Este fin de semana hemos visto esta interesante película, que toca una realidad importante a la que no se la considera y se la ignora, pero que existe; se trata de la presencia operante del demonio en nuestro mundo. La mayoría de la gente, incluso creyente, «pasa» de esta figura inquietante, no cree que existan esas entidades inmundas que traten de influir en los espíritus humanos con propósitos perversos; pero también alcanza el no darle relevancia a los mismos sacerdotes, que la obvian y apenas la mencionan en sus homilías; cuando el mismo Jesucristo pasó por la vida, a la vez que predicando, curando a los enfermos y liberando de los demonios, haciendo muchos exorcismos.
Vamos a ir dando el parecer de algunas cosas, sin ninguna pretensión sistemáticas:
La película de hora y media trascurre básicamente en una habitación, con dos protagonistas, el preso, reo condenado a muerte, acusado de seis asesinatos, que son once, y el psiquiatra, que le tiene que examinar si es que está loco o se lo hace, para ratificar con su firma el veredicto de ser ejecutado o si no, mandarlo a un psiquiátrico.
Los diálogos entre los dos son trepidantes, intensos; de manera que capaz la atención del espectador hasta -contrariamente a lo que cabía esperar- la hora y media se hace corta.
El preso -que es el que lleva el mayor peso de la película- dice estar poseído por el diablo, en unos momentos, y en otros, dice ser el diablo que lo posee, llamado Nefarious, el cual «juega» con el otro protagonista, el psiquiatra, ateo que no cree que existan esas entidades. De tal modo que en un momento dado, ante las dudas que se hace surgir el conocimiento de él, de su realidad vital, hace venir al capellán de la cárcel, para que se pronuncie sobre el tema.
El capellán es un sacerdote poco atractivo, que aparece con una estola de colorines, más parecida a la bufanda de un hooligan o un activista gay que otra cosa, y en fin, que acabe emitiendo una opinión -de cura progre- en que niega la existencia del demonio, que algo simbólico. Al hacer la aparición del sacerdote, el demonio se revuelve inquieto y fulguroso; luego, al final, acaba riéndose del cura.
Decir que desde el punto de vista de la Iglesia, esta no sale muy airosa: amén de este personaje, y al final, que tendría que haber intervenido eficazmente con un exorcismo, al suprime, la dimensión religiosa propiamente que como opacada.
La fe cristiana siguiendo a Cristo, hacedor de muchos exorcismos como constan en los evangelios, sostiene que con el diablo no hay que entrar en diálogo, es decir, «no se juega», pues acaba saliéndose con la suya, pues es más inteligente que nosotros.
Y esto es justamente lo que hace el psiquiatra, entrar en el juego del demonio que posee al reo, de manera que éste le va poniendo contra las cuerdas, pues sabe todo de su vida, y le tacha al propio psiquiatra de ser responsable de tres asesinatos: uno cometido en la figura de su madre, a la que la aplicaron la eutanasia con su consentimiento; otro, que se está cometiendo en ese momento, que es el aborto del bebe de su mujer embarazada que se halla en la clínica y en lo que ha contribuido, y el tercero, el que va a cometer firmando la sentencia de muerte para que sea ejecutado en unas horas el reo en cuestión.
Pese a todas esas evidencias y conocimientos de los que hace gala el demonio sobre el psiquiatra, este sigue en sus trece y niega la mayor, que el reo -que habla con doble personalidad, es decir, bajo el dominio del diablo y otra con la voz de la persona poseída, que se lamenta -gimoteando y entre tic nerviosos- de su situación de estar bajo el control de esa presencia diabólica, y que él no ha querido cometer esos asesinatos que le imputan-, no ya que este poseído ni siquiera que esté loco. De modo que acabará dando el visto bueno a su ejecución.
Decir, que llegado a un punto, en un momento dado, el psiquiatra plantea el desafío al demonio que le posea a él. Lo cual ocurrirá al final.
Por lo demás, añadir que el hombre poseído es un ser destruido, vejado, con un sufrimiento tremendo, y que el diablo, sin piedad alguna, le machaca cruelmente, de modo que hasta el final, que había pedido una hamburguesa para cenar antes de la ejecución, el diablo suplantándole renunció a que se la trajeran; a esta maldad, unir la bestial crueldad de hacerle ejecutar en la silla eléctrica, con un tremendo sufrimiento.
En el instante de la muerte del reo, el demonio que lo poseía salta al psiquiatra y le posee a este; que arrebata el arma a un policía y amenaza a la docena de personas que presencian la ejecución.
En este momento, y tras ser reducido por la policía, la película da un salto de un año, y se traslada, sin más, a una entrevista del psiquiatra dando una entrevista periodista en promoción del libro que acaba de publicar sobre el asunto. Donde se muestra apáticamente distante sobre la cuestión de creer en todo eso, y sigue en su actitud escéptica.
Lo que no se sabe es qué pasó en ese año, y cómo dejó de estar poseído. Seguramente que debería haber pasado por un exorcismo para ello. Pero el director o guionista no da esa concesión a la intervención real y necesaria de un sacerdote exorcista autorizado por la Iglesia.
Les recomendamos que la vean.
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