STINISSEN, W., Meditación cristiana profunda

           Wilfrid Stinissen Carmelita descalzo belga, nacido en Amberes el 10 de enero de 1927 y fallecido en Tágarp, Suecia, el 30 de noviembre de 2013, Es autor de numerosas nuevas obras de vida interior. Las líneas que les presentamos hoy es este contemplativo es una exquisita obra[1] de espiritualidad. 

         “Tu humillas al Dios infinito haciendo de él una vaca de leche, que se estima por la leche y el queso, por el beneficio” (Meister Eckhart). 15

         La oración cristiana  es, por el contrario, un don libre de dios. en la mística cristiana todo es gracia. Podemos orar y pedir esa gracia, podemos prepararnos y abrirnos ante ella, pero no podemos hacer más. Todo esto implica que la técnica no es tan importante para la oración cristiana. La técnica no puede forzar a Dios. 15-16

         El espíritu Santo no puede inflar las velas porque no están izadas. 16

         El hecho de que la meditación cristiana sea vida, implica además, una influencia recíproca entre meditación y acción. La meditación influye en la acción y la acción en la meditación. Aquel que no busca poner su vida de acuerdo con el mandamiento de amor del Evangelio no podrá llegar lejos en la meditación cristiana. 16-17

         De la misma manera que la ética evangélica no funciona sin mística, la mística no funcionará jamás sin ética. 17

         Aquel que medita se deja crear por Dios, el Amor actuante, se encentra inspirado y estimulado por la energía liberadora  de Dios. se convierte en portador del espíritu. Meditar es exponerse a la influencia de Dios que nos conduce a la acción. 17

         La experiencia de Dios aporta una conciencia más profunda del Estado en que se encuentra el mundo y suscita el deseo de encaminar al mundo hacia el Reino de Dios. 17

         Si se concibe a Dios como el amor que salva, entonces la meditación en que nos unimos a este amor debe necesariamente conducir a un compromiso activo por la liberación de la humanidad. El cristiano que se deja crear por Dios recibe conscientemente su ser de Dios y este ser es idéntico al amor que es donde sí mismo. 18

         “En él tenemos la vida, el movimiento y el ser” (Hech 17,28)

         “El descubrimiento más profundo de mi mismo es: soy alguien al que Cristo ama”. (Thomas Merton). 21

         Lo impensable tiene lugar: Dios se hace servidor del hombre (cf. Lc 12,37)  21

         Cuanto más se acerca Dios a mostros, más incompresible nos parece, con ya de manera abstracta, sino de manera concreta. 25

         Este compromsio por la cruz no es necesariamente algo extraordinario, grandioso. Al contrario puede se muy pobre y modesto. La cruz es más verdadera cuando la encontramos a nivel de lo citadino. Podemos aquí seguir las enseñanzas de Sata teresa del Niño Jesús. Carelita, la tarea de su vida era la oración. Sin embargo no se puede encontrar un ejemplo más chocante de alguien que ha fracasado tan totalmente en toda su oración, en cuanto prestación personal. “Debería afligirme, escribe, por el hecho de dormirme (desde hacia siete años) durante mis oraciones y mis acciones de gracias; pues bien, no me aflijo”. Teresa, que no quiere dispensarse de la más mínima regla, no duerme lo suficiente. Pero ella ve todo con la mirada de la fe. Por eso no experimenta ninguna pena. La providencia de Dios dirige todo: “Todo es gracia”. Su sueño entra en el plan de Dios. Es, en parte, a través del sueño como Dios cumple su obra en ella. Sus referidos fracasos  en la meditación no impiden a teresa convertirse en una gran mística. “Siento que El está en mí, en cada instante; El me guía y me inspira lo que debo decir o hacer”. Ahí está la forma más verdadera y la más pura de obediencia cristiana. 30

         Tal prospectiva hace aparecer como un poco ridícula la búsqueda febril de experiencias que se encentran, a veces, en las corriente modernas sobre la meditación. Nada hay más extraño para el cristianismo que este deseo de tener experiencias.  En la oración cristiana se trata por el contrario de perder todo, incluso lo que nos parece que nos une a Dios.

