de la Eucaristía, quedando demostrada la perfecta unión por el Mediador.
Crisóstomo, ut supra
Ya en otro lugar dice de sí y del Padre: «Vendremos y haremos mansión en él», oponiéndose aquí a la herejía de Sabelio, que establece dos personas y destruyendo la de Arrio que dice que el Padre no viene a los discípulos por el Hijo, sino por sí.
San Agustín, in Ioannem, tract., 110
Ni tampoco esto quiere decir que el Padre no esté en nosotros, ni nosotros en el Padre, sino que por Cristo, Mediador entre Dios y los hombres, se hizo aún más cercano. Por lo que añadió: «Para que sean consumados en una misma cosa», demuestra que la reconciliación obrada por el Mediador nos conduce a la reconciliación, para que disfrutemos de la perfecta bienaventuranza. Por eso sigue: «Para que conozca el mundo que tú me enviaste». No creo que esto deba entenderse como cuando dijo: «Para que el mundo crea», porque mientras creemos lo que no vemos, no estamos aún consumados, como lo estaremos cuando merezcamos ver lo que creemos. Cuando se habla de consumación, debe entenderse conocimiento, como el que se realizará por la visión, no como ahora por la fe. Por ende el mundo lo constituyen los mismos creyentes, no persistiendo enemigo, sino convertido en amigo. Por esto sigue: «Y los amaste, como me amaste a mí», pues el Padre nos ama en el Hijo porque nos eligió en El. Por esto no somos iguales al Hijo Unigénito, pues no siempre se denota igualdad cuando se dice: así como aquello es ésto, sino alguna vez se puede entender: porque aquello es, lo es también esto. Tal es el caso de las palabras «Los amaste como me amaste a mí», con las que se quiere decir: los amaste porque me amaste a mí, pues no hay otro motivo para amar a sus discípulos que el de amarle a El. Como, pues, no aborreció nada de lo que hizo, ¿quién podrá expresar dignamente cuánto ama a los miembros de su Hijo, y cuánto más a su mismo Unigénito?
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 81
Después que había dicho que muchos creerían por ellos y que gozarían de mucha gloria, pasa a hablar de las coronas que les estaban reservadas, diciendo: «Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo estoy».
San Agustín, in Ioannem, tract., 110 et 111
Estos son los que recibió del Padre y El eligió del mundo, pues como dice en el exordio de su oración, «Le dio potestad sobre toda carne (esto es, todo hombre) para que les dé la vida eterna». En lo que manifestó haber recibido todo poder sobre todo hombre, para que salvara y condenara a los que quisiera, por lo que a todos sus miembros prometió el premio de estar con El donde El esté. Y no podrá dejar de hacerse lo que el Hijo omnipotente diga al Padre omnipotente que se haga, pues una es la voluntad del Padre y del Hijo; y si no puede comprenderlo nuestra flaqueza, créalo la piedad. Por lo que atañe a la humanidad, en la que fue hecho de la descendencia de David, según la carne, pudo decir «Donde yo estoy», refiriéndose ya al lugar donde muy pronto estaría. En el cielo, pues, nos prometió que estaríamos, porque a él fue elevada la forma de siervo que tomó de la Virgen y fue colocada a la diestra del Padre.
San Gregorio, Moralium 27, 1
En lo que se ve nuevamente lo que la verdad dice: «Nadie sube al cielo, sino el que baja del cielo» ( Jn 3,13); lo cual no se diferencia de sus palabras, porque hecho el Señor cabeza de sus miembros, segregada la multitud de los réprobos, queda sólo con nosotros; y así como nosotros hemos sido hechos una cosa con El, volverá solo con nosotros allá de donde vino solo.
San Agustín, in Ioannem, tract., 111
En lo que respecta a su divinidad, en la que es igual al Padre, si según ella queremos entender aquellas palabras: «En donde yo estoy, estén ellos conmigo», desaparece del alma todo pensamiento de imágenes corporales y no se comprende la manera en la que el Hijo es igual al Padre, porque nadie puede llegar allí donde no pertenece. Por tanto, no le fue bastante el decir «quiero que ellos estén donde yo estoy», sino que añadió «conmigo». El estar con El es un gran bien, pues los desgraciados pueden estar donde esté El, pero con El sólo están los bienaventurados. Y aun cuando visible (aunque muy diferente), pongamos algún ejemplo: a la manera que el ciego esté en lugar donde hay luz, no está, sin embargo, con la luz, sino ausente de ella, así también no sólo los infieles, sino que también los fieles, aunque no puedan nunca estar donde no esté Cristo, no están, sin embargo, con Cristo por visión, pues no hay duda que el fiel está en Cristo por la fe; pero aquí hablaba de aquella visión con la que «le veremos como es»; por lo que añadió: «Para que vean mi gloria», etc. «Para que vean», dijo; no para que crean, el premio de la fe es la gloria, no la fe.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 81
Pero no dijo para que participen de mi gloria, sino «Para que la vean», dando a entender disimuladamente que toda la bienaventuranza consiste en ver al Hijo de Dios. Dióle, pues, el Padre la gloria cuando le engendró.
