Migrantes

Migrantes

Ante la desconfianza y la preocupación con que en ocasiones se afronta la llegada masiva de migrantes y refugiados a las costas de Europa, el Papa animó a ver en este acontecer una oportunidad para reafirma la catolicidad de nuestra Iglesia y la fidelidad a la misión encomendada por Jesucristo: amar a Jesucristo en los que más sufren, como son los migrantes y refugiados.

En este mes es el segundo artículo sobre el tema que escribo, el anterior titulado “las pateras” pueden verlo aquí.

Hay que asumir esta verdad: La migración es un fenómeno imparable que cada día va a más.

Y es también un hecho incuestionable el que hay que dar una solución a este gravísimo problema; hay muchas vidas en juego.

 

Soluciones:

-Inversiones a fondo perdido de empresas mundiales (pues sobre muchas de ellas hay que gravar una responsabilidad por el esquilme de las riquezas de eso países pobres) y de los estados de los países occidentales.

-Aportación extraordinaria de la Iglesia (como ejemplo), renunciando a bienes patrimoniales que posee en desuso y otros bienes suntuarios.

-Una renta mundial para los países de las emigraciones, al objeto de que puedan vivir con unos ingresos suficientes en sus países de origen.

-Vigilar que se dé un comercio justo e incluso generoso en pro de estimular la creación de empresas y puestos de trabajo…

-Etc.

 

Mientras tanto, los cristianos, nos guste o no, tenemos la obligación moral en solidarizarnos con estos hermanos nuestros pobres y desesperados, y darles cabida y acogida entre nosotros. Tenemos que apechar con esto, como si de un mandato divino fuera –que así es (amarás el prójimo como a ti mismo-); no nos cabe otra actitud, aunque hay quien busque excusas para justificar cualquier otro comportamiento ante esta sangrante realidad; serán justificaciones que alejan del ser cristiano.

 

“Lo que hiciste a uno de estos, a mí me lo hiciste”, dice el Señor.

 

Miguel Morales

 

 


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