Las Obras Misionales Pontificias en su Revista Supergesto han dado espacio al testimonio de un joven español cuya vida fue transformada en el encuentro con la misión en Africa. Este es el relato de Martín del Río en primera persona: En Tánger el servicio principal que se hace es un campamento de verano para los hijos de las madres solteras que acogen las sisters en su casa de Tánger. También acompañamos a los chicos de Cruz Blanca, 10 personas con discapacidad que atienden desde hace años los Hermanos Franciscanos de Cruz Blanca. Por las tardes visitamos a los ancianos del Hospital Español, antiguo hospital, ahora residencia de ancianos, y a las niñas de Dar Tika, Casa de la confianza, centro de acogida de las religiosas de Jesús-María para niñas, que hasta el momento era inexistente en Tánger y ello hacía que las menores, además de víctimas, fueran invisibles. Hay tres cosas que podría decir que me han tocado especialmente durante esta experiencia. En primer lugar, la pobreza. Sinceramente, para mí la pobreza era un concepto bastante abstracto. Y no fui consciente de lo que estaba viviendo en Tánger hasta pasados unos días. Impresiona caer en la cuenta de que esa mujer que recoge a sus hijos cada día del campamento no tendría nada de no ser porque las Misioneras de la Caridad han querido mirarla y le han dado todo, pues en Marruecos una madre soltera es rechazada por la sociedad, incluso por su familia. O en el caso de los niños de la calle, niños que han huido o han sido expulsados de sus casas, y que ahora viven en pandillas por las calles de Tánger y que cada miércoles acuden a casa de las sisters a por comida, una ducha, ropa limpia y una tarde de tranquilidad en un lugar seguro. Pasar una tarde con estos chicos impresiona. Hablar de tú a tú con un chaval que tal vez lo único que tiene es la caridad de una misionera, impresiona. O los chicos discapacitados de Cruz Blanca, hay algunos que no tienen a nadie más que a los hermanos que los tratan como auténticos hijos. Se puede entrever que en ocasiones la pobreza que se percibe en Tánger no es exclusivamente material sino que el abandono y la soledad es una pobreza mucho más dura y presente. En segundo lugar, estoy feliz de haber conocido la Misión católica de Tánger. Era hermoso ver cómo cada domingo nos reuníamos todos en la catedral con los misioneros y misioneras, Misioneras de la Caridad, Franciscanas, Franciscanos de Cruz Blanca, religiosas de Jesús-María y todos los voluntarios compartíamos juntos la Eucaristía. En ese momento la sensación es de estar frente a verdaderos santos, personas que están entregando su vida al 100% al servicio de los más pobres de Tánger, sin recibir nada a cambio y en muchas ocasiones con el riesgo de ser perseguidos. En Marruecos está prohibido por ley evangelizar a cualquier marroquí, de manera que estamos ante misioneros que llevan a Cristo a los más necesitados de la manera más sencilla y auténtica posible, mediante la caridad con el pobre y el ejemplo de su vida. Nada más, nada menos. Poder servir junto a estas personas es un privilegio.
Martín del Río OMP/Revista Supergesto |
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