         Es ahí donde la meditación encuentra su significación más profunda: nos permite ser lo que somos y nada más. Somos criaturas y nos dejamos crear conscientemente. Podemos decir con Pablo: “lo que soy, lo debo a la gracia de Dios” (1 Cor 15,10)  30

         No podemos dar nada a Dios que no hayamos recibido de El: “Nosotros amamos, porque El nos amó primero” (1 Jn 4,19). En nuestra relación con Dios, los dos aspectos del amor coinciden, la apertura y el donde sí. Nuestro amor de Dios consiste en ser un espacio abierto en el que Dios tiene la posibilidad de ser él-mismo, es decir, amor que se da. Santa Teresa del Niño Jesús ha percibido esto admirablemente: en su acto de ofrenda al amor misericordioso se ofrece a sí misma como una vasija vacía para dar a Dios la ocasión de verterse en ella. La única cosa que podemos ofrecer a Dios es nuestra apertura.  39

         La verdadera personalidad del hombre no es no importa qué amor, sino el amor divino. El amor auténtico es siempre divino. (..) “Allí donde existe caridad y amor, allí está Dios”. La descripción del juicio final que hace que Jesús muestra que el hombre que hace algo pro un hermano o por una hermana con amor desinteresado, está necesariamente en contacto con Cristo (Mt 25,31ss). Vive una vida divina, lo que significa que la puerta del cielo está abierta para él; hay continuidad entre su vida divina aquí en la tierra  y la vida en el cielo (cf. Jn 5,24; 1 Jn 3,14). Nuestra personalidad auténtica es “el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5). 40

         Pro eso no es fácil separar nuestro espíritu del espíritu Santo. “El Espíritu Santo mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios”. (…) Para Pablo, como el autor del Génesis, el hombre tiene un espíritu por el hecho de que Dios le comunica su espíritu. El hombre tiene en común con los demás animales, la vida animal; la sangre es la portadora de esta vida. Pero el espíritu del hombre viene directamente de Dios; se debería pues escribir la palabra “espíritu” a la vez con y sin mayúscula. 40

         Pero ¿no desaparece así la diferencia entre Dios y el hombre y no es una blasfemia afirmar que Dios y el hombre no son más que uno? (…). Es evidente que existe una distancia infinita entre Dios y nosotros: Dios es Dios en sí y para sí, y nosotros somos dioses por participación, por pura gracia. La viña es más que los sarmientos. Nos e le ocurriría a la rama tomarse por el tronco y si llegase a hacer y se alejase orgullosamente del tronco, la experiencia no tardaría en hacerla entrar en razón (Jn 15,4-5). Sin embargo es la misma savia, la misma vida la que corre por el tronco y por las ramas. Los místicos han expresado a menudo la unidad entre el hombre y Dios mediante la imagen del hiero que se ha convertido en fuego: ¿dónde está el fuego y dónde está el hierro?. 41

         Desgraciadamente hemos acotado la santidad dentro de la esfera moral. La palabra “santidad” está reservada a los hombres que se distinguen pro s su virtud heroica. Parece presuntuoso aspirar a la santidad. Pero la santidad es, antes que nada, una realidad ontológica, es decir, ligada al mismo ser. Es porque no nos consideramos santo por lo que no podemos actuar como santos. “Sois… vivid pues…” (Ef 5,8). La santidad debería ser nuestro punto de partida y muestra finalidad. 42

         Es necesario  distinguir entre el orgullo y la conciencia de la dignidad propia. El orgulloso cree que es, y puede, algo por sí mismo; se considera el origen y  el fin de todo. la conciencia de la propia dignidad es, pro el contrario, un sentimiento completamente justificado; se sabe que se ha recibido algo precioso, se reconoce y se agradece. El más bello ejemplo de esta actitud es María: reconoce que le han ocurrido “grandes cosas” pero es “el Poderoso el que las ha hecho” y “santo es su nombre” (Lc 1,49) 42

         Una fuente que no se agota jamás murmura en nuestras profundidades. Cuando en Lourdes, la Virgen María pide a Bernadette que cabe con sus manos en la arena para que pueda surgir la fuente escondida, no es cosa tan rara como pudiera parecer la primera vista. Es una especie de arquetipo. La fuente había estado siempre allí, pero nadie lo sabía (Gn 28,16).  43

         El amor no es algo que se pueda conquistar, poseer o dominar. El amor es algo que se es  en lo más profundo de sí mismo. No es necesario buscarlo, existe. Y aquel que encuentra el amor en él mismo lo encuentra al mismo tiempo en los demás. No inclinamos profundamente ante los demás como el Padre, el Hijo y el Espíritu  se inclinan profundamente uno ante el otro. El que ha descubierto en él mismo el amor ya no puede amar a otra cosa más que el amor. Lo que ama en el otro no es la belleza de su cuerpo, su inteligencia luminosa, sus maneras agradables. En realidad es empequeñecedor amar tales cosas en otro: le degradamos reduciéndole a alguna cualidades que muy a menudo palidecen y desapareen al envejecer. El verdadero amor, ama el amor en el toro, pues es el amor el que constituye su dignidad. Allí se encuentra también la verdadera alegría. Esta consiste, justamente, en reconocer el amor, despertar este amor y tomar conciencia de él. La relación de amor que se instaura de esta forma  es fuerte, esencial, es un vinculo que no ata, sino que libera. 43-44

