Predicamos a un Cristo crucificado, necedad para los gentiles

«Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1,23), nos dicen las Sagradas Escrituras a través de san Pablo.

Buscar componendas para que el mundo ateo o agnóstico no nos desprecien porque lo que decimos sea tenido por necedad, es decir, inasumible, incomprensible, fuera de los tiempos, de sus tiempos de cultura nihilista-relativista-materialista-, cuya visión antropológica atenta contra la grandeza del ser humano, una cultura de muerte, de sexualismo rampante, de hedonismo sin límite, de capricho, de falta de fidelidad, de irresponsabilidad o despreocupación moral, sin arrepentimiento ni reconocimiento de pecado alguno (a no ser el que dicten los ecologistas o los de la ideología de género), etc., y en definitiva, de mundanidad, donde campea el espíritu de tinieblas.

El Reino de Cristo no puede identificarse ni amoldarse a este mundo, tan en manos del príncipe de las tinieblas. De modo que si el mundo está bajo el poder del Maligno, para qué empeñarse en asumir el espíritu del tiempo, tratando de asemejarnos a un mundo para hacernos entender o que tan solo se nos acepte.

Pretender que se nos acepte, es decir, que no seamos rechazados o hasta incluso se mal vistos, es tanto como renegar de la cruz. Si se rechaza la cruz, se rechaza a Cristo mismo. Pues se bastardea su Buena Noticia, para convertirla en una «fake new».

Ya hace unos días decía -y con toda la razón- el cardenal Müller: «El veneno que paraliza a la Iglesia es la opinión de que debemos adaptarnos al Zeitgeist, el espíritu de la época, y no el espíritu de Dios, que debemos relativizar los mandamientos de Dios y  reinterpretar  la doctrina de la fe revelada».

En el primer libro de los Macabeos se habla de forma muy precisa y que pareciera dirigido para nuestros tiempos sobre el riesgo de renegar de la propia creencia para asumir lo que el poder manda y todo el mundo hacer (1,10-15.41-43):

En aquellos días, brotó un vástago perverso: Antíoco Epifanes, hijo del rey Antíoco. Había estado en Roma como rehén, y subió al trono el año ciento treinta y siete de la era seléucida.
Por entonces hubo unos israelitas apóstatas que convencieron a muchos: «¡Vamos a hacer un pacto con las naciones vecinas, pues, desde que nos hemos aislado, nos han venido muchas desgracias!»
Gustó la propuesta, y algunos del pueblo se decidieron a ir al rey. El rey los autorizó a adoptar las costumbres paganas, y entonces, acomodándose a los usos paganos, construyeron un gimnasio en Jerusalén; disimularon la circuncisión, apostataron de la alianza santa, emparentaron con los paganos y se vendieron para hacer el mal.

 

Si los cristianos renunciamos -para lo que no ha de faltar «buenas razones»- a ser distintos al mundo, no seremos sal ni luz del mundo; seremos insulsos y no reflejaremos la luz de Cristo, luz del mundo, para toda la humanidad.  «Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres» (Mt 5,13)  No seremos de Cristo, pues Él vino al mundo y no le recibieron, la luz brilló, y las tinieblas no la percibieron (cf. Jn 1,5).

En fin,

Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, él mundo los odia. (Jn 15,18-19).

 

Le guste o no al mundo, nosotros testimoniamos a Cristo crucificado, luz y salvación; sin asimilarnos al mundo para no diluirnos en su mundanidad.

ACTUALIDAD CATÓLICA