San Agustín, ut supra
Cuando, pues, viéremos la gloria que el Padre dio al Hijo, entendiendo aquí que se trata no de la que el Padre, igual al Hijo, le dio al engendrarle, sino de la que el Hijo, hecho hombre, recibió después de la muerte de cruz; cuando veremos aquella gloria del Hijo, entonces se hará el juicio, entonces será echado el impío, para que no vea la gloria de Dios, la cual no es otra cosa que el mismo Dios. Pero si recibimos estas palabras en el sentido de que el Hijo es Dios, «quiero que en donde yo estoy estén ellos conmigo», estaremos con Cristo en el Padre, quien al decir «Para que vean mi gloria que me diste», a continuación añadió: «Porque me amaste», etc. En El, pues, nos amó antes de la creación del mundo, y entonces predestinó lo que se hará en el fin del mundo.
Beda
Llama, pues, gloria, al amor con que es amado por el Padre antes de la creación del mundo. En aquella gloria nos amó también a nosotros antes de la creación del mundo.
Teofilacto
Después que rogó por los fieles y les prometió toda prosperidad, expresa una cosa piadosa, digna y propia de su mansedumbre. «Padre justo, el mundo no te reconoció»; como si dijera: Yo desearía que todos los hombres consiguieran los bienes que he pedido para los fieles. Pero porque te desconocieron, no alcanzarán la gloria y las coronas.
Crisóstomo, ut supra
Me parece que dice esto con tristeza, porque no quisieron conocer al que es tan justo y bueno. Así pues, no es esto lo que dicen los judíos, porque ellos dicen que en verdad, conocen al Padre mientras que el Hijo lo ignora. Pero es al contrario. De donde añade: «Yo, pues, te conocí, y éstos conocieron que tú me enviaste, y les hice conocer tu nombre para hacerme conocer», etc., por el Espíritu Santo, dándoles perfecto conocimiento. Si, pues, aprendieren quién eres tú, sabrán que yo no estoy separado sino muy amado de ti, e Hijo propio y conjunto contigo. Esto procuré persuadirles para permanecer yo en ellos, y así ellos guardarán la fe y el amor que hay en mí. Y sigue: «Para que el amor con que tú me amaste esté en ellos», como si dijera: Amándome ellos, en ellos permaneceré.
San Agustín, ut supra
O de otro modo: ¿Qué es conocerle sino vida eterna? La que no dio al mundo condenado, la dio al reconciliado. Así, pues, el mundo no le conoció porque es justo; así le retribuiste su merecido para que no conociese; pero el mundo reconciliado conoció, porque El es misericordioso, y el conocerte no fue por sus méritos sino por tu gracia. Y después sigue: «Pero yo te conocí». El es la fuente de la gracia, y Dios por naturaleza; pero hombre por gracia inefable del Espíritu Santo, nacido de la Virgen. Finalmente, por cuanto la gracia de Dios viene por Jesucristo, dice: «Y le conocieron» (este es el mundo reconciliado); y así: «Porque tú me enviaste»; luego conocieron por gracia. «Y les hice conocer tu nombre (por la fe), y lo haré conocer (por visión) para que el amor con que tú me amaste esté en ellos». De esta misma frase uso el Apóstol: «Yo he peleado buena batalla» ( 2Tim 4,7); no dice en buena batalla (que sería más usual). ¿Cómo, pues, está en nosotros el amor con que el Padre amó al Hijo, sino porque somos miembros suyos y somos amados en El, como es El todo amado; esto es, la cabeza y el cuerpo? Por eso añadió «Y yo en ellos». Está, pues, en nosotros como en su templo, y nosotros en El como en nuestra cabeza.
Notas
- «La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: «la Trinidad consubstancial». Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: «El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza». «Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina» ( Catecismo de la Iglesia Católica, 253). «El creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros: «Porque somos también de su linaje» ( Hech 17,25-28).
- «Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: «¡Oh Hijo unigénito y Verbo de Dios! Tú que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos, tomar carne de la santa Madre de Dios y siempre Virgen María. Tú, Cristo Dios, sin sufrir cambio te hiciste hombre y, en la cruz, con tu muerte venciste la muerte. Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, ¡sálvanos!» -Liturgia bizantina, Tropario O monoghenis – ( Catecismo de la Iglesia Católica, 469).
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