La misión del profeta suele ser bastante ingrata, pues viene a ser un poco el pepito grillo, la conciencia crítica, que señala con el dedo la irresponsabilidad, la injusticia, la deslealtad, el pecado… y en definitiva el alejamiento de Dios.
Este destapar las vergüenzas y poner en evidencia los defectos, a nadie gusta; claro. Pero si a esto se le añade el que o te corriges o te va a caer una gorda; entonces el desagrado y cabreo con ese sujeto resulta monumental. Por ello, se le ha motejado para descalificarlo, alejarlo o incluso hacerlo desaparecer de la circulación, con el sambenito de «profeta de calamidades«.
De modo que ya en el Antiguo Testamento a los profetas se les apedreaba e incluso martirizaba, un claro ejemplo -por citar uno- fue Jeremías, al que encerraron en un pozo… (Jeremías 38). Él mismo, cuando el Señor le llamó a ser su profeta, se resistió tal vocación, temeroso, alegando que era un niño sin cualidades para ese desempeño.
En fin que la labor del profeta es desagradable y peligrosa, pero no hay que remedio que hacerla, si Dios así lo dispone, para lo cual otorga un carisma. Y uno no puede dejar de manifestarlo pues acarrea una gran responsabilidad. De manera que, impelido por la voluntad divina, no puede permanecer cual perro mudo cuando la casa está siendo asalta por ladrones en medio de la noche. El profeta es una provocación a estar en vela, pues no sabemos ni el día ni la hora… (cf. Mt 24, 42-51).
Dios, pues, como ya hemos dicho manda por delante a sus profetas, al objeto de hacer despertar a los que duermen, a los que ignoran lo que les amenaza si siguen el continuar por el camino equivocado. Pues el Señor no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta y que viva (cf. Ez 18, 23; 33, 11); su deseo siempre es perdonar, salvar, dar vida, transformar el mal en bien.
Pues bien, llegados a este momento presente, ¡cómo será la situación de peligrosa! el que «profeta» que el cielo ha elegido para poner en sobre aviso a la humanidad es, nada más y nada menos, que a la Virgen María. Desde hace dos centurias, y cada vez con mayor insistencia, la Santísima Madre de Dios se ha venido apareciendo para comunicar del delicado momento por el que se está pasando.
Sin embargo, a pesar de todos los avisos que se nos ha dado a través de apariciones y mensajes, los seres humanos seguimos contumaces por el camino del mal, el riesgo de que el Cielo intervenga con algún correctivo (castigo) que hace cada vez mayor. Hay incluso quien aventura que este ya ha sido varias veces aplazado y alejado por la oración y el sufrimiento de los buenos, y en especial por la intercesión de la Virgen María, ahora es claro que ya la humanidad está tocando el límite más allá del cual no podrá pasar.
En una de las más evidentes apariciones y probablemente última, Medjugorje, la Virgen decía: «…Queridos hijos míos, ¿acaso no reconocen los signos de los tiempos? ¿Acaso no se dan cuenta que todo eso que está en torno a ustedes —lo que está sucediendo—, es porque no hay amor? (Mensaje, 15 de octubre de 2014).
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