- El orgullo niegan ser pecador; no necesita ser perdonado. Por eso no lo es. Se hace refractario a la misericordia. De modo que este pecado se convierte en el peor de todos, y, además, un peligro total, pues puede infeccionar su mal a todos los demás pecados.
- Dios nos quiere aunque seamos pecadores, tan sólo pide que le dejemos querernos. Sentir su cariño es el principio de dejar de ser pecadores. ¡Oh, maravilla! Todo lo hace su amor.
- La bondad y la felicidad no coinciden plenamente en esta vida. Es una realización que solo tendrá lugar en otro orden existencial; es decir en el cielo.
- Para que nadie se confunda, dice san Pablo en Gal 5,19-3 referente a las raya que separar el estar del lado de Dios o no: Los frutos del Espíritu Santo son: el amor, la alegría, la paz, la generosidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí mismo. Las obras que proceden del desorden egoísta del hombre: la lujuria, la impureza, el libertinaje, la idolatría, la brujería, las enemistades, los pleitos, las rivalidades, la ira, las rencillas, las divisiones, las discordias, las envidias, las borracheras, las orgías y otras cosas semejantes. Respecto a ellas les advierto que quienes hacen estas cosas no conseguirán el Reino de Dios.
- Los “pecados” inconscientes no son imputables moralmente a la responsabilidad de la conciencia, pero posiblemente posibilitan la cercanía de lo inmundo y la capacidad de influencia de los demonios, es decir, debilitan ante las tentaciones…
- Nuestro Dios es el Dios del sentido común, de lo razonable, de modo que todo aquello que creamos que viene de Dios y que tenga un tufo a irracionalidad hay que descartarlo. Aunque así a priori pareciera algo arriesgado, lo cierto es que nos libera del pernicioso fanatismo.
- Que el ser humano satisfaga sus deseos al margen de la ley natural y la conciencia, expresión de la voluntad de Dios, es gravísimo, y es lo que está ocurriendo hoy día como nunca; rebelión, fiel reflejo de lo ocurrido en el Paraíso terrenal, pero en mayor medida y gravedad. El hombre se ha revuelto contra Dios, acabando con la naturaleza humana creada. Y así se dedica a consensuar leyes arbitrarias, que contravienen la antropología de su ser.
- No fraternidad sin paternidad. Los humanos somos hermanos en la medida en que tenemos un mismo Padre creacional; de modo que somos naturalmente hermanos. Y también lo somos, sobrenaturalmente, en cuanto que hemos sido constituidos hijos en el Hijo.
- La inmediatez, característica tan de nuestro tiempo, supone algo así como un borrado del tiempo. Es decir, que nos cargamos la historia, la sucesión del acontecer, de las vivencias continuadas, que van incorporándose a nuestro ser; es decir, es la realidad que nos hace. Las relaciones de pareja, tan necesitadas de interrelación, de conocimiento mutuo prolongado en el tiempo, quedan truncadas por la inmediatez que les arrebata el tiempo, la espera amorosa.
- Casusas de la increencia actual: En ser humano occidental se está produciendo un cambio interior que le imposibilita la religación (religión) con Dios; este cambio o crisis del ser se debe a los desarraigos: espiritual, es en Dios donde está el origen y destino; existencial, pues una vida sin origen y destino entra en una angustiosa vida sin sentido; intelectual, pues la carencia de metafísica se suple de idealismos y utopías; moral, confundiendo la voluntad con los impulsos vitales, lo cual desemboca en desarraigos del vínculos humanos, sociales y familiares, que conlleva a un individualismo orgulloso y egoísta, y que se plega al poder político para que le salve.
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