- La gracia divina es la vida de Dios en nosotros, la vitalidad del amor trinitario dentro de nuestro recinto sagrado, reinando, moviéndonos a ritmo de amor y bondad.
- Creer en Jesucristo ha de llevar irremisiblemente a ser mejor persona, en un continuo procedimiento de configurarnos con Él, de asemejar nuestro ser lo más posible a la imagen de la que procedemos. Si esto no sucede, algo falla, nuestra fe es errática, y comprometemos nuestra salvación.
- Todo el misterio de nuestro obrar y vivir consiste en ser dóciles, dejarnos llevar, permitir que la “fuerza” suave, invisible y misteriosa, que nos “empuja”, que nos inclina desde dentro, que nos hace tender, siempre y en cada momento, a optar por el bondad, por hacer el bien, por dar una respuesta amorosa a las cosas, a lo que nos sucede y a las personas.
- Una persona sin lo trascedente, sin la presencia en su vida de lo sobrenatural, sin la esperanza imperecedera de su vida… está menguada en su grandeza, en su elevada dignidad otorgada por un Dios que le ha creador amorosamente con el sublime y excelso destino de ser hijos suyos.
- Hemos perdido dramáticamente el gusto por la bondad, la capacidad de complacernos en la contemplación de lo bueno y la bondad; para lo cual se requiere de una espiritualidad, de la que el materialismo reinante nos ha alejado, haciéndonos extraños a nosotros mismos.
- La fe que se sustenta en la Verdad de Cristo, que se explicita en una doctrina, verdades o credo, y conllevan una moral, una exigencia de conducta responsable, ajustada a lo que se dice creer o a quien se cree y se sigue, y se le sigue según su voluntad. Esta doctrina o voluntad divina revelada por Dios para la santificación de sus fieles no cambia; pues el objetivo final que es la de ser santos y salvados para todo la eternidad es inmutable, y los tiempos sean cuales sean no lo van a cambiar.
- Hemos de pertenecer (formar parte, ser de los suyos) y permanecer (mantenerse de continuo) en relación a Jesucristo: perteneciendo a Él, estamos a su resguardo, a salvo, nos hace intocables, ante el enemigo que pretende perdernos; y manteniéndonos unidos a Él, como los sarmientos a la vid, nutriéndose de la savia, de la gracia divina que santifica, sin la que nada podemos y ser salvos.
- Dios sobrenaturaliza la naturaleza humana al quererla hacer partícipe de una amor agápe, caridad, que no es de este mundo. Quien vive aferrado a lo mundano le resulta imposible vivir de ese amor que nos confraterniza como miembros de una familia que Dios ha tenido a bien al crearnos con el sello de su semejanza.
- La ideología dominante en esta época, como es el positivismo, ha inculcado una mentalidad practica que valora ante todo los aspectos materiales de la vida. Lo cual proporciona una interioridad esclerotizada, refractaria a cualquier emoción espiritual y a cualquier atisbo de verdad trascendente.
- Según sea cada cual así le parecen las cosas. Proyectamos sobre la realidad nuestra subjetividad, desvirtuándola. Somos, pues, responsables de cómo somos y sentimos, porque con nuestros actos y hábitos nos hemos labrado un interior que nos determina en nuestros juicios y actuaciones presentes y futuras.
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