Hay que afirmar rotundamente esto: la dimensión espiritual, que es lo que caracteriza al ser humano, aquí y ahora. Es más, esta espiritualidad es la que nos hace eternos; el ser espiritual no está sometido al tiempo y el espacio, de modo que cuando acaba la historia, seguirá viviendo. Negar esta verdad es atacar la grandeza del ser humano: un ser inmortal y eterno. El mundo materialista es negacioncita de esta verdad y cuanto supone; de lo cual se derivan consecuencias importantes -graves- a la hora de la consideración y el respeto de la dignidad humana.
De modo que pretender extraerse a esa nota cualitativa fundamental y determinante, conlleva una violencia suicida. Esta autodestrucción o intento de ella que hoy día se da con profusión y de manera contundente, no puede por menos de traer consecuencias. El quebrantamiento del alma humana, amén de ser -por su condición de sobrenaturalidad- imposible -a no ser por un ahogamiento que la encanalle-, lo que si provoca es una desvirtualización del ser humano hasta desfigurar su rostro, su persona, ningunearla a base de una reprehensión inaudita, que degenera en odio y corrupción moral, lo contrario a su esencia más característica que es la de amar y tender al bien.
Los que -niegan la grandeza y dignidad de la persona humana- se fijan en la perversidad del ser humano, su maldad y crímenes, su corrupción y su instinto depredador…, dicen «este ser es uno de entre tantos animales, y no mejor». En cambio, los que mantienen que el ser humano son sustancialmente alma inmaterial, impronta sagrada, aunque sea imperfecto en su comportamiento y aparente negar esa condición, por los pecados de su naturaleza caída, se mantiene su espiritual sagrada de nacimiento como ser personal con vocación a la perfección santa y destinada al cielo, donde será en plenitud y para siempre.
Un ser humano desoído de la dignidad espiritual otorgada por Dios se le puede infligir cualquier daño o acción ominosa (como el aborto, la eutanasia y manipulaciones de cualquier tipo y cualquier otra aberración y falta de respeto) sin el menor rubor ni remordimiento de conciencia (entre otra cosa porque esta realidad de la dimensión espiritual, ellos mismos la niegan).
El intento de despojar a la persona humana de su vocación espiritual para convertirla en un ser lobotomizado, deconstruido y recreado a imagen de las de más cosas del mundo, sin su grandeza de origen, obedece a influencias demoniacas, cada vez, desgraciadamente, más extendidas y operantes en el mundo.
La grandeza de la espiritualidad que otorga el Dios cristiano a la persona humana jamás será igualada por ninguna otra cosmovisión.