Pensamientos de Fe (23)

  1. No hay nada que proporcione más libertad que el desapego de uno mismo. Esta atadura que nos amarra al ego es peor que cualquier otra dependencia, pues nos llena de temores a todo nuestro ser, ceñido por el orgullo, que nos impide salir fuera, trascender, vivir libremente.   
  2. No nos ha de importar hacernos vulnerables; pues, sin exponernos con confianza, no amamos realmente, y no nos parecemos al Señor, que se hizo vulnerable hasta el extremo. La vulnerabilidad es una forma singular de asemejarnos a Él.
  3. El Amor nos co-implica con la vida, sin que nos evadamos de ella, pues sería su negación. Dios nos habla a través de las preocupaciones de los demás. El Amor nos co-implica con la vida, sin que nos evadamos de ella, pues sería su negación. Dios nos habla a través de las preocupaciones de los demás.
  4. Tener una disposición afable ante cada la persona que nos sale al encuentro en todo momento y circunstancia, es la actitud de amor que el Señor nos pide para con el prójimo, que le hace sentir bien, querido y tratado con ternura, y por nada del mundo dejar a nadie con el sentimiento de una derrota en  la confianza.
  5. Nunca sabemos con certeza el estado de ánimo ni la vicisitud o urgencia de la persona que tenemos delante. Hay personas con una marcada sensibilidad, y con unas condiciones extremas, que perciben con toda intensidad cualquier gesto de aproximación, cualquier realidad la interpretan afectivamente. Seamos exquisitamente respetuosos, amables y hasta tiernos con todo el mundo.
  6. No hay que ir de duro por la vida. Cuántas veces nos negamos a tratar a la realidad que nos sale al encuentro con afabilidad y delicadeza, porque hacerlo supone hacerse pequeño y demasiado cercano. Sé tierno, sé inocente, sé confiando, se bondadoso; aunque la ternura sea fácil de herir, la inocencia es fácil de engañar, la confianza fácil de defraudar, la bondad es fácil de golpear. Pese a todo, sé así.
  7. Saberse amado es antes de nada. Descubrirse amado por Dios, gratuitamente. Dios no nos ama porque seamos buenos, sino para que lo seamos; y ni siquiera por eso, sino porque es paternamente misericordioso. Por lo tanto el que seamos amados no tiene su razón de ser en nosotros, en lo que somos o hacemos. Nosotros tenemos esa marca de amor de origen. Esta es toda nuestra confianza y alegría, que nadie nos puede arrebatar.
  8. Cuando uno se siente amado incondicionalmente, entra en esa dinámica del amor que genera amor. De ahí que lo más urgente e inmediato sea aprender a dejarse amar: sintiendo el amor de Dios en nosotros, y también el amor de los demás. Todo amor es gracia.
  9. Hay quien no ama porque no se le ha amado lo suficiente. ¡Y esto es responsabilidad de los que le rodean! Tal vez, nuestra. El amor, la dicha y la salvación de los demás también dependen en parte de nosotros. Somos de alguna manera responsables de los otros, en definitiva -y desde la fe- hermanos nuestros y miembros de un mismo Cuerpo, el de Cristo.
  10. Y dejémonos amar. Tengamos la humildad y la generosidad de recibir de los demás, de necesitar de ellos, de que se sientan útiles aportándonos algo de sí y de su amor; apreciando su capacidad de amar es despreciar su esencia, cuanto es, lo que le hace sentir vivo, persona.

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