- A Dios, hoy día, se le rechaza de hecho, de manera sutil o sin ser conscientes de ello; en parte porque lo intuyen como una amenaza opositora a que se pueda hacer y tener como y cuanto se quiera. Dios, pues, viene a ser aquel que se opone a la «felicidad» que el individuo -hoy tan materialista- ha cifrado en tener-placer sin medida.
- La fe, sin caridad, está muerta. Si la fe no produce frutos de amor; por sus frutos se conocerá la calidad de la fe, y es el testimonio de los frutos los que conducen a la fe. Y es la fe la que lleva a dar los frutos de servicio y donación a los demás. De modo que hay una retroalimentación entre la fe y el amor: la fe se confirma en el amor y este se vitaliza en aquella, hasta –si llega el caso- dar la vida…
- «Se habla siempre de `comprometerse’, como si dependiera de nosotros; pero nosotros `estamos comprometidos’, embarcados, preocupados. Por eso la abstención es ilusoria. El escepticismo es aún una filosofía: la no intervención, entre 1936 y 1939, engendró la guerra de Hitler, y quien `no hace política’ hace pasivamente la política del poder establecido» (Mounier). Hay quien no se compromete y moralmente se pone en situación comprometedora.
- Unas veces, con la mejor intención del mundo, hemos empleado medios contraproducentes y -como decía Camus-: «La buena voluntad puede hacer tantos estragos como la mala, si no está iluminada» («La peste»).
- Por más alto que se yerguen los soberbios, nunca que llegaran a tocar el cielo; en cambio, a los humildes, el cielo desciende a ellos. “Cuando más grande seas, más te has de abajar / y hallarás gracia delante del Señor.” (Eclo 3,18).
- El Diablo se emplea de manera manifiesta especialmente contra los buenos, contra los cristianos, o contra aquellos que están en proceso de aproximación a adherirse a la fe en Cristo, al objeto de, tentándoles, hacerles pecar, desanimar y que desistan. En cambio, a los malos les deja “en paz” pues ya los tiene ganados.
- No hay otra cosa que hacer que entrar en la corriente de vida que brota de Dios, ser saciados por la gracia, y florecer. Lo único que podemos hacer es dejarnos llevar, dejarnos hacer, ser dúctiles a la acción del Espíritu Santo en nosotros. Ello requiere un grado de abandono, que sólo los sencillos, lo pequeños… son capaces de realizar.
- Los santos hablan siempre de su miseria y su indignidad y se ponen por debajo de todas las demás criaturas. Tienen la lucidez que les proporciona el doble conocimiento de Dios y de su propio corazón, tienen una visión tan aguda de su indignidad que se rebajan, se aniquilan, por el movimiento más natural. No basta decir, que se creen miserables: lo son, en efecto, y es su santidad la que les da la clara visión de ello.
- Hay que prestar atención a los humildes, a la gente sencilla, a los de rosario en mano, a los de misa diaria, a aquellos de trato asiduo con el Señor, de amistad entrañable y mística. A estos íntimos de Dios hay que escuchar especialmente en tiempos difíciles como los actuales.
- El deleite del bien es la sonrisa de Dios. El bien no lo hacemos persiguiendo una satisfacción o interés personal; pero no se le puede pedir al bien que renuncie a la alegría que le da la realización de un bien, pues esta alegría le es connatural.
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