- La importancia de lo que hacemos depende del amor que hayamos puesto en ello. El amor da calidad de eternidad a nuestros actos.
- El amor es nuestra naturaleza. Hemos nacido del amor –de Dios que es amor–, para el amor, y en la medida que amamos, nos realizamos, plasmamos lo que somos; de lo contrario, no destruimos.
- En el estilo del ser de Dios, que es amor, la relación –de la que la nuestra es semejanza– es darse, donarse mutuamente, es comunión de amor.
- El amor no es una palabra teóricamente bonita, estética, pero hasta cierto punto hoy día vacía de contenido, abstracta, inoperante, etc., no, está cargada de contenido: la del servicio a los demás, trascender hacia los otros procurando su bien.
- Jesús nos pidió que oráramos con insistencia, siempre, sin desfallecer (Cf. Lucas 18,1-8; 11,5-13). Y dice: Dios «les hará justicia» (Lc 18,7); es decir, que oremos pidiendo lo justo, lo bueno, y lo hagamos con la insistencia que procura el tener fe. De modo que la fe es la que sostiene la oración. Y añade también: «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?«;es decir, esta orar que surge de la fe en Dios, que el Hijo del hombre, en la parusía va a hacer justicia, a traer misericordia para los suyos.
- El nihilismo es inoperante, como el escepticismo es corrosivo y el relativismo, justificante cínico. Esta forma de estar del ser humano actual le discapacita o insensibiliza para acceder a asumir ciertas verdades rotundas, innegables: la muerte, el sufrimiento la injustica: «La fe nos libera del horror de tener que admitir que todo termina aquí, que no hay redención para el sufrimiento y la injusticia que reinan soberanas en la tierra.» (Papa Francisco).
- Hay un endureciendo, vacio interior o encanallamiento moral: hemos perdido la sensibilidad moral, la capacidad de intuir, de captar los valores, de ser atraídos por ellos, de quererlos. Y esto es lo peor que nos ha podido pasar. O hay una rebeldía contra esto o nos arrastraremos hasta extinguirnos; pero de dónde nos vendrán las fuerzas?. Solo Dios nos podrá salvar.
- “Somos ciudadanos del cielo” (Fil 3,20). Los que contrarían su voluntad, su doctrina, los que viven engolfados en apetencias materialistas, enfocados exclusivamente en las cosas del mundo, esos se encuentran en camino de perdición; arrastrados por el apego a las cosas de la tierra, despreciando las del cielo, se hallan en el grave riesgo de acabar pereciendo, condenados, por el alejamiento del Salvador.
- La irracionalidad ideológica anticristiana de la ideología de género wokista produce disparates o imposibles absurdos que, ¡gracias a Dios!, la condena: la hormonación de adolescentes y su imputación quirúrgica, el lenguaje forzado del “elle” (ella, el), los hombres “con pelo en pecho” compitiendo deportivamente con mujeres, los aseos compartidos, el adoctrinamiento de niños, etc., etc.
- Un cristiano hoy día ha de ser como un antiguo profeta, que denuncia el mal, más que con la palabra –que también– con su gesto, con su talante y obrar bien, según la voluntad divina. En esto hay mucho terreno…, mucho que decir, que hacer. Sabemos por experiencia -de los profetas del pasado, de siempre- que “no seremos escuchados”, pero eso no nos ha de importar; Dios sabe.
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