Profecías y profetas (I)

Los profetas y profecías son cada vez más necesarios en estos tiempos en que el ser humano transita por caminos que le alejan del fin último para el que fue creado: la felicidad eterna.

 

La felicidad no es otra cosa que ser fiel a la naturaleza propia, y está abierta, proyectada, a la divina, que se caracteriza por la santidad (de ahí el imperativo divino de «ser santos como yo soy santo»); y además que tiene la característica de ser perdurable, interminable, eterna, no constreñida al espacio-tiempo, sino trascendente.

Cuando el ser humano se aleja de este propósito, es necesario de los profetas. Cuya labor primera es la de denunciar, de poner ante los ojos de los denunciados su descarrío, para que tomen conciencia de ello y se corrijan, pues de lo contrario le sobrevendrán infortunios. En la historia de las religiones, se ve claro este patrón: Por desviarse del camino trazado por Dios, el pueblo infiel se arriesga a quedar desamparado y a que sufra todo tipo de males y desgracias, especialmente en aquellos tiempos la invasión, conquista y cautividad por violentos pueblos vecinos, tutelados por ídolos y falsos dioses, enemigos de la humanidad misma.

Aunque a la gente de hoy día —le cueste o no quiera reconocerla— esta realidad, con otras características, claro, se da en la actualidad. Con el agravante de que por muchos profetas que se levanten y griten a los cuatro vientos la situación y peligros a los que nos vemos avocados, no serán atendidos sino tal vez por unos pocos, y las catástrofes a la que la humanidad se enfrente serán de dimensiones apocalípticas.   

 

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