         Si es cierto que en lo más profundo de mostos mismos somos amor de Dios, todo desarrollo consistirá en volver a esta profundidad. En ella somos santos, en ella somos imagen de Dios. Ciertamente estamos heridos por el pecado pero no destruidos. Nuestra herida consiste en que ya no vivimos en nuestro centro. Si, nuestro pecado es el de renegar de nuestra naturaleza profunda. E incluso, para hablar como Terea de Jesús que compara el alma con un castillo de siente moradas: vivimos en la superficie del castillo interior, en las murallas, en el lugar donde existen serpientes venenosas. Pero la séptima morada en el centro del castillo, todo es puro. Cualquiera que sea nuestro comportamiento, Dios permanece en el centro de nuestra alma. Ni saquera nuestro pecado puede expulsarle. Teresa hace observar que “la fuente o este sol resplandeciente que se encuentra en el centro del alma, no pierde ni su resplandor ni su belleza; está siempre dentro del alma, y nada puede arrebatarle su magnificencia. Pero el alma, después del pecado, es con relación a este Sol divino como el cristal que se expone ante el sol, después de haberle recubierto con un lienzo negro; es evidente que aunque el sol brille, su luz no pasa a revés del cristal”. (“Las Moradas”, I, 2.). 44  

         SE debe recordar incesantemente al hombre su dignidad. Debe recordar el paraíso perdido. Es sobre todo San Agustín el que describe el desarrollo espiritual del hombre como una anamnesis. Según él, el alma humana, por analogía con Dios, se manifiesta como Trinidad: memoria, inteligencia y voluntad.  (…)  No se trata aquí de la memorizaría empírica que recoge las impresiones y las experiencias que encontramos en el curso de nuestra vida, sino de la memoria metafísica que conserva lo que hemos recibido directamente de los en la creación. 45

         Pero ¿por qué es precisamente la memoria la que constituye el fondo del alma? El neoplatónico Agustín estaba fuertemente marco por Platón. (…) Las ideas remozan en la memoria como adormecidas. Por la “anámnesis” pueden volver a ser conscientes. 45

         “Nos has hecho para Ti y nuestro corazón no descansará hasta que descanse en Ti”. (San Agustín, I, 1, PL 32, 661.). El hombre es creado en estado de “enamorado” de Dios. Este amor innato ha caído en alguna media en el olvido, pero como pertenece a la esencia del hombre no puede ser completamente borrado. El hombre puede intentar reprimirlo, pero el deseo de Dos vive siempre en lo más profundo de su subconsciente.  (…) La orientación original y fundamental hacia Dios continúa vivo en el fondo de su memoria. Esta tracción que Dios deposita en él al crearle, es de naturaleza divina: es una participación en la vida de la Trinidad en la que las tres personas se dan una a la otra. 46

         El que ha descubierto la vida ha resuelto la cuestión de la muerte. La muerte se convierte en una imposibilidad. Agustín afirma que el mal no tiene existencia metafísica: el mal es simplemente una falta de ser. El mal no viene de Dios, sino del diablo, y el diablo no puede crear realidad, sólo puede hacer un mal uso de ella, es el mentiroso (Jn 8,44). La muerte es igualmente falta de ser. La muerte no es la compañera de la vida. Lo que existe es la vida, la paz, la alegría. 48

         Los cristianos no debemos creer que tenemos el monopolio de Cristo. Todos los hombres llevan su huella porque todos son creado a su imagen (Col 1,15-17). Su vida los penetra a todos. (..) “He escrito esto pensando en el nombre que esta religión tejen hoy y no en la realdad misma de lo que se llama así. Pues esta realidad (res ipsa) que se llama ahora religión cristiana existía ya en los antiguos y no ha estado jamás ausente desde los comienzos de la humanidad, hasta el día en que Cristo ha aparecido como hombre. La varadera religión, que existía ya, recibió ese día el nombre de religión cristiana.” (San Agustín, “Retractaciones”, I, 12, 3 PL 32,603). (..) “La realidad misma” existía desde el principio del mundo y estaba dirigida hacia Cristo. en Cristo se manifiesta lo que antes estaba escondido. 49

