Para este domingo hemos escogido textos de la obra Atención a Dios[1], de Yves Raguin. Y. Raguin (1912-1998), jesuita, místico, director de Instituto Ricci de Taipei, fue un gran conocedor del mundo oriental (sobre todo Taiwán y Vietnam, donde fue profesor). Gran maestro espiritual, deseó de integrar la tradición oriental con los valores occidentales.
Todo cristiano recibe en el bautismo una gracia por la que se anuda entre Dios y él una relación que antes no existía. De ser un hijo del Padre por el hecho de la creación, pasa a ser hijo por la participación en la filiación del Hijo único del Padre. Llega a ser hijo en plenitud por la participación de la filiación personal del Verbo de Dios. En el bautismo tiene lugar el paso de una filiación a la otra. Esta persona humana sigue siendo tan humana como antes del bautismo. No se puede entender la gracia que le es dada como una cosa más que se añade a la naturaleza humana. Lo que ocurre es que Dios ofrece al hombre una relación más íntima con él, a la que llamamos una participación de su vida divina. Para nosotros resulta comprensible lo que pasa cuando un compañero pasa a ser amigo, o cuando un amigo a se hace cónyuge. Difícilmente se puede decir que el don de la amistad y luego el del amor, añada propiamente algo que los recibe, sin embargo algo ha cambiado en la naturaleza de la relación. Se ha hecho más íntima, más personal. La relación que crea el bautismo constituye la esencia de la vida cristina. Cristo ofrece una participación de su filiación y el hombre la acepta con un acto de fe. Desde entonces se infunde en el hombre una vida nueva aunque no sea perceptible en sí misma. Es una corriente oculta a los ojos del cristiano. Sabe por la fe que esta vida divina siempre actúa en él, aunque no piense en ella ni le preste atención. 14 Toda la vida espiritual busca ante todo tomar consciencia de la relación fundamental que nos constituye “hijos de Dios”. Al hacer esto tomamos a Cristo por modelo siguiéndole en su itinerario propio. En efecto, no puede menos de impresionarnos esta atención interior de Cristo dirigida constantemente hacia su Padre. No es una atención impulsada por angustias, sino la expresión de su ser normal. 24 Lo primero que hay que admitir es que el hombre existe como tal antes de tener una vida psicológica consciente, que se va formando lentamente a medida que el niño toma conciencia de sí mismo y del mundo que lo rodea. El hombre existe en la forma propia de cada uno, antes de saber lo que es y de poder expresarlo. Por tanto el hecho de existir es anterior al de pensar y o sentir. Pues bien, la relación primera y fundamental del hombre con la divinidad es aquella que le constituye en el ser. Esta relación es anterior existencia, histórica y hasta lógica, o sea, en el ser mismo, quedó profundizada por la venida de Cristo. También la nueva relación, que da la existencia a aquel a quien Dios ha querido dar la vida. Jesucristo con el don de su gracia nos hace existir en una nueva relación con Dios que profundiza la primera, al revelarnos la perfección de la relación personal con Dios. 34. ¿Qué ocurre cuando decimos “yo creo?”. Aparentemente nada extraordinario, pero en realidad, algo ha cambiado. Hemos sido introducidos en un mundo nuevo, interior, el que Cristo nos revela. Hemos aceptado que Dios sea para nosotros “el Padre”, un Padre que nos hace hijos suyos. Nos llamados hijos de Dios y los somos en realidad, como dice san Juan (1 Jn 3,1). Bajo la guía de las palabras de Cristo, recubrimos un mundo extraordinario, el mundo interior de Dios. 47 En este momento del proceso de la fe podemos afirmar que hemos salido del mundo normal del conocimiento humano, no porque el conocimiento de la fe sea inhumano, sino que, para el hombre es un modo de conocer que supera sus fuerzas normales; lo cual es totalmente comprensible ya que el objeto de la fe es el misterio de Dios y sólo Dios puede hablar de sí mismo y darse a conocer. 48 No se trata de entender unas frases o unas definiciones, sino de entrar en contacto con una realidad viva que llamamos Dios; o sea, la fe no tiende a un conocimiento, sino a una vida, por esto tiene que llegar a ser una experiencia. 49 Hay muchas maneras de ayudar al mundo. Lo que se retiran de él para contemplar el misterio divino, cumplen una función insustituible en la humanidad, porque son los testigos silenciosos de la presencia divina. (…) Los contemplativos retirados del mundo están ahí para dar testimonio de lo invisible de una forma tan sensible, que por sí misma plantea ya un interrogante. 83. Cristo nos dice que la prueba de nuestro amor a Dios está en la manera en que cumplimos su voluntad. 120
