Cada vez más escuchando y leyendo a los que más saben, uno siente una creciente preocupación por el Conclave que va a comenzar en un par de días.
La redalidad de la Iglesia en los momentosactuales se puede tachar -sin exageración- en crítica: se prevee un enconado enfrentamiento interno, que traerá insospechadas consecuencias. Es un momento clave, en cuanto que la uniad de la Iglesia está dañada y en cuanto a su relación con el mundo, que trata de someterla a su semejanza cuando no la persigue haciéndola su victama propiatoria, como la religión más perseguida del mundo.
Por ello, urge la oracición perssistente para que los electores se dejen inspirar por el Esíritu Santo, para elegir al Santo Padre sucesor de Pedro, que sea el más apropiado para guiar el rebaño del Señor, enamorado de Cristo, con fuego en el corazón por el Evangelio, fiel a la Verdad, a su doctrrina y con el ardiente deseo de servir a la Iglesia por el camino de la satidad.
“Algunos Papas Dios nos da, otros los tolera, otros nos inflige” (leyenda histórica, en tiempos de cónclave).
Pidamos el don del Espíritu Santo para escoger al que Dios ya ha elegido. Que el “factor humano”, es decir, la participación de los hombres “haga imposible” que la volunta divina se lleve a cabo; de modo que las estratégias humanas no se interponga o impongan a lo que Dios quiere. De modo que recemos para que la gracia de estado en que se hallan los 133 cardenales les conduzca a manifestar su voluntad acorde a la del Espíritu Santo, que habla suave pero más alto que las preferencias humanas.
¿Es el Espíritu Santo quien guía la elección de un nuevo Pontífice, de forma indefectible?
En entrevista en 1997 con un reportero de la televisión bávara, que le hacía explícitamente la pregunta de si el Espíritu Santo era el responsable de la escogencia del Papa (un Paráclito un tanto i-responsable, si se piensa en algunos no tan ilustres que han ocupado a lo largo de la Historia el solio de Pedro…) Ratzinger afirmó:
“No diré así, en el sentido de que sea el Espíritu Santo a escogerlo. Diré que el Espíritu Santo no toma exactamente el control de la cuestión, sino que, como buen educador que es, nos deja mucho espacio, mucha libertad, sin abandonarnos del todo. Por lo tanto, el papel del Espíritu debe entenderse en un sentido mucho más elástico, no como si él dictara el candidato por el que uno debe votar. Probablemente la única seguridad que ofrece es que la cosa no puede arruinarse totalmente. Hay demasiados ejemplos de Papas que el Espíritu Santo evidentemente no habría elegido”.
Es es así normalmente como actúa la Providencia Divina, respetando la libertad de sus ‘instrumentos humanos’, quienes con frecuencia usan de esa libertad en sentido contrario a los designios de lo alto. Pero al final, y esa es la Providencia, todo concurre para mayor gloria de Dios, incluso esos Papas “que el Espíritu Santo no habría elegido”, entre otras razones porque tornan más explícita la idea, de que quien sostiene la Barca de Pedro es el propio Dios, y no los meros hombres.
La Providencia es la razón misma del orden de las cosas hacia su fin, ya conocido por la mente divina, expresa Santo Tomás (Cfr. S Th I q. 22 a. 2) Y el fin máximo, último, es la gloria de Dios. Por tanto, hasta los Papas ‘malos’ colaboran con la gloria de Dios.
Esa certeza tenía p. ej. León XIII: No hay problema en encontrar y contar las miserias de los hombres, ni siquiera los de Iglesia, porque si por ellos fuera, esa institución habría desaparecido, como tantas otras. Las miserias de los hombres muestran que quien sostiene a la Iglesia es Dios.
La Iglesia se encuentra en un momento calbe de su historia. Este es el latir cada vez más repetidamente sonoro que se escuchar por ahí:
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- Cardenales piden a los fieles intensificar la oración hacia el Cónclave
- Cardenal Burke pide redoblar oraciones «dada la gravedad de la situación»
- El cardenal Sarah, referencia de la ortodoxia que desafía en el cónclave la «autodestrucción de la Iglesia»
- El cardenal Zen expone sus preocupaciones sobre el rumbo de la Iglesia