         Se reconozca o no, Cristo está presente. Debemos aprender a ver la gracia como algo que forma parte del ser del hombre, y esto exige renovar  nuestra forma de ver la creación. Cuando Dios crea al hombre, le crea en un estado sobrenatural. Los Padres griegos subrayan que lo que en teología se llama “gracia increada”, es decir, Dios, nos es comunicada en y por el acto mismo de la creación. La creación no aparece primero, para después ser elevada a un orden sobrenatural. La gracia está más bien contenida en la naturaleza; es natural para nosotros ser sobrenaturales. La vida que tenemos es divina. La esencia de la gracia consiste antes que nada en hacernos existir. En lo más profundo de cada ser humano corre una fuente que es Cristo. Muchos lo ignoran completamente. Los cristianos, por el contrario, en la medida en que  son  cristianos, son conscientes de esta fuente y viven en ella conscientemente. La vida crística que brota del corazón de cada hombre quiere derramare y llenar todo su ser, sus pensamientos, sus sentimientos, sus deseos e incluso su cuerpo. Esto se produce o debería producirse en los cristianos de manera natural. Son hombres iluminados: saben que su verdadera vida es Cristo y tienen a su disposición medios determinados, los sacramentos, que hacen que esta fuente profundamente enterrada, pueda correr libremente. Todos los hombres son hijos de Dios. Pero estar bautizado significa: ahora lo sé, y a partir de este momento he recibido la fuerza para vivirlo. 50-51

         Cristo es el yo profundo de todo hombre. No porque sea idéntico a Cristo, sino porque pertenece a Cristo como el sarmiento pertenece a la vid. (…) Sólo un cristiano puede dar una respuesta adecuada a la cuestión: “¿Quién es el hombre?” Puesto que Cristo es el Hijo del Hombre, es imposible describir al hombre sin referirnos a El. Una antropología auténtica presupone una cristología. 51

         Cuando la antigua teología enseña que en el bautismo el hombre recibe la gracia santificante y que en ese momento Dios establece su morada en él, no quiere decir que Dios no esté presente antes del bautismo. Tomás de Aquino explica que no hay ningún cambio por parte de Dios. El cambio se produce en el hombre. Empieza a tomar conciencia de que no está solo, empieza a conocer y a amar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Se convierte en una morada para la trinidad. Solamente ahora puede decirse que las tres Personas divinas viven en él. Antes Solo Dios le amaba, ahora el amor es recíproco. (Summa Theologica, Pars I, q. 43. art. 3. ) 51

         Las neurosis tradicionales con las que Freud y sus sucesores nos han familiarizado y que tienen su origen en la represión de los instintos, ceden el puesto, cada vez más, a una neurosis más profunda que resulta de la pérdida de contacto, por parte del hombre, con el nivel trascendente de su ser. Esta alienación le precipita en un abismo de absurdo y de soledad. La represión del Espíritu de Dios conduce necesariamente al melancolía, dice Kierkegaard. 52

         Tu “yo” profundo es amor, amor divino. Sólo en este amor llegas a ser tú-mismo; mientras vivas detrás de tu atrincheramiento, no ha empezado a vivir. El que vive a partir de su  personalidad artificial, de sus emociones, de su angustia, de sus frustraciones, se convierte en una marioneta. Corre desde una compensación a tora, siempre en busca de novedades. 53

         Estamos sobre la tierra para ser instrumentos de Dios. Nos ha sido encomendada la tarea de colaborar con el creado, lo que da al trabajo una dimensión nueva. Hacemos pequeñas cosas pero con mucho amor. Las cosas se convierten en un ceremonial de amor, en ellas y a través de ellas el amor encuentra su expresión concreta. Las pequeñas cosas se convierten en grandes. Pero las grandes cosas se convierten también en pequeñas, en el sentido de que no podemos vanagloriarnos de anda, sólo somos instrumentos. 55

         El yo superficial no trabaja ya para él mismo, sino que está ahora al servicio del yo profundo, del amor con el cual está en armonía. como Juan de la Cruz dice en el Cántico Espiritual: “Ya no tengo otra ocupación que la de amar” (estrofa 20). 55

         ”Orar es respirar, escribe Kierkegaard, y por eso la pregunta: “¿por  qué hay que rezar?” es una pregunta tonta, ¿Por qué hay que respirar? Porque si nos morimos. La ausencia de oración conduce a la muerte espiritual”. 72