Experiencia religiosa cristiana: La vida cristiana no se fundamenta tan sólo en una adhesión del espíritu. Implica una experiencia real, o sea, la posesión intelectual, afectiva, sensible de una realidad que sobrepasa las fronteras normales de la experiencia humana en las circunstancias ordinarias. 120 Andrés Frossard, antiguo comunista, se convirtió repentinamente al percibir la realidad de Dos en una intuición de lo que es la vida espiritual. Ocurrió un descubrimiento, por una experiencia humana normal, se tuvo una posesión que traspasa las fronteras de las luces ordinarias. 120 William James, en su libro La experiencia religiosa, describe esta experiencia como “una sensación especial que parece revelarnos la realidad de los invisible”. 121 La experiencia es algo que se ha probado o vivido. Es insustituible, porque la experiencia de otro no tiene valor alguno para mí y hay una distancia que parece infinita entre un conocimiento abstracto y un conocimiento experimental. ¿Qué valor puede tener una descripción de lo que se llama amor para uno que no lo ha experimentado? 123
Experiencia religiosa y compromiso de la fe: Se puede decir, pues, que se da una experiencia pasiva y una experiencia activa de Dios. Es verdad que Dios me exige una docilidad perfecta y que yo sólo puedo experimentarlo pro la aceptación de su luz y de su gracia. Pero no es menos verdad que no puedo tener una experiencia real de Dios si no me entrego con toda mi voluntad a la consecución de esta experiencia. Para que mi experiencia de Dios sea real y efectiva, ha de ser tanto activa como pasiva. La relación con Dios no le viene impuesta al hombre, es libre. Dios quiere que me presente delante de él por un acto de voluntad libre y total. 123 La experiencia religiosa supone, pues, un compromiso de la voluntad en el acto de fe. 125 Todo el que compromete su vida entera en el seguimiento de Cristo y que vive según el Evangelio, ya tiene una experiencia cristiana. (Las obras, las actitudes interiores, se convierten en signos auténticos de la adhesión a Cristo. La fe ha suscitado un conocimiento nuevo de Cristo, en las cosas más concretas de la vida. 125 En este caso está claro que no es sólo una pequeña parte de la vida, sino su totalidad lo que fundamenta la experiencia vía religiosa. 125
Experiencia religiosa y libertad del hombre: Esta experiencia de dios, la experiencia que sigue al acto que funda mi relación con Dios, no puede menos de hacerme vibrar profundamente. Mi ser se pone en contacto con la vida en sí misma y encuentra su desarrollo propio. Esta experiencia hace nacer en el hombre un gozo inmenso, un júbilo que estremece a toda la persona. El hombre exista cuando encuentra a Dios. San Agustín y otros muchos santos han descrito esta alegría del hombre que descubre a Dios diciendo que es un encuentro inefable, que conmueve a toda la persona, que estremece toda su sensibilidad. Dios se hace sentir a una profundidad que el hombre no puede alcanzar; de estas profanidades, sube el gozo del descubrimiento y del encuentro. Así es como se nos revela el amor divino. 127
Experiencia activa de Dios en la vida y en la oración: Normalmente oramos como queremos, empleando nuestras propias palabras o nuestros sentimientos. Meditamos sobre un tema dándole vueltas, comprándolo con otros semejantes a él. Entonces reflexionamos sobre una verdad como lo haríamos sobre cualquier problema. De este modo conseguimos proyectar un poco de luz sobre las verdades cristinas. Este modo es el normal para los principiantes. En un caso como éste nos parece que todo el trabajo corre a nuestra cuenta. Pero sabemos por la fe, porque creemos lo que Cristo dice en el Evangelio y lo que la Iglesia nos enseña, que al mismo tiempo Dios nos ilumina interiormente. 129 En un caso como éste nos parece que todo el trabajo corre a nuestra cuenta. Pero sabemos por la fe, porque creemos lo que Cristo dice en el Evangelio y lo que la Iglesia nos enseña, que al mismo tiempo Dios nos ilumina interiormente. 129 Todos los problemas de la vida humana se ordena a la luz de la fe (del Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia). 130 Pero Dios, que es el que impulsa los actos de oración y la vida cristiana no es percibido, ni siquiera barruntado. Está presente como uno que no se ve, pero al que creemos presente en la acción. 130 Puede decirse que aquí tenemos una experiencia de vida cristiana, pero sin tener una experiencia directa de Dios. Esta experiencia de Dios todavía es indirecta. 130
