Ser amoral: retorno a las cavernas

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La humanidad se halla un momento particularmente difícil de su historia. Algo así sostiene el filósofo francés, judío converso a catolicismo, Fabrice Hadjadj, al afirmar de manera apocalíptica que nuestra época es la primera en sospechar no ya el fin de una civilización, sino de la humanidad misma.

La conocida desertora norcoreana Yeonmi Park ha quedado impactada por su experiencia universitaria en Estados Unidos, llegando a decir: “Ustedes han perdido el sentido común en un grado que yo, como norcoreana, ni siquiera puedo comprender¿A dónde vamos desde aquí? No hay Estado de derecho, no hay moralidad, ya nada es bueno o malo, es un caos total”.

Son tremendas estas manfiestasciones; producen un escalofrio…

 Al ser humano de Occidente hoy día no le interesa para nada el ser moral: es algo que ni le importa ni le preocupa o ni parece necesitarlo; no forma parte de las prioridades de su vida ni es tan siquiera algo digno de considerar, sencillamente se ha desprendido de lo moral, de esa dimensión fundamental de su ser, como si tal cosa. Lo mismo cabría decirse del aspecto religioso y la dimensión espiritual.  

 No se aspirar ni se quiere ser moral, porque ello supone ser responsabilizado de trasgredir, de pecar, lo que produce la muerte espiritual. Y esto resulta insoportable por su gravedad y porque no permite hacer el mal ni omitir el bien; de modo que se prefiere ignorar cualquier ley moral y la conciencia; lo cual supone retornar a “las cavernas”, a tiempos muy pretéritos”, a los que hace referencia san Pablo: “aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había Ley” (Rom 5,13). A ese tiempo moralmente hablando ha vuelto el ser humano.

El biotipo del ser humano del espíritu del tiempo del momento actual no es ya inmoral, es amoral. Así no detectaba ya lo que veía presenciando el gran pensador español católico don Julián Marias: “Se dirá que `siempre se han hecho esas cosas`, que hay ejemplos de traición, adulterio, engaño, aborto, homicidio, etcétera. La diferencia es que todo eso `parecía mal`, indebido, delito o pecado, excepción que por verse así afirmaba la norma, como muy bien vio Kant, mientras que ahora se da por supuesto que está bien, que es un derecho, casi una obligación, al menos si se quiere parecer `progresistas`”.

Es decir, no aprecia la condición o dimensión moral, la desestima como algo de lo que duda que exista, y en el caso de que de que existiera -como también ocurre con la dimensión religiosa- es preferible no reparar en ello; pues, entre otras cosas, proponen unas exigencias -por muy dignas y nobles que sean- que impiden la “libertad” de hacer lo que a uno le dé la gana (aunque sea un corrupto, o precisamente por esto; pues a veces o muchas veces, solo siendo tal se puede llegar a conseguir ciertas metas mundanas, tan apreciadas y estimadas en la actualidad: todas especialmente relacionadas con el dinero, el tener, el poder, el placer, el éxito, etc.).

Pensemos por un momento -intuitivamente- lo que supondrá que todo el mundo se condujera -sometido- por los dictados del capricho egoísta… Algo a lo que sin duda nos encaminamos y que no es otra cosa que lo que decían Yeonmi Park, al caos total, y Hadjadj, al fin de la humanidad.

La  moralidad nos ciñe a una conducta responsable; es decir, a dar razón moral de los actos, que se ajusten a lo bueno, lo justo, lo humano, lo digno, lo querido por Dios. Con arreglo a esto, eso de hacer el debe, lo que se debe hacer, implica tener que renunciar a lo que se prefiere arbitrariamente, por gusto, capricho, placer, vicio, …lo que te pida el cuerpo, etc., y en el fondo esclavizado por esos tiranos que se imponen a la libertad, arrastrando, atando a las tentaciones -inclinaciones, instintos, etc.-  

El ser íntegro, comportarse según unos criterios que se ajusten a unos valores y principios, que te dicta la conciencia, es complicado en la actualidad; resulta incómodo y hasta imposible.

Todo lo que no sea moral es destructivo“. ¿Pero, que le importa esto al hombre de hoy? Ante una frase así, tan de sonido contundente, esgrime una sonrisa de ironía y hasta burla. Porque es inconsciente de lo que pierde.

Y concluimos mencionando nuevamente a san Pablo, que nos pone en aviso de que aparecerá en tiempos cruciales para la Humanidad el hombre sin piedad, sin ley, sin moral, amoral, inicuo (Cf. 2Tes 2,1-12).

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