
El primer día del año se lo dedicamos a la Madre: celebramos la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios. Y también la Jornada Mundial por la Paz. La Virgen María ha dado a luz al «Príncipe de paz» (Is 9,6).
Confiarse a la ternura de una madre, como es la Virgen María, Madre de Jesús y madre nuestra, resulta extraordinariamente consolador en medio de un mundo perdido donde abunda la soledad, el egoísmo, la insensibilidad… y falta ternura, amor, paz… Ella nos quiere llevar de la mano, como a hijitos queridos a los que cuidar, junto a su Hijo Jesús (Dios salva).
Tiempo atrás recibimos un correo de un lector. Había leído algún artículo en que decíamos algo con cariño y devoción de la Virgen María, y nos hacía algunas preguntas a las que quería que le contestáramos. Exponer aquí lo que le contestamos brevemente, nos parece una manera estupenda de homenajear y felicitar a Nuestra Madre en este su día.
Nuestro querido lector planteaba lo siguiente: fundamentalmente dos cuestiones: Que no consta en las Escrituras que se tenga que recurrir a la intercesión de la Madre de Jesús y que se haya de adorarla.
En cuanto a que si es mencionado en la Biblia:
Jesús es la Palabra, y con El todo está ya revelado. El Rostro de Dios está manifiesto en El, como le dice a Felipe: «El que me ha visto, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Con Jesucristo está todo dicho y finiquitado. Ahora bien, Dios nos ha dado entendimiento y quiere que lo ejercitemos, y según los patrones dados por los revelado por El, según los valores del Reino, actuemos en consecuencia. Hay cosas que no se mencionan en la Biblia, pero tenemos la responsabilidad y obligación de darlas respuestas, según surjan en el devenir del tiempo: en la Biblia no se habla de muchas cosas, por ejemplo: la biogenética, la infertilización invitro, la gula de televisión o teléfono móvil, etc., etc. Dios está con el hombre a lo largo de toda su historia, lo acompaña, cuida, vela por él, lo inspira y dice cómo ha de actuar y comportarse según las luces dadas, a la luz de la Luz de la Palabra.
En cuanto a la adoración a María:
Nosotros los católicos no la adoramos; en absoluto; para nosotros divino y digno de adoración solo es Dios. Lo cual cancela la pregunta. Pero por si hay alguna duda, decir que si la damos una consideración extraordinaria como se merece quien es hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa del Espíritu Santo; los demás tan «solo» somos hijos. También la damos el valor que se merece: pues sin Ella, sin María habría Jesús; sin la nueva Eva, la encarnación de Dios y la Redención no hubiera sido posible. A María, el mensajero de Dios, el Arcángel Gabriel la llama, en nombre de Dios: «La llena de gracia». Otra diferencia distintiva y excepcional con arreglo al común de los mortales: es que es Inmaculada, sin pecado; Dios la preservó, agraciándola así, para encarnarse en carne sin pecado original. A María, Isabel, la madre del Juan Bautista, proclamador del Mesías, la proclama madre de Dios, cuando Isabel llena del Espíritu Santo exclamó: «¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?» (Lc 1,43). El término Señor era referido en las Escrituras para dirigirse a Dios, así se puede ver en multitud de sitios; valgan algunos ejemplos: Tras aparecerse Cristo resucitado, el incrédulo «Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). En Hechos de los apóstoles: «Señor, tú que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos,…» (4,24); «El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos» (10,36). En su segunda carta Pedro dice «…el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (1,11). En fin, son multitud de lugares (en Hechos, en todos los capítulos), en que se denomina a Dios con el término Señor, tal y como Isabel hace refiriéndose a María como la Madre del Señor. Por lo tanto el que allá por el 431, en el concilio de Éfeso se declarara a María como Theotókos (madre de Dios), sólo se hacía que constatar lo que se expresaba en las Escrituras, y que el pueblo de Dios, por su devoción mariana, apremiara a las puertas del Concilio a que los obispos allí reunidos así lo proclamaran.
En cuanto a la intercesión de María:
El recurrir a su intercesión, como a la de cualquier es legítimo y no hay nada en contra, todo lo contrario. La intercesión es algo loable, y que deberíamos de hacer de continuo los unos por los otros, ya que somos hermanos y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, Cabeza. Esto está muy tratado y bien por Pablo, en sus cartas hace constante referencia a sus peticiones, ruegos e intercesiones por los miembros de las comunidades o iglesias a las que dirige sus cartas. Es más, hay una corresponsabilidad en cuanto al cuidado de los unos con los otros y el velar e anteceder por el bien, sobre todo espiritual y en atención a la salvación, de todos los seres humanos, por los que Cristo ha dado la vida. En cuanto a que sea María la que interceda, ¿por qué no? Si no habla explícitamente la Biblia de ello, sí que lo plasma en hechos concretos; por ejemplo: en las bodas de Caná la María intercede ante su Hijo para que ayuda a resolver la situación de apuro de la escasez de vino… Es una intercesión potente, excepcional, como ninguna otra; pues, nada nunca jamás, ha conseguido cambiar os planes del Señor; María, (a la que podría decir «Dios no niega nada» por ser quien es), es a la que el mismísimo Dios está dispuesto, por complacerla, a cambiar los planes que tenía. Así Jesús, antes de manifestarse como quien es, al realizar el milagro del vino, la dice «aún no ha llegado mi hora». Pero por Ella, por su madre, es capaz de anticipar ya el comienzo del anuncio del Reino.
Tan solo decir ya que los católicos nos dirigimos a Virgen María en esta lógica: como lo haría una madre (de un país lejano, pongamos Chile), que tiene a su hijo en otro país (pongamos EE.UU.): esta madre dirigiéndose a María diría: «Te pido que pidas a tu Hijo que cuide del mío».
¡Feliz y santo año para todos, de la mano de Nuestra Madre María Santísima!
Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!
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