El paso a la contemplación ordinaria: El cambio de método, el paso de la meditación a la contemplación es un paso hacia una experiencia más directa de Dios, porque la contemplación supone una actitud interior diferente. En la contemplación, el hombre está más pendiente de la acción divina, aunque ésta se oculta, que de sus propios esfuerzos. El paso de la meditación a la contemplación prepara a una experiencia más directa de Dios. 130 La palabra contemplación, puede tener dos sentidos. Hay una contemplación que es del mismo género que la meditación, o sea, es un modo de escrutar las verdades cristianas, pero en vez de hacerlo razonando, como en la meditación, se intenta ver, por ejemplo, a Nuestro Señor tal como nos lo representan los Evangelios. Uno lee el Evangelio o intenta hacerse presente en la escena, vive con los apóstoles, se imagina lo que dicen y lo que hace. Esta clase de contemplación se apoya en el esfuerzo personal, tanto como la meditación y no supone una experiencia de Dios. La fe suministra los elementos de esta contemplación. Se puede decirte que es una contemplación natural, completamente activa, lo mismo que la meditación de la que hable anteriormente, pero envuelta en la fe. 130-1 Hay otra clase de contemplación, en la que la actitud del hombre es ligeramente distinta. Es una mirada en silencio o una mirada pasiva (…) El hombre reduce su actividad propia, a la espera de Dios. 131 Las reflexiones propias de la meditación, las percepciones de la contemplación de la vida de Cristo cada vez son menos numerosas y se llega a lo que suele llamarse oración de simplicidad. 131 Lo que entonces abunda son los pensamientos sencillos, las intuiciones son pocas pero más sintéticas. El espíritu descansa en estos pensamientos, que por su misma naturaleza descubren las profundidades de la persona humana. Tal vez el hombre no es consciente de estar en comunicación con Dios, o de percibirle, pero tiene conciencia de estar en contacto con lo que hay en él de más profundo. En esta clase de oración se da una cierta intuición de lo que hay más allá de las intuiciones y de los pensamientos normales. El hombre toda conciencia de la existencia profunda de una fuente en la que se alimentan sus pensamientos. 131 Los psicólogos dirán que la fuente es el inconsciente y es verdad, pero este inconsciente no es la explicación última. Más allá del inconsciente, comienza a manifestarse un misterio. 131 Lo que acabo de decir sobre los pensamientos e intuiciones, se puede afirmar, con las debidas proporciones, también de los sentimientos y de la actitud fundamental del contemplativo. No le embargan grandes emociones, sino que penetra en una profunda paz. Esta pacificación del espíritu y del corazón es el fruto de una simplificación de las emociones y de los sentimientos. 131-2 Hasta aquí puede decirse que toda vía nos encontramos en el mundo de las relaciones ordinarias con Dios. No tenemos aún experiencia directa de él. Saboreamos la paz que tenemos ante la presencia de Dios, pero aún entonces nos fundamos casi sólo en la fe, aunque esto ya es un presentimiento del más allá, que está en el orden de la percepción, de una percepción muy débil y hecha casi toda de fe. 132 La simplificación de los pensamientos y de los sentimientos, la paz profunda de esta oración, son el resultado de la simplificación progresiva de la actividad en la oración. Al final, este estado aparece como la última etapa de una evolución natural de la oración llamada activa. 132