       Hemos de reconocer que el cuerpo terrestre no se adapta ya al espíritu humano cuando éste está completamente poseído por el Espíritu Santo. Puede ocurrir el cuerpo irradie por el Espíritu Santo que vive en él, de tal forma que comience a anticipar el cuerpo glorioso y deje ver la gloria del Espíritu. La tradición ortodoxa habla en ese caso, siguiendo a Gregorio Palamos (1296-1359), de la luz del Tabor; ésta penetra al hombre como una energía divina y se hace visible en el cuerpo. Pero este fenómeno es muy raro y no es nunca continuo. Existe una desproporción entre el cuerpo terrestre y la vida “espiritual” cuando ésta alcanza cierto grado de intensidad. “No toda carne es igual” escribe Pablo. Existe un cuerpo mortal, corruptible y “un cuerpo espiritual, glorificado, inmortal” (1 Co 15,39-44).  Sólo este cuerpo glorificado está completamente adaptado al Espíritu Santo que vive en nosotros. Sólo cuando recibamos el cuerpo glorificado podremos vivir en una armonía total. 80-81

          Tenemos que aprender a ver las coas en su estado original, evitando mezclarlas constantemente con nuestros propios juicios, nuestros recuerdos, nuestras experiencias anteriores, nuestras aspiraciones. Nuestro contacto con las cosas no debe establecerse solamente por medio de la “percepción”.  Tenemos que encontrar la “sensación” original y pura. Por medio de la percepción concomemos las cosas, las evaluaciones, las etiquetamos, las mantenemos en los límites de su contenido objetivo, concreto. La percepción implica la relación “sujeto-objeto”. Estos objetos están a mi servicio y pueden enriquecerme. Todo ocurre en la “esfera del tener” (Gabriel Marcel). 85-6

         Cuando nos encontramos con las cosas no a partir del yo superficial, agresivo y ansioso sino del yo profundo, nos fusionamos con ellas. Reconcomemos nuestro se en su ser y ellas nos reconocen. Surge una simpatía profunda y recíproca. Surge una simpatía profunda y recíproca. Francisco de Asís (1181-1226) predicaba a los pájaros y éstos se paraban a escucharle. Los yoguis meditan en la jungla, sin angustia, sin ser molestados: los animales salvajes no los hacen ningún daño. Es como una gran simpatía. Todo lo que existe (cosas, naturaleza, hombre) toca su propio instrumento y el conjunto ofrece una unidad melodiosa. 88

       El que no tiene tiempo para mediar prueba, de esta forma, que no considera la meditación como algo importante. 95

         En el fondo de este temor y desprecio y por el trabajo, existe una concepción errónea del mundo. Confundimos nuestro mundo concreto con el mundo contra el que el Nuevo Testamento, y sobre todo Juan, nos ponen en guardia: el “mundo” de Juan es el espíritu del mundo, es decir, el espíritu de orgullo, avaricia y de egoísmo. ( 1Jn 2,15-16). Este espíritu del mundo, no le encontramos sólo en el mundo, sino que se encuentra también en nosotros mismo. NO es el trabajo en sí mismo el que es peligroso, sino nuestra manera egoísta de trabajar. 96

         San Fráncico de Sales dice lo mismo: “Mi querido Teótimo, por lo que se refiere a los éxtasis sagrados, los hay de tres clases. Uno es el del entendimiento, otro el de la afección y el tercero el de la acción”. Dedica un capítulo a cada uno de estos éxtasis y escribe al final: “La tercera especie de éxtasis… corana a las otras dos: es el éxtasis de la obra y de la vida”. 97

         El que quiera hacer de su trabajo una meditación, debe olvidarse de sí mismo, Peiwoh. O para decirlo más claramente: de morir. 98

         En la meditación no hacemos más que morir para vivir, sin fin. En cada espirtación volvemos a Dios y nos perdemos en El. En cada inspiración, resucitamos a una vida nueva, más pura, más enraizada en Dios, más transparente. Es una muerte y un renacimiento incesante. Lo mismo puede producirse en nuestro trabajo. En lugar de alimentar nuestro pequeño yo podemos dejarlo morir y dejar el sitio al ser y a la acción infinitos de Dios, de tal manera que no soy yo quien actúo, sino El quien actúa en mí. 98

         Trabajar sin pensar en el resultado que vamos a obtener contribuye eficazmente a despegarnos del “yo”. En general, pensamos  más en el resultado que en el trabajo que estamos haciendo. Puede que reamos realizar así un mejor trabajo, pero es lo contrario lo que ocurre.  98

         Evidentemente, es necesario conocer las razones de tal o cual trabajo. Este debe ser de alguna utilidad. Pero no hay que pensar en los frutos del trabajo durante la ejecución. El trabajo requiere que se concentre en él toda la atención, lo cual exige, y crea al mismo tiempo, un gran desapego. 99

