Las obras de caridad

En cuanto al bien se ha de ser sencillos, humildes e inocentes como palomas, sin especular; en cuanto al mal, en cambio, debemos ser prudentes, cautos y astutos como serpientes. Cuando se trata de hacer el bien no hay que andarse con remilgos y especulaciones, que apague el impulso o retraigan de tal o cual obra buena. Pues como en el caso de la anécdota siguiente, la caridad tiene en sí, sin más, una gracia —y la gracia nunca se pierde—.

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         Una vez, fray Jordán de Sajonia (+1237), regaló su capa a un mendigo que encontró en el camino. Al momento, el mendigo la vendió y se emborrachó.

           Los demás frailes que se enteraron comenzaron a recriminar al fray Jordán su «generosidad inocente».

           —Te has quedado sin capa y sin copas, y el mendigo sin capa y con copas y más cara.

          El buen fraile, que quiso hacer una obra de caridad, respondió muy serena y convencidamente:

          —Más vale quedarse sin capa que sin amor.[1]

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Siempre, siempre hay razón, si las buscaos y rebuscamos suficientemente, para hacer o dejar de hacer aquello que nos cuadre o «convenga«; tan así que en el autoengaño pretendemos involucrar al mismísimo Dios, presente en nuestra conciencia.

También existe —y más frecuente de lo que pensamos o somos consciente de ello — el argüir de tal manera que nos  adueñamos del «tomarse el juicio por propia mano», para hacer lo que moralmente es inaceptable y no digamos ya en lo que afecta a la caridad.

Ante todo hemos de ser prontos para hacer las obras de la caridad, sin perdernos en especulaciones y divagaciones, que posibilitan la concupiscencia de hacer lo más cómodo, lo que es un influencia del demonio para hacernos desistir de hacer el bien. El bien ha de ser realizado siguiendo el impulso íntimo del Espíritu Santo que nos inspira en nuestro corazón.

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[1] LÓPEZ MELÚS, RAFAEL Mª., Caminos de santidad V, ejemplos que edifican, Edibesa, Madrid, 2000, p.49.

 

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