La contemplación mística: Con todo esto se puede producir una revolución en la vida contemplativa. En el silencio de la oración puede ocurrir que se perciba una presencia misteriosa, que a veces parece localizada en el interior o en el exterior, y que otras no lo está. Lo esencial de esta nueva experiencia es una percepción, la percepción de algo totalmente distinto de mí, que parece ser la misma presencia de Dios. 133 Esta presencia se percibe del mismo modo que percibimos cualquier otra; la única diferencia es que en la percepción de una presencia humana, no tenemos dificultad en reconocerla, porque es la presencia de un ser humano como nosotros y en cambio, en este otro caso, se trata de algo nuevo, porque no conocemos a Dios directamente aunque tengamos el presentimiento de que la presencia percibida es signo del mismo Dios. 133 De ordinario, un acto del espíritu al apoyarse sobre la fe nos hace reconocer esta presencia como una man8ifestación de Dos. Y el que hace esta experiencia, ¿cómo deduce que Dios se le manifiesta? No se trata de una conclusión deducida de un razonamiento lógico, sino de la interpretación de una percepción que, bajo la luz de la fe, se hace cada vez más clara. La fe, pues, da sentido a una experiencia de conocimiento humano, dejando entrever que es un signo de que Dios nos otorga su presencia. 133 Al principio, esta percepción de la presencia divina suele ir acompañada de dudas. El hombre no se atreve a creer que esto sea posible. Sin embargo, en el fondo de sí mismo experimenta una certeza, Dios está allí. Por tanto, tenemos una verdadera experiencia de Dios. Normalmente esta experiencia de Dios se hará cada día más clara, hasta que la presencia de Dios sea tan evidente que, al final, no se tenga duda alguna sobre su realidad. 133 Pero, ¿dónde están las pruebas? Se puede decir que la experiencia lleva consigo la marca de su verdad. Pero este criterio es difícil de aplicar. Hay muchas personas que creen tener revelaciones o visiones y son simplemente enfermos. Tiene, por tanto, revelaciones o visiones que no tienen nada que ver con una acción particular de Dios en ellos, sino que son el producto de una subconsciente poco equilibrada. 133-4 Si uno me dice que siente la presencia divina, me resultará muy embarazoso responderle si es verdad o mentira. Le contestaría que es muy posible y le diría también que no hay que preocuparse demasiado porque lo esencial no es esta presencia percibida, sino Aquél que en ella se manifiesta. Al referirse al mismo Dios por la fe, ya no corre peligro de ilusión, puesto que siempre podemos utilizar un signo que nos ayude en nuestros sentimientos de adoración y de amor a Dios. Una experiencia de esta clase tiene una apariencia totalmente humana, porque se manifiesta a través de lo sensible. Frecuentemente va acompañada de sentimientos profundos y de fuertes emociones, pero a un entonces no hay que preocuparse demasiado. Si nos apegamos demasiado a lo que estas manifestaciones tienen de sensible, podrán ayudarnos a ser más conscientes de la presencia divina. De cualquier manera es la fe la que tiene que dar sentido, porque es por ella por la que damos a estos signos de la presencia de Dios su sentido espiritual. Los signos están ahí para hacerme tomar conciencia de la presencia del mismo Dios y de su acción. 134
Descubrimiento de la presencia de Dios: El hombre no es capaz de imaginar esta presencia, no puede fabricarla, le viene dada. En su evolución espiritual es la primera vez que tiene experiencia de una acción divina que le pone en estado de pasividad. Si en este estado él no actúa nada o casi nada, no es porque su oración se haya simplificado, sino porque la experiencia tan absorbente de la presencia divina, le deja en silencio y le invita a la pasividad. 134 Esta experiencia de la presencia divina puede ser tan intensa que el hombre quede totalmente absorbido por ella. Después le puede resultar imposible continuar, como antes, en la reflexión sobre los misterios, porque está tan totalmente absorbido en una relación con Dios que ya no tiene necesidad de pruebas externas. La percepción de la presencia lleva consigo la marca de su verdad. El hombre se siente, se ve y se sabe totalmente inmerso en Dios; la presencia divina le invade por todas partes. 135 Esta experiencia de presencia es mucho más intensa que cualquier otra experiencia que podamos hacer en las relaciones de amistad, porque es a la vez exterior e interior. Es una comunión total en silencio, comunicación recíproca, pero aparentemente sin actividad. El hombre se ve todo entero en relación con Dios por una atención total de su persona y queda puesto en quietud totalmente, cuerpo, corazón y alma. Esta quietud es paz profunda por una relación que colma su ser entero. Hombre experimenta un sentimiento inefable de plenitud que antes no conocía; no hay excitación, ni ardor violento, sino una convicción total de que la persona está en armonía con Dios. 135 En la vida humana hay otras muchas experiencias de paz y de gozo profundos. Lo que caracteriza este estado presente es que el hombre ve y sabe de una manera directa que esta paz le viene de Dios. Esta experiencia es, pues, una experiencia humana, ya que implica que uno sabe, se da cuenta, experimenta. Pero lo que le da su carácter propio es que tiene un sentido espiritual, se presenta con evidencia como la experiencia concreta de aun relación íntima con Dios. 135
