
- El hombre es homo amante; Así como el Dios heleno es sapiens, el Dios cristiano es amor; el hombre es más él, más feliz, fundamentalmente cuando ama, no cuando piensa (que también).
- El bien es más silencioso que el mal, pero eso se nota menos; es más humilde que este soberbio. Una caricia hace menos ruido que una bofetada.
- Si Dios se empeña por los hombres, hasta descender a ponerse a su nivel, servirlos y, más, amarlos hasta el extremo, muriendo… ¡Qué nosotros, que no somos Dios!
- Cristo se confunde con: un jardinero, un caminante o transeúnte o tal vez vagabundo, uno que cuece peces… Y ahí, en los otros, con el que nos encontramos a cada instante es donde hay que encontrarlo, amarlo.
- Cuando amemos al otro en su miseria, seremos semejantes a Dios, seremos misericordioso, seremos santos, seremos buenos; pues Dios se aproxima más a aquellos que están desfigurados, negados en su humanidad.
- El hombre es dueño de su vida, no existe determinismo. El libre albedrio es el generador del bien y del mal. Pero en los tiempos presentes se da un cierto determinismo, un destino, unas fuerzas ocultas directoras de las vidas, y no se afirma la otra parte: que exista responsabilidad en el bien y el mal, pues se pone en duda su existencia, no hay libertad para la responsabilidad pero sí para negar el bien y el mal.
- Cuando el bien entra en confrontación con el mal, en esta tierra, el bien acaba siendo crucificado. Lleva las de perder en el escenario de mundanidad. La bondad se quiebra en términos mundanos ante la maldad, porque ésta está en su terreno.
- El juego de la vida es de una seriedad sobrehumana. En cada instante ponemos en juego nuestra responsabilidad. El ser fieles al espíritu que somos, y a la vocación que lo constituye.
- Estar disponible. Esta debería ser la actitud de toda oración. Y la relación con Dios en cada instante. «Heme aquí; habla, señor, que tu siervo escucha».
- Hemos de estar en constante renovación, en constante conversión, y siempre en la línea de la misericordia, que nos identifica con el origen de todo: el Amor misericordioso. Lo demás es traicionarse.
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