Un exorcista relata la primera vez que se enfrentó al Maligno: «Me escondí detrás de unas monjas»

Vicepresidente de la Asociación Internacional de Exorcistas.

De niño era muy tímido y le dijeron que nunca sería predicador, pero el padre Rufus ha predicado por todo el mundo y ha practicado cientos de exorcismos. Sin embargo, en su primer caso, se ocultó asustado detrás de unas monjas.

De niño, Rufus Pereira era devoto y buen estudiante, pero muy tímido. Creció en una familia y un pueblecito católico de las afueras de Bombay, en la India, una comunidad evangelizada por San Francisco Javier hace 400 años. En la familia rezaban el Rosario unidos cada día, arrodillados ante un altar casero con la imagen del Sagrado Corazón. “Siempre comíamos juntos y compartíamos las vivencias del día”, explica el hoy popular sacerdote.

Pequeño y fragil entró en el seminario de Bombay, dirigido por un jesuita español, que profetizó que aquel chico canijo y calladísimo nunca sería predicador. Se equivocó.

 
Exorcismo a la hora de la siesta
En julio de 1976 Rufus Pereira realizó, muy contra su voluntad, su primera oración de liberación. Le gustaba la predicación carismática, la Biblia, hablar del amor de Dios… pero “no podía aceptar que en estos tiempos modernos la gente pudiera quedar poseída”. Estaba predicando un retiro sobre la Providencia a las Hermanas de Santa Ana en Secunderabad, en el centro de la India. La misa había sido intensa, la comida también, Rufus se retiró a su habitación a descansar, empezaba su siesta (usa la palabra española “siesta” en su relato en inglés en la revista “Charisindia”)… cuando llamaron a la puerta.


Allí estaban la superiora, la provincial y la maestra de novicias de las Hermanas con dos mujeres, hermanas de sangre, de una familia católica bien conocida en la zona. El hijo de una de ellas estaba en un asilo mental, y pensaban que el chico probablemente no estaba enfermo, sino poseido.


Les dije que no podía ir con ellas a rezar por el chico, y que deberían ser ellas las que rezasen por él. Pero ellas insistieron, y decían que muchas enfermedades y aflicciones emocionales que atormentaban a sus familias se originaban en una diosa-demonio popular, de la que sus ancestros habían sido sacerdotes. Y que aunque iban a misa diaria y rezaban el rosario diario, no mejoraban”.

Rufus no sólo no creía en tales demonios, sino que admite “que estaba enfadado con las Hermanas y la familia por interrumpir mi siesta. Así que les dije que rezaran más. Y como último recurso me dijeron: ´al menos puede rezar por nosotras ahora´. Les dije que ya lo haría luego por mi cuenta. Pero sentí como si el Señor me dijese: ´Rufus, esta gente ha venido buscando a un sacerdote para que rece por ellos ahora. Lo haces ahora.´. Me enfadé un poco con el Señor, pero recé, con bastante reticencia, siento decirlo. Y muy suavemente pedí que Jesús liberase a esa familia de ese demonio… suponiendo que existiese”.

 

“Me escondí detrás de las monjas”
“La reacción fue instantanea e inesperada. La mujer más bajita, la piadosa, que me había estado contando sus problemas mientras sus dedos pasaban las cuentas del rosario, cayó al suelo con gran fuerza y por primera vez en mi vida me vi cara a cara con el Maligno. Me escondí detrás de las monjas, mientras ella me gritaba obscenidades y me gritaba que volviese a Bombay… ¡en inglés, una lengua que ella no conocía!”.

Pereira, que no había recibido ningún entrenamiento para casos así, se quedó estupefacto e impotente, sin saber qué hacer, mientras una veintena de novicias de Santa Ana vaciaban botella tras botella de agua bendita sobre la mujer enfurecida y agitada sin ningún resultado.

 

El poder de la oración en lenguas
De repente, sentí una unción del Espíritu Santo que me dio firmeza, dio poder a la gracia de mi sacerdocio y me guió a rezar con confianza y suavidad en lenguas, la puerta -me habían dicho- de los carismas de poder y conocimiento. Se produjo una transformación inmediata en la mujer. De una cara diabólica de odio y manos como garras, a una contención angelical de gentileza y manos alzadas para alabar a Dios aunque seguía tumbada de espaldas en el suelo. Se sentía muy débil, sin fuerzas, pero con paz y gozo. Su familia la llevó a casa en un vehículo”.


Una semana después, Pereira volvió al pueblo a dar un retiro a sacerdotes. Y las dos mujeres fueron a hablar con él. La hija de la “endemoniada” aseguró que su madre, que durante muchos años había sido de muy mal genio y de carácter imposible, ahora era cariñosa y amable. Además, había recuperado la vista completamente en los dos ojos, porque antes uno estaba ciego y el otro había perdido la mitad de la visión.
La familia, que culpaba a la madre por haber hecho marchar a su marido con su genio imposible, ahora entendía que no había sido culpa suya. Las Hermanas de Santa Ana confirmaron al padre Rufus que toda la familia ahora era feliz y sana.

Rufus Pereira luego estudió cómo realizar el ritual completo del exorcismo, contactó con más exorcistas y crearon la Asociación Internacional de Exorcistas, de la que durante muchos años ha sido vicepresidente. Pero siempre recuerda que su primer caso no lo resolvió con el ritual, sino con una oración humilde en lenguas, la oración carismática que usa el habla sin lenguaje, cumpliendo lo que decía el apóstol San Pablo: “El Espíritu viene en nuestra ayuda en nuestra debilidad, porque cuando no sabemos como orar adecuadamente, el Espíritu mismo pide por nosotros en gemidos que no pueden expresarse con palabras (Romanos 8,26).

 

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