Discernimiento de la acción divina: ¿De dónde procede la certeza definitiva? Algunos dudan en saborear esta paz, en aceptar esta experiencia, porque tiene miedo a engañarse. En este caso lo mejor es tener un guía espiritual. Poco a poco uno llegara a tener un juicio de su propia experiencia sin miedo a engañarse, permaneciendo siempre atento a Dios mismo por encima de los signos de su presencia. Pero se quiere tiempo y paciencia para llegar aquí, y sobre todo un juicio equilibrado. La sensación de paz, sin mías puede engañar. El juicio definitivo lo dará el conjunto de la vida y su conformidad con Cristo. De este modo, esta experiencia de Dios, aunque en sí misma ya tiene un valor, no puede aislarse del conjunto del testimonio que Dios me da por la conformidad total de mi vida con la suya. 136 En esta experiencia de Dios de la que hablo, hay que caminar despacio y no ir demasiado aprisa hacia la gloria. Hay que asegurarse de la rectitud del propio juicio pidiendo consejo a personas que estén más adelantas en la experiencia espiritual. 136 Poco a poco será posible discernir por uno mismo la manera con que Dios entra en relación con nosotros. Los signos de la acción divina no son los mismos para todos, sino que toman un valor muy personal para cada uno. Se van cargando de sentido a medida que crece a intimidad. 136 Entre los signos de la acción de Dios, la paz interior es uno de las más evidentes. Es una paz que no consiste en mera tranquilidad interior, sino en la manifestación en toda la persona de una conformidad profundidad con Dios y con todas las cosas. Es el resplandor externo de una unión en profundidad, cuyos efectos invaden el espíritu y la sensibilidad. 137 Es un signo positivo de la acción divina. Esto supone que los acontecimientos de nuestra vida tienen valor de signos teológicos porque nos hablan de Dios y son uno de sus innumerables lenguajes. Hay otras muchas señales de la presencia de Dios, por ejemplo la alegría. La alegría interior es distinta de la paz. Añade una paz un sentimiento más profundo de felicidad y de gozo y se manifiesta más cuando el mismo Dios e muestra de una forma más explícita que en el don de su presencia. En efecto, puede ocurrir que uno experimente una gran sensación de paz, sin sentir por ello alegría. 137 Si el criterio final de la verdad de esta experiencia de la presencia de Dios es el conjunto de la vida y su conformidad con Cristo, hace falta que Dios haga sentir frecuentemente su presencia amorosa a las personas que están lejos de vivir con perfección su vida cristiana. 137
Desarrollo de la percepción de la presencia divina: La experiencia de la presencia de Dios toma múltiples formas. Al principio es muy tenue, más débil que la sensación de una presencia en la oscuridad. Es la percepción de una imperceptible atención amorosa que atrae. 138 Cuando esta presencia se manifiesta, el alma tiene la sensación de no haber experimentado nunca nada semejante. Es algo totalmente nuevo, algo que se ofrece y que no es fruto de la imaginación, es el despertar al descubrimiento de otro universo tan real como el nuestro. (…) El hombre toma conciencia de que esta presencia de Dios en él es como ser él absorbido por Dios. 138 Al principio esta presencia puede ser realmente percibida como impersonal, porque la sensación que experimenta el alma es de encontrarse ante un ser tan inasequible que no parece ser una persona. El hombre queda cogido por el misterio de esta presencia, queda inmerso como la gota de agua en un océano, como la niebla en la luz del sol que amanece. 138 Esta presencia se manifiesta por sí misma sin que el hombre la busque. El al ve y la percibe hasta cuando no piensa en ella. Permanece aun cuando está muy ocupado, porque se percibe a una profundidad mayor que la de las acciones normales. Se ve en la transparencia de las cosas, parece como adherida a su mismo ser. Por esto pensar en ella no distrae y el percibirla no quita la atención de las otras cosas. Esta presente del mismo modo que Dios está presente en su creación, dándole el ser y el obrar. 138-139
