En el Evangelio (Mt 2,1-12) los Magos comienzan manifestando sus intenciones: «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». La adoracio?n es la finalidadde su viaje, el objetivo de su camino. De hecho, cuando llegaron a Bele?n, «vieron al nin?o con Mari?a, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron».Si perdemos el sentido de la adoración, perdemos el sentido de movimiento de la vida cristiana, que es un camino hacia el Sen?or, no hacia nosotros.Es el riesgo del que nos advierte el Evangelio, presentando, junto a los Reyes Magos, unos personajes que no logran adorar.
En primer lugar, esta? el rey Herodes, que usa el verbo adorar, pero de manera engan?osa. De hecho, le pide a los Reyes Magos que le informen sobre el lugar donde estaba el Nin?o «para ir – dice– yo tambie?n a adorarlo». En realidad, Herodes so?lo se adoraba a si? mismo y, por lo tanto, queri?a deshacerse del Nin?o con mentiras. ¿Que? nos ensen?a esto? Que el hombre, cuando no adora a Dios, esta? orientado a adorar su yo.E incluso la vida cristiana, sin adorar al Sen?or, puede convertirse en una forma educada de alabarse a uno mismo y el talento que se tiene. Cristianos que no saben adorar, que no saben rezar adorando.
Es un riesgo grave: servirnos de Dios en lugar de servir a Dios.Cua?ntas veces hemos cambiado los intereses del Evangelio por los nuestros, cua?ntas veces hemos cubierto de religiosidad lo que era co?modo para nosotros, cua?ntas veces hemos confundido el poder segu?n Dios, que es servir a los dema?s, con el poder segu?n el mundo, que es servirse a si? mismo.
Adema?s de Herodes, hay otras personas en el Evangelio que no logran adorar:son los jefes de los sacerdotes y los escribas del pueblo. Ellos indican a Herodes con extrema precisio?n do?nde naceri?a el Mesi?as: en Bele?n de Judea. Conocen las profeci?as y las citan exactamente. Saben a do?nde ir, ¡grandes teológos, grandes!, pero no van. Tambie?n de esto podemos aprender una leccio?n. En la vida cristiana no es suficiente saber: sin salir de uno mismo, sin encontrar, sin adorar, no se conoce a Dios.
La teologi?a y la eficiencia pastoral valen poco o nada si no se doblan las rodillas;si no se hace como los Magos, que no so?lo fueron sabios organizadores de un viaje, sino que caminaron y adoraron.Cuando uno adora, se da cuenta de que la fe no se reduce a un conjunto de hermosas doctrinas, sino que es la relacio?n con una Persona viva a quien amar.Conocemos el rostro de Jesu?s estando cara a cara con E?l. Al adorar, descubrimos que la vida cristiana es una historia de amor con Dios,donde las buenas ideas no son suficientes, sino que se necesita ponerlo en primer lugar, como lo hace un enamorado con la persona que ama. Asi? debe ser la Iglesia, una adoradora enamorada de Jesu?s, su esposo.
Al inicio del an?o redescubrimos la adoracio?n como una exigencia de fe. Si sabemos arrodillarnos ante Jesu?s, venceremos la tentacio?n de ir cada uno por su camino. De hecho, adorar es hacer un e?xodo de la esclavitud ma?s grande, la de uno mismo. Adorar es poner al Sen?or en el centro para no estar ma?s centrados en nosotros mismos. Es poner cada cosa en su lugar, dejando el primer puesto a Dios. Adorar es poner los planes de Dios antes que mi tiempo, que mis derechos, que mis espacios. Es aceptar la ensen?anza de la Escritura: «Al Sen?or, tu Dios, adorara?s» (Mt 4,10).Tu Dios: adorar es experimentar que, con Dios, nos pertenecemos reci?procamente. Es darle del «tu?» en la intimidad, es presentarle la vida y permitirle entrar en nuestras vidas. Es hacer descender su consuelo al mundo. Adorar es descubrir que para rezar basta con decir: «¡Sen?or mi?o y Dios mi?o!» (Jn 20,28), y dejarnos llenar de su ternura.
Adorar es encontrarse con Jesu?s sin la lista de peticiones, pero con la u?nica solicitud de estar con E?l.Es descubrir que la alegri?a y la paz crecen con la alabanza y la accio?n de gracias.Cuando adoramos, permitimos que Jesu?s nos sane y nos cambie.Al adorar, le damos al Sen?or la oportunidad de transformarnos con su amor, de iluminar nuestra oscuridad, de darnos fuerza en la debilidad y valenti?a en las pruebas. Adorar es ir a lo esencial: es la forma de desintoxicarse de muchas cosas inu?tiles, de adicciones que adormecen el corazo?n y aturden la mente.
De hecho, al adorar uno aprende a rechazar lo que no debe ser adorado: el dios del dinero, el dios del consumo, el dios del placer, el dios del e?xito, nuestro yo erigido en dios. Adorar es hacerse pequen?o en presencia del Alti?simo, descubrir ante E?l quela grandeza de la vida no consiste en tener, sino en amar.Adorar es redescubrirnos hermanos y hermanas frente al misterio del amor que supera toda distancia: es obtener el bien de la fuente, es encontrar en el Dios cercano la valenti?a para aproximarnos a los dema?s. Adorar es saber guardar silencio ante la Palabra divina, para aprender a decir palabras que no hieren, sino que consuelan.
La adoracio?n es un gesto de amor que cambia la vida.Es actuar como los Magos: es traer oro al Sen?or, para decirle que nada es ma?s precioso que E?l; es ofrecerle incienso, para decirle que so?lo con E?l puede elevarse nuestra vida; es presentarle mirra, con la que se ungi?an los cuerpos heridos y destrozados, para pedirle a Jesu?s que socorra a nuestro pro?jimo que esta? marginado y sufriendo, porque alli? esta? E?l.
Usualmente, nosotros sabemos rezar, pedimos, agradecemos al Señor, pero todavía la Iglesia debe ir más adelante con la oración de adoración, debemos crecer en la adoración, una sabiduría que debemos aprender cada día, rezar adorando, la oración de adoración.
Queridos hermanos y hermanas, hoy cada uno de nosotros puede preguntarse: «¿Soy un adorador cristiano?». Muchos cristianos que oran no saben adorar. Haga?monos esta pregunta. ¿Encontramos momentos para la adoracio?n en nuestros di?as y creamos espacios para la adoracio?n en nuestras comunidades? Depende de nosotros, como Iglesia, poner en pra?ctica las palabras que rezamos hoy en el Salmo: «Sen?or, que todos los pueblos te adoren». Al adorar, nosotros tambie?n descubriremos, como los Magos, el significado de nuestro camino. Y, como los Magos, experimentaremos una «inmensa alegri?a» (Mt 2,10).