Pensamientos de Fe (67)

  1. Dios «necesita» de nuestra participación para actuar… Dios ha querido -aunque este designo lo entendamos del todo- que de alguna manera colaboremos con El; de modo que cualquier sacrificio, oración, etc., que hagamos, Dios se sirve para asistir a alguien con su gracia.     
  2. Se cuenta en el relato de la tercera aparición (Jn 21,1-19): «Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. (…) Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: `Es el Señor´.» Ninguno de los presentes reconoció a Jesús excepto Juan, el que reclinó la cabeza sobre el pecho (corazón) de Jesús en la última cena, el discípulo más entrañable de Jesús, cercano, intimo, contemplativo. Esto son los que verdaderamente conocen al Señor. 
  3. «Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua.», se cuenta en el relato de la tercera aparición (Juan 21,1-19). Pedro, que se encontraba como cuando Adán en el Paraíso, desnudo; se sumerge en el agua del bautismo ante la presencia del Resucitado, para resucitar a la nueva vida.
  4. Jesús no le pregunta a Pedro que si creía en él, sino que si le amaba: «¿Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» (Juan 21,15.16). porque la fe no es una cuestión de saber, sino de amor.
  5. Nadie está exento de equivocarse: moralmente, pecando; intelectualmente, errando en su planteamiento o en el acierto en la verdad. En uno por debilidad y maldad, en el otro por desconocimiento y contingencia humana. Y Dios, paciente, respetuoso, guarda silencio; ha hecho cuanto podía hacer, sin violentar la autonomía humana, enviar al Salvador.
  6. Da miedo el futuro de la humanidad: Las personas dependientes (embrión-bebe, o anciano, o enfermo maltrecho o discapacitado) corren el riesgo serio de que sean consideras descartables. Solo le que Dios exista, otorgando una dignidad sagrada, intocable, a cada ser humano, puede salvarnos de ese aterrador miedo a nuestros semejantes.
  7. Quien permanece -está unido- en Cristo, da frutos de amor y alegría, inequívocamente. Este es el mejor termómetro para saber de nuestra fidelidad al Señor y nuestra autenticidad cristiana.
  8. Inocencia es el estado natural del hombre, como fue creado originariamente, y al que ha de retornar para sea realmente él mismo; luego confiarse debería ser lo naturalmente normal. Quien es incapaz de creer revela dureza interior, extrañamiento y frustración.
  9. La incapacidad de confiarse revela ineptitud para amar. Sin fe no hay amor; el verdadero amor no exige garantías.
  10. Todo, nuestro destino, se juega tan secretamente, en el corazón, como campo de batalla, por esas dos fuerzas contrapuestas que nos van trabajando, entre batalla y batalla. Hay una lucha feroz. Y el que una u otra triunfe depende -aunque no seamos plenamente conscientes- de nosotros mismos; nuestro destino está en nuestras manos, en la medida en que nos prestemos a colaborar con un de las dos fuerzas.

 

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