Cuando la presencia divina se convierta en acción directa: Esta presencia divina puede presentarse además, como un poder en acción. Entonces le parece al hombre que Dios actúa en él de una forma nueva, se siente sometido a la fuerza de su obrar, y queda en un estado de pasividad. 139 En este caso, la experiencia de Dios puede alcanzar una fuerza extraordinaria, porque Dios puede dar a entender sus misterios con una intuición súbita, como una visión rápida como un rayo, que hace comprender algo que el hombre hasta entonces sólo había intuido. La luz es tan viva que el hombre no tiene duda alguna sobre su origen divino, ya que solo Dios puede comunicar una percepción así de su misterio. 139 Toda la persona es sumida en una profundidad admirable y experimenta una intimidad con Dios, de la que nadie puede tener idea si no lo ha experimentado antes. El hombre se siente perdido en Dios y vive de su amor. 139 Otras veces Dios toma la voluntad del hombre para unirla con la suya. Entonces es cuando se entrega a Dios y se siente unido con él de una forma irrevocable. Dios se impone al alma aunque el hombre acepta a Dios desde un sentimiento de libertad. Esto es imposible de explicar. Dios deja de ser un poder oscuro que está por encima del hombre y se convierte en una fuerza personal que integra al hombre la aceptación de una relación interpersonal perfecta. El hombre siente que ha crecido de forma extraordinaria e incomprensible y entra en una comunidad de vida con Dios cada vez más intensa. 139 Al llegar a este punto toda la vida del hombre es experiencia de Dios, porque toda la experiencia humana es un eco de la acción divina. Estas manifestaciones que son tan diversas como la actividad humana, abundan en la vida del los santos. 139
Conquista de la libertad por la fe: Liberación, en concreto, significa opción y compromiso. El que no se decida a nada, por no perder una libertad que califica de total, de hecho es esclavo de mil cosas que le impiden hacer algo. Se llama libre, por no está liberado, está atado. 146 Optar por una dirección en la vida bajo la luz de la fe es una liberación de los múltiples atractivos que impedirán realizar mi vida. Por esto Cristo decía a sus apóstoles: “La verdad os hará libres” (Jn 8,32). Y por eso necesitamos volvernos constantemente a Cristo que es esta verdad. 146 El primer paso en la vida espiritual es hacerse presente por el pensamiento y el amor a ese Cristo que está en el centro de nuestra vida, tal como lo sabemos por la fe. Hay que llegar a percibir y vivir esta presencia, que es totalmente espiritual y divina, al modo humano, propio de todas nuestras relaciones. 147
Necesidad de reflexionar: El cristiano no se retira a un lugar tranquilo para encontrase consigo mismo, sino para hallar al omnipresente, a Cristo. 137 En la práctica hay que tomarse un tiempo para el estudio, para leer, reflexionar y orar. 147 En la meditación puedo conseguir una cierta aprehensión intelectual, pero necesito dar un paso más y poner en práctica un medio de conocimiento más eficaz, la fe. 149 La reflexión a la que me dedico es un medio todavía imperfecto de captar la realidad, a la que tomo en una expresión formal y desencarnada. Puede ocurrir que el que ha practicado la meditación durante cierto tiempo sólo esté en la superficie de los misterios, sin haber intentado penetrarlos por la fe. 149
Contemplación: Es hora de pasar a lo que llamamos contemplación. El paso no se hace de un golpe, de un modo instantáneo sino que lo más frecuente es que la meditación se haga más sencilla, exija menos reflexión, sea menos discursiva y más intuitiva. Desde ese momento puede decirse que hay contemplación entre la meditación y la contemplación hay tanta diferencia como la que puede haber entre hablar de una cosa y encontrarse delante de ella. 148 Aquí hay que repetir lo que se ha dicho de la meditación. La fe es parte integral de este conocimiento. Gracias a la mirada de fe seguimos contemplado a Cristo en su ser total, apoyándonos en lo que los Evangelios nos dicen de Él. Con esta contemplación se desarrolla un conocimiento intuitivo que se irá transformando cada vez más en una relación de persona a persona. 139 No hace falta insiste en este punto; lo importante es saber que hay que desarrollar esta capacidad de conocimiento más directo. Si el conocimiento mismo es en su esencia un dos de Dios, porque sólo él puede darse a conocer, no debemos olvidar que nos ha hablado en Cristo. Tenemos pues a nuestra disposición en la Escritura y en particular en los Evangelios, una fuente de conocimiento que hemos de aprovechar, del mismo modo que nos aprovechamos de cualquier otra. 150
