Testimonio de santidad

Aunque no se hacen notar ni abundan, personajes como el protagonista de estas líneas existen. En su día, José Antonio, tal vez como la inmensa mayoría de los justos que ya están junto al Señor en su Gloria, no aparecerá entre los canonizados formalmente por haber llevado una vida de santidad como Dios pide invitándonos a  «sed santos como yo lo soy» (Lev 11,44); pero para quienes le conocemos sí que lo es.

De joven, José Antonio perteneció por vocación a la familia dominicana. Orden que abandonó aún joven, sin llegar a ser ordenado sacerdote, por las dudas personales que asaltan en momentos que nunca faltan, unidas a la ausencia de arrope comunitario. Luego, durante toda su vida, trabajó discretamente en una empresa de telefonía por entonces pública. Pero manteniendo siempre la fe y la proximidad a los dominicos. En la actualidad, acude a diario a Laudes y a la Misa a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, en Madrid.

Ahí supimos de él: conocimos su cómo es, qué hace, su talante bondadoso, su calidad palabra y su tranquilo semblante, su humanidad y compasión. A eso de las 7:30 de la mañana; procura que todo esté preparado para la Misa y el rezo de Laudes. Siempre en una actitud afable y servicial. Si alguno de la treintena de habituales asistentes tiene alguna preocupación, problema o disgusto, enseguida se muestra solícito y pide a todos rezar en intercesión… (En este sentido, comparto abajo una experiencia personal vivida).

Desde hace unos quince años tiene acogidos en su casa a un padre y a su hija. Les encontró viviendo en la calle, desahuciados y empobrecidos; el padre había padecido varios ictus, lo que le acarreó que se quedará sin trabajo, la madre les abandono, y se vieron —como otros tantos 40.000 sin techo—  viviendo en la calle. Desde entonces los cuida y atiende. El hombre cada vez fue empeorando en sus facultades físicas y psíquicas, hasta llegar a estos últimos años a una situación lamentable de inmovilidad  y dependencia. En fin, que muchos días llega a Laudes superagotado por tan pesada carga (decir también que José Antonio tiene ya una edad avanzada, mayor que la de la persona a la que cuida). Aún así, sin apenas fuerzas, no falta ningún día a la cita matutina ante el Señor. Un dato más -por si fuera poco-, la niña, ya una joven de más de 25 años, posee una cierta inmadurez psicológica y emocional, y que como sucede con una considerable parte de la juventud de hoy, «vive a la sopa boba», y se despreocupa de la atención a su padre, dejando a José Antonio tan dura tarea. El cual, en su bondad, pacientemente lo sobrelleva, esperando que un día cambie y se convierta a la luz de su testimonio.

Además de ello, José Antonio es de una profunda sensibilidad espiritual y de oración. Algunas veces, mientras realiza la lectura de la Misa se le puede ver cómo, embargado de emoción, se le desliza por el rostro alguna lágrima. Y en cuanto a la oración, en alguna ocasión le oímos decir, modo de consejo, que procuremos hacerla espontáneamente, que nos dirigiéramos al Señor sin usar las oraciones habituales, dialogando directamente sobre lo que nos surja, con naturalidad.

Ahora cuento la experiencia mencionada: aún no hacen dos años mi hermana falleció a consecuencia de una enfermedad incurable. Días antes José Antonio se entero y corrió la voz para que el grupo de Laudes y Misa se pusiera a rezar intercediendo… por su salud y salvación.

El día 10 de enero de 2018 a las 23 horas acudía a la habitación 626 de un hospital madrileño el capellán, para administrar la unión de enfermos a mi hermana. Breve instante después de que el sacerdote abandonara la  habitación, mi hermana moría repentinamente. Momentos antes pensábamos que viviría como mínimo varios días más -una semana, tal vez-, e incluso albergábamos la remota esperanza de que se recuperara. Teníamos pensado llamar al capellán en los días próximos, viendo la evolución… Pero como por una aviso del cielo, la enferma sufrió como un corte de respiración momentáneo (como si fuera un aviso); lo que nos hizo tomar la decisión, a pesar de la hora tan tardía, de llamar al sacerdote. Que enseguida acudió. No nos cabe la menor duda de que el Señor espero y dio tiempo para que se le administraran los sacramentos. Un detalle singular a reseñar fue que la enferma, dada su penosa dolencia de años, tenía el rostro contraído por la enfermedad; pues bien, momentos después de inspirar la cara se le relajó adquiriendo un semblante extraordinariamente sereno, apacible, sin tensiones ni arrugas. Se había producido una transfiguración, sin duda por efecto de la presencia de la gracia divina.  

No me cabe la menor duda que los milagros existen, y son, incluso, más habituales y silenciosamente cotidianos de lo que pensamos. Pero son sólo apreciados por la fe, pues suceden en el plano espiritual y fundamentalmente por causa de nuestra salvación.

La oración tiene un gran poder, y sobre todo si es comunitaria y si en ésta hay personas santas y misericordiosas, como José Antonio.

“Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo” (Mt 5,16), tal y como pide Jesús a los suyos, los bautizados, ser antorchas vivas de fe en medios de los seres humanos para que les ilumine con su bondad, su humanidad, su compasión, su santidad…

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