Como la gente ya sólo conoce lo que ve en la pantalla, la cinematografía ha creado en la opinión pública en general una visión distorsionada e injusta de las cruzadas. Lo cual está en la línea de aquellos que procuran el desprestigio del cristianismo y la Iglesia aventando una leyenda negra que falta a la verdad histórica de manera malintencionada.
Aunque cuesta creerlo, lo cierto es que han conseguido que la gente en general tenga una opinión negativa de los cruzados y una positiva, idealizada, de los islamistas, que conquistaron aquellas tierras invadiéndolas y exterminando a quienes las habitaban. Y todo esto conociendo como se conocer por experiencia inmediata de hoy día -sin ir más lejos y de primera mano- del fanatismo suicida y asesino de la llama «guerra santa» islámica. Desde sus orígenes, desde la época de Mahoma, los medios de expansión musulmana fueron siempre la espada.
La verdad es que las Cruzadas fueron una guerra defensiva de una Cristiandad acosada por el salvajismo musulmán. En 1095 el Papa Urbano II proclamó y movilizó la Cruzada, la primera respuesta global tras siglos de invasiones islámicas: España, sur de Francia, Sicilia, sur de Italia, saqueo de Roma en 846… El Papa invocó el derecho a la defensa propia, por el cual una nación injustamente atacada podía protegerse legítimamente. De modo que las naciones cristianas se unieron para defenderse del expansionismo islámico. Aquella «Liga Santa» venía a ser lo que hoy día es la ONU, a la que tantos reclaman que bajo su bandera se intervenga en ciertos conflictos bélicos en que se masacra a la población, o los Estados Occidentales a los que se le reclaman a que no permanezcan con los brazos cruzados ante los conflictos en que se violan los derechos humanos; tal y como ocurría entonces -pero les cuesta reconocerlo-.
Aquella necesidad de las cruzadas fue tan evidente, que muchos santos de la época llamaron a las ellas, con su predicación y con su adhesión. Esto incluye a figuras de la talla de San Bernardo, Santa Catalina de Siena y San Francisco de Asís.
Lepanto bien podría calificarse como la última cruzada, en defensa del avance y la invasión musulmana. Y gracias a este «última cruzada» no estamos viviendo bajo la ley sharía, carentes de libertad y en la desigualdad propia de las sociedades musulmanes. Pero, claro, esto jamás se ponderará y valorará como es de justicia, y ya se imaginan porqué.