Sobre el infierno

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El infierno existe. ¿Dónde está? Donde está el mal, lo diabólico (el Malo, Satanás). Es una realidad, una verdad innegable, un dogma de felos Evangelios  hablan del infierno unas sesenta veces–. Negarlo es negar la enseñanza de la Iglesia Católica, es decir, la doctrina de Cristo.

La opción libre de que prefiramos ese estado de maldad, de tinieblas de muerte, compromete la confianza que abre a la salvación. «La causa de la condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. En efecto, quien obra mal odia la luz, y no va a la luz, para que no se descubran sus obras.» (Jn 3,19-20). El rechazo radical a la bondad y el amor misericordioso que propicia el Espíritu Santo presente en el alma.

De modo que el «juicio» final será la constatación de una evidencia: la del hombre encanallado que se niega a ser salvado; es decir, y en definitiva: un «autojuicio» (a la luz de la doctrina de amor).

Dice el Señor: «Yo he venido como la luz al mundo, para que todo el que crea en mí, no quede en las tinieblas. Yo no juzgo al que oye mis palabras y no las guarda, pues no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me rechaza y no acepta mi doctrina, ya tiene quien lo juzgue; la doctrinan que yo enseñé lo juzgará en el último día.» (Jn 12,47-28).

El peligro de condenarse es una posibilidad cierta, una verdad terrible. El único pecado que realmente aparte de Dios, el que bloquea el acceso a Dios e impide que su misericordia actúe es precisamente la oposición lúcida a aquello que Dios es, la oposición a su misericordia, el pecado contra la luz y contra el Espíritu Santo. No se deja perdonar, porque ya pertenece irremisible a las profundidades de las tinieblas; “ha vaciado a base de maldad, la gracia” que de creación constituye a cada ser humano que viene al mundo; de alguna manera habrá perdido su humanidad, para ser en parte diabólico.

La Iglesia en su Catecismo dice: n.1035La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno” y n.1033Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno.

El exorcista p. Candido Amantini al preguntar a un demonio sobre el infierno, este le contestó: «Allá abajo cada uno vive replegado sobre sí mismo y desgarrado por sus remordimientos. No existe ninguna relación con nadie; cada uno se encuentra en la soledad más absoluta, llorando desesperadamente por el mal que ha hecho. Es como un cementerio».

«Si no aceptamos confesar que en cierto sentido nuestra salvación eterna no está asegurada, es que rechazamos tener confianza. Si se ha hecho casi imposible hablar del infierno a los cristianos, no es porque tienen miedo, sino porque no quieren tener miedo. Ya no pueden soportar este dogma, porque no tienen confianza. Por eso, si creyeran en el infierno, no teniendo confianza, estarían perdidos.

«Lo que yo llamo el coraje de tener miedo es sencillamente el coraje de creer en infierno. Y digo que el rechazo de este coraje es un rechazo de tener confianza, por consiguiente, un peligro muy grande de condenarse… En cierto sentido, el único. Si hay un punto en que la generación actual está en peligro, es éste»[1].

 

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[1] MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.198.

 

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