Pensamientos de Fe (73)

  1. A Dios, hoy día, se le rechaza de hecho, de manera sutil o sin ser conscientes de ello; en parte porque lo intuyen como una amenaza opositora  a  que se pueda hacer y tener como y cuanto se quiera. Dios, pues, viene a ser aquel que se opone a la «felicidad» que el individuo -hoy tan materialista- ha cifrado en tener-placer sin medida.         
  2. La fe, sin caridad, está muerta. Si la fe no produce frutos de amor; por sus frutos se conocerá la calidad de la fe, y es el testimonio de los frutos los que conducen a la fe. Y es la fe la que lleva a dar los frutos de servicio y donación a los demás. De modo que hay  una retroalimentación entre la fe y el amor: la fe se confirma en el amor y este se vitaliza en aquella, hasta –si llega el caso- dar la vida…
  3. «Se habla siempre de `comprometerse’, como si dependiera de nosotros; pero nosotros `estamos comprometidos’, embarcados, preocupados. Por eso la abstención es ilusoria. El escepticismo es aún una filosofía: la no intervención, entre 1936 y 1939, engendró la guerra de Hitler, y quien `no hace política’ hace pasivamente la política del poder establecido» (Mounier). Hay quien no se compromete y moralmente se pone en situación comprometedora.
  4. Unas veces, con la mejor intención del mundo, hemos empleado medios contraproducentes y -como decía Camus-: «La buena voluntad puede hacer tantos estragos como la mala, si no está iluminada» («La peste»).
  5. Por más alto que se yerguen los soberbios,  nunca que llegaran a tocar el cielo; en cambio, a los humildes, el cielo desciende a ellos. “Cuando más grande seas, más te has de abajar / y hallarás gracia delante del Señor.” (Eclo 3,18).
  6. El Diablo se emplea de manera manifiesta especialmente contra los buenos, contra los cristianos, o contra aquellos que están en proceso de aproximación a adherirse a la fe en Cristo, al objeto de, tentándoles, hacerles pecar, desanimar y que desistan. En cambio, a los malos les deja “en paz” pues ya los tiene ganados.
  7. No hay otra cosa que hacer que entrar en la corriente de vida que brota de Dios, ser saciados por la gracia, y florecer. Lo único que podemos hacer es dejarnos llevar, dejarnos hacer, ser dúctiles a la acción del Espíritu Santo en nosotros. Ello requiere un grado de abandono, que sólo los sencillos, lo pequeños… son capaces de realizar.
  8. Los santos hablan siempre de su miseria y su indignidad y se ponen por debajo de todas las demás criaturas. Tienen la lucidez que les proporciona el doble conocimiento de Dios y de su propio corazón, tienen una visión tan aguda de su indignidad que se rebajan, se aniquilan, por el movimiento más natural. No basta decir, que se creen miserables: lo son, en efecto, y es su santidad la que les da la clara visión de ello.
  9. Hay que prestar atención  a los humildes, a la gente sencilla, a los de rosario en mano, a los de misa diaria, a aquellos de trato asiduo con el Señor, de amistad entrañable y mística. A estos íntimos de Dios hay que escuchar especialmente en tiempos difíciles como los actuales.
  10. El deleite del bien es la sonrisa de Dios. El bien no lo hacemos persiguiendo una satisfacción o interés personal; pero no se le puede pedir al bien que renuncie a la alegría que le da la realización de un bien, pues esta alegría le es connatural.

 

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