         Vivekananda escribe: “Objetivo y medios deben llegar a ser una misma cosa. Cuando trabajas, no pienses en ninguna otra cosa. Realízate como una acción sagrada, como la forma más elevada de adoración. Mientras dure el trabajo, conságrale todo  tu ser. Cumplir con sus obligaciones sin preocuparse por el resultado, es el verdadero camino hacia la perfección suprema”. Anthony Bloom dice lo mismo: “Lo que busco, es vivir toda situación desde el interior, y darme completamente, sin dejarme sin embargo esclavizar pro ella. Lo esencial es no preguntarme nunca cuál será el resultado de lo que hago; eso es asunto de Dios. ” 99-100

         Hace algunos años, el Superior General de nuestra Orden, el actual cardenal-arzobispo de Turín visitó nuestro filosofado en Gante, Vino al aula durante una lección y plateó a los estudiantes la pregunta siguiente: “¿Por qué estudiáis la filosofía?” “Para prepararnos mejor en nuestro futuro trabajo de sacerdotes”, respondió uno de ellos. “Para comprender mejor el espíritu de nuestro tiempo y situarnos en la misma onda que nuestro contemporáneos”, dijo otro. Pero en General no esta satisfecho. “Estudiáis la filosofía, dijo, porque la voluntad de Dios es que precisamente ahora estudiéis la filosofía”. Respuesta que parecerá completamente insensata al que sólo vive a nivel de prestaciones y de resultados. Por medio de su respuesta, el General quiso llevar  a los estudiantes hacia aquel nivel más profundo en que “medio y fin son una misma cosa”. 100     

         Cuando se trabaja sin querer alcanzar un resultado, sin buscar un beneficio, sino únicamente porque esa es la tarea del momento, unos e da cuenta de que está en su propio centro. A partir de este centro, sin abandonarle, se alcanzan las cosas. Generalmente es lo contrario lo que ocurre.  100

         El que permanece en su centro está liberado con respecto a su propia acción. Lo  vemos en sus gestos. No está pegado al objeto. Puede actuar rápidamente, sin agitarse. 101

         El hombre se transforma pro su acción en el mundo. El objetivo permanente es el de convertirse en luz (Mt 5,14), pero no en un foco luminoso independiente, sino pura transparencia a la luz de Cristo que está en nosotros (Jn 8,12). 104

         “¡No veamos más que cada instante!… un instante es un tesoro… un solo acto de amor nos hará conocer mejor a Jesús… ¡no acercará a él para toda la eternidad!” (Santa Teresa del Niño Jesús). 107

         Los que un día descubrieron la alegría de la oración se quejan de no tener tiempo para orar. Quisieran orar continuamente, lo que significaba para ellos pensar siempre en Dios. Dan demasiada importancia a la conciencia, a los estados de conciencia. Pero su importancia no es tan grande como se cree. Podemos comprender esto si penamos en la acción definitiva con Dios que Teresa de Jesús llama ”matrimonio espiritual”. Se está unido de manera permanente a Dios, día y noche, pero sin ser siempre consciente de esta unión. Puede ocurrir que un trabajo exigente movilice todos nuestros pensamientos, pero basta un instante de interrupción para que esta unión remonte espontáneamente a la conciencia. 110

         La oración es un estado de completa disponibilidad ante Dios.  Muy A menudo creemos que para rezar hemos de pensar en Dios. Pero esta disponibilidad existe a un nivel más profundo. Consiste en hacer exactamente lo que Dios quiere que hagamos. En ser más que un instrumento de Dios y nada más. 112

         Un día en que Teresa del Niño Jesús estaba en cama, gravemente enferma (dos meses antes de su muerte), la Madre Argnés le confesó su temor de verla sufrir aún más. Teresa respondió: “Nosotros avanzamos en el camino del Amor y por eso creo que no podemos pensar en el dolor futuro porque eso es una falta de confianza y es como entrometerse en la creación”. Dios es el creador y el hombre su creación. El hombre debe quedarse en su sitio y dejar que Dios cree, recibir de El su ser en el presente sin querer dirigir demasiado el proceso de creación. Por sus preocupaciones y su angustia respecto al futuro, el hombre obstaculiza la obra creadora de Dios. (…) Una antigua sabiduría nos aconseja que no debemos anticipar nuestras dificultades. Correríamos en efecto el riesgo de vivirlas dos veces. ¡Cuántos problemas inútiles nos provocamos a nosotros mismos al querer ayudar a Dios en la obra de su creación! 115