Atención a Dios en la vida concreta: Dios está presente no sólo en algunos de nuestros actos, sino que está con nosotros en todos ellos. Por esto la vida espiritual no excluye ninguno de nuestros actos. 150 En la práctica, es muy conveniente para convencernos de esa verdad, no mirar nunca nuestras acciones como meros actos humanos; quiero decir, como actos sin valor divino. La estructura del universo humano es tal que toda obra se realiza en un medio divino. No se trata de ver una intervención de Dios en todos los detalles de la vida, pues de hecho esto sería situar a Dios fuera de nuestra vida sino de ser conscientes de que vivimos en Dios y de que Dios está en nosotros. Nuestros actos son nuestros, pero, en un plano más profundo son de Dios y están en Dios. Su determinación humana sólo puede ser mía, pero tienen una resonancia divina, es decir, que estos actos superan la frontera de lo que nuestra experiencia puede captar; es como si se prolongasen hasta lo infinito, por encima de la zona de la experiencia. 150. Cuando digo que nuestros actos tienen una resonancia divina, quiero decir que estos actos superan la frontera de lo que nuestra experiencia puede captar. Es como si se prolongasen hasta lo infinito, por encima de la zona de la experiencia. 151
Retorno al interior y a la armonía: Ser persona consiste en poseerse a sí misma y abrirse a los demás. Este descubrimiento de la unión de todos en la profundidad de la conciencia es una experiencia todavía humana. Si en esta experiencia se pasa la frontera del universo personal, si se descubre otro centro de gravedad, este centro se percibe como de la misma naturaleza que el suyo propio. 152
Actividad bajo la mirada y la fuerza de Dios: Cuando nos ponemos delante de dios para llegar a una decisión sobre un punto cualquiera de nuestra vida, no buscamos descubrir un destino fijado para siempre, sino entrar en relación con alguien que nos ama y nos quiere conducir hacia él. Esta es la señal propia de la espiritualidad cristiana en su realidad más concreta. Esta una atención a la relación con Dios y una atención a Dios mismo. Esta espiritualidad alcanza su perfección cuando, en la vida concreta, podemos entrar en relaciones personal con este Otro a quien llamamos Dios. Esta relación libera al hombre de las opresiones de la vida, porque le permite apoyarse en Dios y descansar en él, lo cual se puede realizar permaneciendo en silencio, en la tranquilidad de la contemplación y también en medio del trabajo y de la actividad. Hay distintos caminos para llegar a esta meta. Unos tuvieron un día una intuición de estas realidades suprasensibles que se les hicieron en seguida tan reales y tangibles como las cosas de este mundo. Felices ellos. Otros tienen que avanzar a tientas siguiendo la dirección indicada por Cristo y por los grandes místicos. Día a día tienen que volver sobre estas verdades y darles vueltas Haza que se les hagan tan evidentes como las verdades de la sabiduría humana. 154
Atención profunda al misterio divino: La atención centrada en Dios de nuestro ser entero, poseído por la relación que nos une con él. 155 Puede decirse que la vida espiritual es la misma vida humana vivida en su realidad diaria, con conciencia de su relación de amor con Dios. Aquella primera intuición de la presencia divina a continuación del acto de fe, halla su camino a través de las dificultades de la vida. 155 El mundo de la realidad definitiva, normalmente oculto a los ojos de los mortales, se ha convertido en el mundo más real. Este descubrimiento no reduce nuestro mundo terrestre a una ilusión despreciable, sino que da sus dimensiones reales al conjunto de cosas salidas del amor de Dios. El que vive así una vida espiritual, tiene los ojos abiertos hacia la totalidad de la realidad y de hecho es la visión más existencial que puede darse de la realidad humana y divina. 155 ……………………………………………….. [1] Narcea, Madrid, 1979. |
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