Tiempos difíciles, tiempos de gracia

Dios no abandona, aunque lo parezca. El está ahí, aquí, con nosotros; aunque de la impresión que está como ausente. Es algo sobre lo que no tenemos derecho a dudar ni un instante, pues Él nos prometió que estaría con nosotros hasta el fin (Mt 28,16-20). .

En estos días de apostasía, de alejamiento -cuasi generalizado de Occidente- de lo religioso y persecución de los que no están dispuestos a la infidelidad a la fe herencia del Evangelio, la gracia de Dios se deja notar de manera especial entre el resto -y así hay que empezar a llamarlo ya- que aún se mantienes fieles.

A esta pequeña porción que verdaderamente va en la barca de Jesús, Dios les tiene reservado su atención y cuidado para que no naufraguen. Él, aunque parezca dormir, está atento para decirnos: ¡No tengan miedo! (Mt 8,23-27).

Aunque parezcan pocos, estos son (serán, no tardando), por decirlo así, lo exclusivos del Señor, aquellos que constituirán el grupo de los suyos, la Iglesia de Cristo. Sobre ellos Dios derramará su gracia; está les sustentará en su firmeza, cuando la borrasca arrecie; y ya lo va haciendo.

Esta gracia excepcional, poderosa, ya está mostrando su influencia sobre los que verdaderamente creen. Aquellos que aún pertenecen al rebaño del Buen Pastor han de abrirse a la acción de la presencia del Espíritu Santo que comunica sus dones y se deja sentir para animarles y consolarles.

De modo que a mayor dificultad, mayor gracia. Es la presencia de Dios en nuestras vidas que se nos ofrece más “sensible” que nunca. Dios está ofreciendo su intimidad de manera singular en estos momentos, que bien podrían corresponder a aquellos que anteceden a los profetizados fin de los tiempos.  

Entremos en mayor intimidad con el Señor, reposemos como Juan la cabeza sobre su corazón para escuchar en sus latidos lo que nos quiere decir. Dios nos va a comunicar su gracia, el don de sí mismo. Es el momento oportuno… Cuando la tempestad amenaza nuestra fe, Cristo manifiesta su poder para mantenernos a su lado.

La gracia de Dios se está derramando a raudales, extendemos las manos, abramos nuestros corazones, gocemos de la dicha de serle fieles.

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