         Ser cristiano significa buscar y llamar a la puerta incesantemente. El hombre tiene un efecto un gran potencial que no está aún actualizado. Como Abraham (Gn 12,1) debe ponerse en camino sin cesar. Sólo Dios e un acto absolutamente perfecto. 120

         Puede ayudarnos a vivir cada vez más en el presente es, paradójicamente, pensar a menudo en la muerte. (…) La muerte es el principio de la eternidad, del instante eterno. La muerte tiene, pues, una dimensión de eternidad y el que es amigo de ella participa en cierta medida en esta dimensión. Jesús muestra lo importante que es pensar a menuda en la muerte, cuando la historia del rico labrador que quería destruir sus graneros para construir otros mayores y poder así comer, beber y disfrutar de su trabajo sin preocupaciones. “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?” (Lc 12,16-21).  El labrador rico pensaba en el “Después” y estos pensamientos le impedían acoger el mensaje del presente. Si por el contrario hubiera pensado en el final, habría podido comprender la tarea del instante, a saber, que se trata de amar y no de gozar. La muerte proyecta su luz sobre la situación presente: manifiesta que el instante nos da una ocasión de amar. Y proyecta al mismo tiempo su sombra sobre todo lo demás: lo demás no es nada. La muerte desenmascara “la fascinación del mal” (Sap 4,12).  El hombre debe abandonar todo en el momento de su muerte. Sólo leva consigo el amor que ha mostrado para Dios y para su prójimo. Sólo el amor es mas fuerte que la muerte. 122

         Existe una manera de trabajar que no se opone a la oración, sino que por el contrario está llena de ella. Una manera de trabajar que supera la tensión entre oración y trabajo. Se puede ser  “contemplativo en medio de la acción”, ideal que San Ignacio de Loyola señaló a los jesuitas, casi todos los grandes místicos han desarrollado una increíble actividad, pero ésta no amenazaba a la oración sino que era más bien fruto de ella, ea oración. Teresa de Jesús escribe que María y Marta debían colaborar: “Cuando el alma está en este estado, nunca dejan de obrar casi juntas Marta y María; porque en lo activo, y que parece exterior obra lo interior.” (“Meditaciones sobre los Cantares”, cap. VII.) 126-7

         La oración de Jesús se inscribe manifiestamente en esta segunda línea. En lugar de luchar directamente contra las tentaciones, nos refugiamos en el nombre de Jesús. Recurrir directamente a Dios es a menudo un remedio eficaz. 125

         Para San Juan de la cruz el acto analógico es más perfecto que el combate directo en el que se hace una acto de la virtud opuesta (recordemos el método de contradicción de Evagrio). 137 (ver 136-7)

         El pecado  proviene del hecho de que olvida su verdadera naturaleza. Como dice Olivier Clèment: “La forma más extendida de pecado es el olvido” . Y cuanto más conciencia se toma del propio ser profundo, en mayor medida se siente el corazón “contrito”, es decir, triturado, al ver la alienación en la que se ha vivido y continúa viviendo. 127..

         En términos más tradicionales: cuanto más nos acercamos a Dios, más vemos, en la luz divina, nuestra debilidad y nuestro pecado. 157

         El verdadero amor no excluye a nadie. Es como el sol que sale para los malos y buenos, y como la lluvia que cae sobre los justos y los injustos (Mt 5,45). 158

         Extraña lógica, ciertamente: haz todo lo que puedas para que al final puedas constatar que no puedes nada. Pero esta lógica la encontramos en todas las partes del camino espiritual. 158

         Dios les empuja (a los profetas) a proclamar la urgencia de un cambio radical en las costumbres al mismo tiempo que les previene de que predican en vano. (…) Parece ser una característica de la pedagogía divina, la de dar al hombre una misión que está manifiestamente por encima de sus fuerzas. en la desesperación que invade al hombre, en le momento en que se da cuenta de la insuficiencia de sus fuerzas y de su inevitable fracaso, alfo enteramente nuevo puede surgir: una nueva conciencia de la pobreza, una verdadera humildad, una confianza sin reserva. 159

         Teresa de Lisieux es en esto la gran maestra. Ha transformado audazmente la santidad de grandeza que encontró en su tiempo y en su medio en una santidad de pobreza. Teresa ha comprendido que la verdadera heroicidad estaba en la aceptación total de su pobreza con, como fruto de ésta, una confianza absoluta. Esta intuición no era el resultado de razonamientos abstractos. Lo que la estimulaba en su búsqueda era la necesidad de encontrar una solución a un problema eminentemente práctico. Teresa estaba poseída por un deseo de santidad. Algunas semanas después de la entrada en el Carmelo escribe a su papá: “Intentaré hacer tu gloria llegando a ser una santa”. Ante este ideal, Teresa toma conciencia de su impotencia radical. Es entonces cuando descubre que el Amor realiza sus más altas posibilidades en la misericordia, y la misericordia sólo es provocada por la miseria. Para alcanzar a Dios, es necesario tener las “manos vacías”. Teresa declara audazmente a la hermana Febronia, la Sub-priora, que tiene la costumbre de defender ala justicia de Dios: “Hermana, si quiere la justicia de Dios tendrá la justicia de Dios. El alma recibe exactamente lo que espera de Dios”. Teresa escoge resueltamente la misericordia. 159-160

         El Amor realiza sus más altas posibilidades en la misericordia, y la misericordia sólo es provocada pro la miseria. 160

         Para ser contado entre los discípulos de Jesús, hay que ser muy pequeño y muy débil. el que se cree fuerte no tiene nada que esperar de él. 160

         Entre todas  las formas de ascesis “la ascesis de la debilidad” es la más importante. El descubrimiento de ésta es una momento crucial en la vida. Los obstáculos se transforman ahora en medios; todo lo que antes desanimaba nos hace ahora gozosos y llenos de confianza. 160

         No tienes necesidad de comprar el amor de Dios con buenas acciones. Su amor es, existe desde siempre. Si te ama no es porque tú seas bueno, sino porque El es bueno. Y esta bondad se pone en acción para salir al paso de tu aflicción. No son tus virtudes las que te dan poder sobre El, sino tu pobreza. Esta te hace todopoderoso, a condición de que puedas apoyarte sobre El. La fuerza que pide a Dios no es ya una fuerza que te haga fuerte; le suplicas que te dé la fuerza de ser débil. 161

         Cuando la madre Agnès se queja de sus debilidades ante Teresa, ésta responde: “También yo tengo debilidades, pero me alegro de ello… ¡Es tan dulce sentirse tan débil y pequeño!” (Manuscrito B”, fol. 4v.º.) 161

         “Mi miseria, en lugar de entristecerme, me llena de alegría, pues cuanto más imperfecta me siento, más se abre ante mi su misericordia infinita. Al ver hasta qué punto estoy verdaderamente p9ro debajo de todos, comprendo la potencia infinita de su Amor por mí” (Teresa de Lisieux)    161

         En la oración de Jesús la miseria y la misericordia forman una pareja feliz. 162

         Actualmente somos bastante débiles. El papel de nuestra ascesis es, ante todo, hacernos aceptar nuestra debilidad y transformarla en una disponibilidad perfecta ante Dios. 163

         Sólo importa la voluntad. Esta se dirige sin cesar hacia Dios, no de manera activa sino pasivamente como el hierro es atraído por el imán. (..) Le dejamos que nos ame. Esta mena de dejar que nos ame es una manera más justa y más profunda de mostrarle nuestro amor. 169

         Gregorio de Niza dice: “El hecho de que el Todopoderoso haya podido rebajarse hasta el hombre es una prueba de su poder, mayor que la de la grandeza de sus milagros… El rebajamiento de Dios es la expresión de un cierto exceso de su poder al que nada, ni siquiera lo que parece contrario a su naturaleza puede resistir… La grandeza brilla en la humildad, pero sin ser disminuida por ella” (Or. Cat., 25, PG 45 64 CD.).  172      

         Tenemos la impresión al leer Juan de la Cruz, que aquel que ha alcanzado la perfección debe morir en un éxtasis de amor. Escribe en efecto: “Y así, la muerte de semejantes almas es muy suave y muy dulce más que las fue la vida espiritual toda su vida; pues que mueren con más subidos ímpetus y encuentros sabrosos de amor, siendo ellas como el cisne, que canta más suavemente cuando muere” (Llama de amor viva, primera estrofa).  174

         San Cirilo de Alejandría (muerto el 444) se atreve a hablar de una “felix culpa” (dichosa culpa), no sólo para nosotros, sino también para el Hijo de Dios; una culpa que le ha dado la ocasión de adquirir una nueva gloria en medio de su humillación. 176

         Ni el silencio ni la palabra expresan a Dios. El místico reacciona callándose: como nada puede expresar a Dios, renuncia incluso a intentarlo. Pero a pesar de este silencio, siente la necesidad de hablar de lo que ha vivido. Así el maestro Eckhart dice: “Incluso si no hubiese nadie aquí, habría predicado a ese tronco”. (…)  Un torrente de alabanzas que se esfuerzan por decir lo indecible.  178.

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[1] STINISSEN, W., Meditación cristiana profunda, Sal Terrae, Santander, 1980.